EL ÁRBOL

Aquel árbol formaba parte de su album mental de la infancia. Hoy reconocía que había dejado tantos recuerdos volar, que resultaba significativo sentir algunos impregnados, de tal manera y con tanta intensidad, que sabía con certeza que nunca desaparecerían. Formaban ya parte de ella hasta el punto de que, en su día, fueron forjando su propia naturaleza, definiendo su carácter y esencia.

El árbol adornaba el centro del vestíbulo de la primera planta con orgullo. Cada Navidad contaba las horas que restaban para empreder con sus padres el camino hasta aquel pueblo, que no era el de ellos sino de forma indirecta, pues era el de su tío. En una casa inmensa, señorial, en la misma cuesta que subía a la preciosa iglesia románica, allí siempre encontraba la paz y alegría que, a veces, en el día a día, dejaba escapar tontamente. No había una sola estancia que no le gustara de esa casa. Desde la puerta de entrada, al patio inmenso que cruzaba hasta una especie de pasadizo que desembocaba en el jardín, y de allí al huerto. Adoraba inspeccionar con sus primos todas aquellas cerradas y sucias habitaciones que, en tiempos, habían pertenecido a la servidumbre. Restos de épocas y vivencias pasadas que regresaban con mil historias ante los ojos de unos niños empachados de una fantasia bestial, de aquella que se nutría de una imaginación que no daba tregua al aburrimiento en unos años en los que no existía internet, ni excesos de pantallas.

Antiguos retratos, casi ya fantasmales, viejas casas de muñecas y mobiliario de otro siglo. Sí, era fascinante vivir allí. Hasta las ratas que corrían por el tejado sonaban con cierta absurda melodía. En los dos pisos habitados se habían dividido las dos familias que quedaban, los abuelos en el primero y arriba su hijo, con su loca mujer y los dos nietos que les habían dado. La loca mujer, la hermana pequeña de su madre y su madrina, era el espejo al que ella le gustaba mirarse. Su inocencia no le permitía juzgar con criterio una personalidad como la de su tía, no todavía. En esos años ella era perfecta, guapa, alegre, divertida sin límites, la mujer que le permitía realizar todo lo que su madre le impedía. Sería por siempre, pese a acontecimientos lamentables posteriores, la persona que le enseñó a depilarse las cejas, a maquillarse fina y a plantarse una buena minifalda que mostrara sus perfectas piernas. Ella sí sabía vivir la vida, sin pensar en los daños colaterales, eso sí.

Por eso, adornar aquel árbol con su tía y sus primos, era un momento feliz. La mimaba de tal modo que incluso la anteponía a sus propios hijos. Le hacía sentir especial, ella y también el resto. Tenía una familia privilegiada sin duda. O eso creía ella, ya que aún restaban años para percatarse de que «en todas las familias cuecen habas». El viaje, el adorno del árbol, la compañía, eran ya, con diez años, fotos permanentes en su cerebro. Navidad, blanca navidad, porque siendo como era perfecto ese bucle en su conjunto, allí, en ese pueblo, también nevaba. Y el día de Reyes, bajo el árbol, ante los ojos de todos los niños al despertar, sin pereza, aparecían los paquetes perfectamete envueltos y coloridos, con sus nombres, provocando una emoción sin límites que duraba horas.

Hoy, ella mira el árbol de su salón orgullosa y retrata a su hijo y a sus gatos con él de fondo. Es un árbol blanco, como aquel árbol, aunque pocos sepan por qué.

INMERSIÓN

Ilustraciones: JOSÉ LUIS ANSÓN GÓMEZ

Mantener la calma es fundamental antes y durante la inmersión, pero, sobre todo, es primordial evitar el cansancio antes de lanzarse a bucear. Había visto, en bastantes ocasiones, situaciones absurdas de ansiedad y pánico bajo el agua, incluso con submarinistas experimentados. Mucho chulito que llegaba, tras apenas dormir cuatro horas, después de una noche de juerga y sin apenas revisar el equipo descendían precipitadamente.

          Cuando un buceador entra en pánico lo primero que cree es que está dejando de respirar y comienza a ponerse nervioso. Sin causa aparente, su respiración se torna agitada produciendo más burbujas y eso conlleva a una mala ventilación, se elimina incorrectamente el CO2 que se acumula. Es, por ello, que se produce la necesidad de respirar, no por una falta de oxígeno. Y entonces llega la alarma al cerebro que ordena bombear más deprisa al corazón. El buceador escucha los latidos de su corazón y se pone más nervioso todavía, respirando peor, se intoxica de CO2 y sobreviene la sensación de ahogo. Ese círculo vicioso, ese bucle, desencadena el pánico.

          Y ahí está ella, Adriana, siempre está para todos esos inconscientes, curando esa hambre de aire, evitando un accidente de sobrepresión. Detecta la angustia y acude a su contacto. Los mira a los ojos situándose frente a ellos, cogiendo su mano izquierda por el chaleco, sin dejar de mirarlos. El vínculo ocular es muy fuerte para que lean la tranquilidad y seguridad, indicando que se relajen y reduzcan el ritmo respiratorio, respirando varias veces de manera profunda, inspirando y espirando de forma pausada para que elimine el CO2, reduzca la frecuencia cardíaca y así el bucle cese.

   

       No ocurría siempre, por supuesto, pero de una manera u otra, ella había dejado de disfrutar y dejar de relajarse cuando practicaba submarinismo. Amaba su trabajo, había sido su pasión. Pero ahora se pasaba, la mayor parte del tiempo, pendiente de terceras personas y no disfrutaba del mar.  También había perdido a su compañero de inmersión. Él cambió de destino y marchó lejos. No lo había superado, nunca llegó a decirle lo que significaba para ella. ¡Maldita tonta!

          Aquella noche que lo había sido todo en dos años para ella, se empeñó en camuflarla como algo esporádico y trivial. Se negó a darle importancia, se negó a reconocer sus sentimientos, pese a que él había insistido en repetir la aventura, en proseguir con lo que había surgido tras una eterna noche de guardia. Se había prometido que no sería la típica chica que cedía ante los sentimientos, la que posponía sus prioridades por un proyecto fantasioso de convivencia común. No quería fracasar como su madre, como su tía, creía llevarlo en los genes. Una incompatibilidad nata para las relaciones de pareja. Su objetivo debía ser otro, más serio, más profesional, con más aspiraciones. Y así tal y como se colocaba el traje de neopreno, se colocó su escudo habitual anti-coqueteo. Polvo echado, ligue cerrado. Pero él era distinto, no había desistido en dos años, nunca dejó de buscar su complicidad, su reconocimiento, su conexión… No parecía creer que aquella Adriana fría, dura, distante, fuera la misma de aquella noche. Dos copas no la convertían en alguien diferente por arte de magia, compañera, distendida, divertida. La afinidad entre ambos era evidente y la química pura. Ella bajó la guardia por una noche y se dejó llevar.

          Adriana creyó tener todo controlado hasta el día que él anunció su traslado. No la miró a los ojos, lo transmitió sin más a todo el equipo y a ella se le heló la sangre. Permaneció imperturbable y serena para los demás mientras en ese transcurso eterno de medio minuto su interior se desvanecía como el humo.

          “No era él, no lo era”, pensaba. Men, protege la cabeza. “Tonta, eso es lo que eres”. Dô, protege el pecho. “Te lo tienes bien merecido, por ilusa”. Kote, protege las muñecas y las manos. “A ver si así espabilas y piensas en ti”. Tare protege la cintura.

          Mierda, quizá sí era él y ahora estaba así, sola (esa era la palabra), por pensar demasiado en ella misma. ¿Acaso le mandó alguna señal? ¿Qué esperaba?

          Notó la mirada del Sensei clavada en su nuca. Del maestro decían más sus silencios que sus palabras. Intentó mirar el suelo a través de su armadura, la madera parecía recién pulida. El eco de los pasos descalzos delataba un rumor contenido, era el respeto, sin más, de los allí presentes.

          No debería haber ido hoy, ese no era hoy el lugar de su camino. Su Shinai dio en zona valida, una y otra vez, men, kote, y tsuki. Siempre con el tercio superior del shinai, con su cuerpo bien alineado y en equilibro y su kiai oportuno. Pero no bastaba con golpear y eso Adriana lo sabía, sus golpes reflejaban cada una de sus emociones internas. No bastaba con golpear, había que hacerlo con espíritu y presencia.

          El espíritu de Adriana no estaba allí, había volado con él, a kilómetros del dojo.

          Bastó un gesto del Sensei para girarse y marchar. Estaba rota.

          Sexo, tan sobrevalorado, una vez al año para desfogar y basta. A ella con sus dedos y dos minutos le sobraba. De hecho, ninguno había llegado a ese nivel. Y actuar no era algo que la motivara especialmente. Siempre había sido tan autosuficiente que los hombres le habían dado pereza. Desde su padre hasta su hermano, no consideraba al resto una excepción.

          La atracción hacia su compañero, sin embargo, había ido in crescendo, día a día, noche a noche más bien. A los tres meses tuvo claro que se lo tiraría, sólo tenía que pensar cómo. Debía hacerlo sin atadura alguna, un encuentro ocasional, el típico “hagamos que no ha pasado”, “me pasé con el vino” … Mantuvo su distancia.

          Y no bastó, fue espectacular sí, había que reconocerlo. Una química fuera de lo común para ella, un listón muy alto, difícil de olvidar. Por ello, tuvo que poner un límite claro. No podía permitirse el lujo de repetir, de engancharse, de depender emocionalmente de otra persona. Y lo fue alejando, así sin más.

          Él también tenía un límite, parecía obvio ahora, analizando los meses transcurridos. ¿Y por qué no iba a tenerlo? ¿Cómo había sido tan ilusa? El mundo no giraba en torno a Adriana y ella había creído, durante un tiempo que sí, que esa rotación era controlable.

          Y después nada, sólo el fondo del mar, un fondo oscuro y con un misterio insondable. Allí donde nació la vida, sólo allí se vislumbraba el destino final. Necesitaba un cambio, pero era incapaz de salir del oleaje que ahora amenazaba aquel irreal equilibrio que se había creado durante años..

PIES DESNUDOS

No recordaba verlas así, jamás había considerado la idea de no pintarlas. ¡Qué dejadez! Las uñas decían tanto de una persona como el orden de sus armarios o el de sus ideas.

Nunca había ido a un salón de manicura. Siempre, desde la infancia, tal y como lo hacía su madre y sus tías, había cuidado con esmero sus manos y sus pies. Cortaba, limaba y pintaba, con paciencia y concentración, retirando después el sobrante derivado del mal pulso (que, normalmente, era mayor si el ritual se dejaba para el último momento, previo a cualquier salida). Y esto había sido así durante, al menos, treinta y siete años.

Comenzó a andar, como una pava, descalza por el pasillo. Sentía cada paso y el frescor que desprendía la baldosa era gratificante. Era una bonita sensación que le recordaba aquellos paseos por los templos de la India. No podía dejar de mirar sus pies desnudos. Conocía de memoria la casa, lo suficiente para poder caminar por ella sin mirar a ningún otro lado que no fueran sus pies desnudos. Había retirado los esmaltes de manos y pies antes de darse un baño. El agua caliente había eliminado cualquier rastro que no detectara su vista, ya menguante.

Era inaudito, pero cierto. De repente, le atraían esos pies sosos, naturales y sin color. Eran perfectos. Maduros, cansados, pero perfectos. Cuando se cansó de pasear por la casa contempló sus manos y no pudo, por más, que opinar lo mismo. Desde hacía un tiempo le pasaba algo similar con su rostro. Apenas se maquillaba ya, sólo rímel y un poco de brillo en los labios. Se encontraba mejor así, de alguna manera era como si hubiera dejado de reconocerse. Así sus arrugas se suavizaban y la flacidez de la piel se notaba menos.

Volvió a sus pies, con la mirada y con el pensamiento. ¿Sería posible calcular todos los kilómetros recorridos en su vida? Tantos y tantos viajes… ¿Y todos los precipicios a los que se habían asomado en los altos tacones que usaba más joven? Seguro que sí, ahora todo era posible. Se sintió orgullosa de aquellas extremidades que tan bien la habían soportado en los buenos y en los malos momentos de su existencia. Guardaban muchos secretos esos pies.  Sin duda, así, sin ningún color en las uñas que minimizara el tono rosado de la carne, eran más auténticos. Levantó sus manos hasta la altura de los ojos, ocurría lo mismo. No, claro que no. No es que hubiera dejado de reconocerse. Se aceleró hasta el espejo de cuerpo entero de su habitación y dejó caer la toalla. Lo que ocurría, con certeza absoluta, era que se reconocía más que nunca. No veía arrugas, ni flacidez, ni decadencia alguna. Veía sabiduría, experiencia y belleza. Y se quería. Sonrió satisfecha. Se vistió con un pijama ligero.

A los pocos minutos se encontró en el sofá seleccionando entre varios esmaltes. Mañana volvía a salir de viaje. Viajaría hasta que aquellos pies le dijeran que parara y, para eso, aún quedaba bastante. Lo que a ella le susurraban seguiría siendo un secreto, para los demás, color.

Escapada y memoria

          Escapada breve, pero intensa.

          Hacía tiempo que ya había borrado aquellos recuerdos de la semana en la que había trabajado en la multinacional del petróleo, con sede en Barcelona, reclamando listados de impagos.

          Había acabado horrorizada, pero no por el tamaño o la conflictiva ciudad, sino por la absurda competencia que imperaba en aquel edificio.

          A los dos días ya había decidido que rechazaría esa “oportunidad”. Había sido la primera ocasión, a sus veintiséis años, que había compartido piso con alguien que no fueran sus amigas. El piso de Barcelona lo facilitaba la empresa y estaba muy bien situado, en plena Diagonal y cerca del edificio de las oficinas centrales. El ambiente allí era irrespirable y no podía con esa hipocresía continua, mucho más acentuada entre las mujeres. No había una de ellas que no le hubiera criticado a alguna otra. Por no hablar del tóxico entorno general, cómo se pisaban unos a otros sin ningún escrúpulo con tal de ganar posiciones frente a la jefa de sección.

          Ella había llegado allí enchufada, como se suele decir, porque su vida necesitaba un cambio, aunque no iba a ser ese. La jefa se la llevó a comer, al tercer día, a un carísimo restaurante. Era buena en lo suyo, claro que lo era. Nunca le faltó la autoestima. Sin embargo, no estaba por la labor de dejarse allí la existencia, por cuatro perras e ir pisando cabezas para subir al podio del estatus. Ya sabía, lamentablemente, que la vida era demasiado breve para eso, su futuro no sería así. Los días restantes cumplió con lo justo y disfrutó de la ciudad.

          Volvió a disfrutar de Barcelona cuando una amiga realizó el curso de la escuela judicial, menudas fiestas.

          Y posteriormente, con él, quien le enseñó a vivir, en cada calle, en cada ola, en cada kilómetro, en cada copa de vino y con prisa.

          Estos tres días con el niño habían sido peculiares, siempre lo eran, porque cada instante era único. Cuatro actividades: ilusión, escalada, fútbol y arte. Y una conclusión, ¡diviértete, sueña, pero no olvides quién eres!

INVISIBLE

Ilustraciones: José Luis Ansón Gómez

Siempre lo he sido, invisible.

No tengo noción de ser otra cosa, otro ente, otro ser. Tampoco tengo más memoria desde el naufragio, hacia el pasado, todo es negro. Mi existencia comenzó allí, en ese barco a la deriva. Bien es cierto que tardé en percatarme de que yo no era nada, nadie, para el resto de los seres, personas se llamaban, que habitaban ese barco.

Curiosamente, en ese nacimiento oscuro, se me dio el don de la sabiduría y con ésta me refiero a que yo sabía donde estaba, donde me ubicaba, con quien me acompañaba en ese espacio etéreo sólo mío y a donde me dirigía. También era consciente de lo que ellos llamaban “tiempo”, su época, oscura (más incluso que mi existencia). No tenía añoranza de nada anterior, de ese pasado o inexistencia que no poseía.

Así que allí me hallaba, con aquella gente, desgraciada, preguntándome si sobreviviríamos a la tormenta y llegaríamos a la costa. Entre algunos anidaba la esperanza y tenían fe en el que llamaban capitán, quien manejaba el timón, más por intuición que por experiencia. Diría que los astros le habían abandonado a su merced, pero en él se concentraba con la responsabilidad de llevar a aquel grupo a un mejor puerto.

Desposeídos, descreídos y marginados que habían hurtado el barco a la luz de la luna llena para escapar de su destino. Acusados de robar, de mendigar y la mayoría de las mujeres, de brujería. Simplemente unos desdichados que nacieron en un lugar y momento inoportunos. Como yo, que aparecí ahí sin más, en mi invisibilidad, conociéndolos uno a uno, sin ser visto ni juzgado.

Ser invisible no implicaba no tener sentimientos y los niños fueron mi debilidad.

Entre rayo y trueno, entre ola y viento, las llamé soplando sin más al aire.

Y las sirenas llegaron, empujadas por los sonidos de los delfines, para equilibrar el movimiento que agitaba la nave, para estabilizar el barco.

Sólo yo las veía, o eso creía hasta que vi a Leonard estupefacto contemplar a la sirena mayor dirigir los sonidos al cielo, sonidos que él tampoco debería escuchar. Ninguna persona normal podía hacerlo.

Y los sonidos bailaron, bailaron como sólo ellos saben. Danzaron bajo las estrellas y calmaron la tormenta. Los rayos desaparecieron y los truenos cesaron. Y el mar se calmó como si de un lago se tratara. El viento cesó, tanto, que algunos dudaban siquiera de respirar, pasmados como estaban del suceso.

Y yo reía, cual héroe sin capa.

Me debían la vida aquella pandilla de insensatos. Daban gracias a un Dios inexistente, sin intentar acaso palpar mi presencia.

Hasta que vieron tierra y los agradecimientos, hasta para el Dios imaginario, quedaron en el olvido. Las personas, que son muy egoístas, enseguida pasan página sin precaución. Confiados avanzaron con vela y remos, con coraje y ansia, sin ver el peligro. Fascinado, como estaba yo, con Leonard por sus capacidades sensoriales, tampoco me percaté. Nunca dejes tu destino en manos de terceros. Las rocas se incrustaron en la proa como las uñas de un gato en la piel de aquel que se acerque a sus posesiones.

El agua entró más rápido de lo imaginado y la mayoría de aquella gente no sabía nadar. El arrecife inesperado estaba, al menos, muy cerca de la arena y todos se lanzaron a ella. Pocos llegaron, para que les voy a engañar.

Había creído que mi invisibilidad era un poder y que con él podía manejar el destino a mi antojo. Pero no. Nada se cambia porque sí. Lo que ha de suceder, sucede, sin más.

En tanto muchos morían, por la simple torpeza de no sujetarse a una de las maderas rotas o alguna roca saliente y detenerse a pensar, yo recibía una amenaza letal:

¡no vuelvas al mar o la tormenta te tragará!.

Sin embargo, no hice mucho caso. Ya vería si volvía al mar o no. Concentré todo mi esfuerzo en que Leonard llegara a la orilla. Gracias al Dios inexistente, no a mí, su madre también llegó. Conté unos nueve.

La playa no estaba tan desierta como pudiera parecer, dos colinas la franqueaban y desde ambas se erguían dos castillos que, al momento se comunicaron con antorchas y tambores. Todos empapados, muertos de hambre y atemorizados se quedaron sin habla. Yo intenté estudiar la situación desde mi invisibilidad. Dos reinos, dos reyes, dos poderes y mucha ambición.

Ambos dirigentes bajaron a negociar a quién pertenecían los nuevos súbditos. A ambos pueblos les convenía aumentar su ciudadanía, ya que una amenaza se cernía desde el interior. No se preguntaron qué hacían allí ni a qué se dedicaban antes esos náufragos. Y como, tal parecí entender, habían hecho en otras ocasiones, los dividieron y repartieron equitativamente entre los dos pueblos.

Atónito contemplé como separaban a las pocas familias que quedaban y rompían lo que la aventura había unido, una fuerza contra natura que ataría a aquellas personas toda su vida.

Leonard hábilmente se agarró con tal fuerza a la pierna de su madre que no pudieron separarlos. Yo también me vi en la tesitura de tomar una decisión. ya que, aunque soy invisible, no puedo desdoblarme. En consecuencia, me fui con Leonard y su grupo con el que denominaré Rey 1.

Fue una sabia decisión, ya que ese reino imperaba una convivencia pacífica. Atendieron a todos con mimo y cuidado. Les alimentaron y les dieron vestimentas apropiadas. Así mismo, les otorgaron seis viviendas para que se organizaran como ellos mismos consideraran. A Leonard aquello no parecía devolverle las ganas de sonreír. Fue entonces cuando me percaté que era el único niño. Un pueblo sin niños.

En aquella reflexión una voz me sorprendió.

  • Al fin llegas, me vendrás bien. Te oí llamar a las sirenas desde aquí, eres algo escandaloso para ser invisible.
  • ¿Puedes verme? – estaba maravillado de poder ser alguien.
  • Claro que no, nadie puede, tampoco me hace falta – comentó quitando importancia a mi entusiasmo. Soy un Dios, pero aquí me consideran un bufón.

  • Vaya – acerté a decir perplejo. Vaya Dios, pensé para mí.
  • He oido tu pensamiento – zas, y continuó – . Igual que ayudaste al niño, ayudarás a los pueblos. Ambos deben dejar a un lado su terquedad y unirse para afrontar lo que viene.

Leonard, como has comprobado, tiene la capacidad necesaria para ser el nuevo líder de este territorio, pero no lo podrá hacer solo. Debe crecer, madurar y controlar sus dones. Mientras habrá que luchar. Te daré visibilidad, irás al otro reino y convencerás al Rey 2 de todo lo que cede el Rey 1 por la unión. A la vuelta, vendrás con sus vestimentas y haciéndote pasar por uno de ellos, conversarás con el Rey 1 hablando de las cesiones del Rey 2.

Aún intentaba asimilar aquella loca misión cuando pude ver mis formas físicas.

No es que me convenciera mucho mi imagen, pero qué le vas a discutir a un Dios que se identificaba con el antiguo Horus (egipcio nada menos, pasado que yo no conocía y acate sin discutir), todo por Leonard y su sonrisa.

Hice bien mi labor, supongo que nadie lo duda. Conté, sin duda, con ayuda de pociones y encantamientos varios. De tal modo, ni el Rey 1, ni el Rey 2, llegaron a cuestionar lo que se suponía que cedía uno y otro. E incluso pronto llegaron a la conclusión que, si en vez de discutir, unían su sabiduría y fuerza, quizá podrían detener al enemigo que acechaba. Además, ambos ya tenían una edad y no podían dejar a los

pueblos con un futuro incierto. El mar era una vía de escape, pero también podía ser una trampa (bien lo sabía yo que no pensaba volver a él).

Los caballeros de sus ejércitos unieron destrezas y fuerza.

Pasaron años, guerreando y engañando al enemigo. El bufón- Dios se convirtió en el mejor asesor del DOBLE REY a los que ayudaba en la sombra de los hechizos y yo, antes invisible, me convertí en bufón. Leonard encontró amigos y recuperó la sonrisa.

Creció y cuando fue elegido nuevo gobernante llegó la rendición del invasor y la paz. Yo fallecí como bufón, recuperé mi invisibilidad que tanto añoraba y que ya no he vuelto a sacrificar por nada ni nadie. El Dios, antes Horus, en esta historia no sabemos, se buscó otro pueblo que creyera en él. Cosa difícil lo que mueve las creencias de estas llamadas personas que sólo se ven a ellas mismas en todo el universo.

  • ¿Qué es eso? – me preguntó Leonard por última vez, antes de perder mi físico, al verme dibujar.
  • El futuro – le dije yo.

Porque yo de pasado no sé, pero lo demás si lo veo.

Que, desde Aragón, el cierzo surque tus bosques de acero y fuego.

Fíjate que, a veces, no escribo. Simplemente vomito palabras. Y cuando hay tanto que decir ordenarlas es, sin duda, complicado.

¿Qué me pides paisano? ¿Qué me detenga a mirar?

Detenerse y mirar, hoy en día, es casi un acto subversivo.

Estas líneas no son un estudio, no son una crítica. Son un sentir, un pensamiento y un mensaje que surge de la conexión de un alma con la burbuja que la oprime, una salida y un agradecimiento.

Hace unos meses tu nombre vino a mi mente, un sonido fugaz que no se frenó y que me paseó, en una ráfaga, por toda la ciudad, Zaragoza, como si no la conociera, como si hubiera mutado. Te has convertido en un espíritu que nos aborda sutilmente, que nos desafía a interpretar, a sentir y pensar. Porque no basta con observar una obra, hay que leerla y esa lectura es simbólica. No puede ser de otra forma.

Consciente de que esa lectura, esa interpretación, será distinta según cada espectador todo lo que hoy me rodea es Orensanz.

Huesca es Orensanz, sangre y tierra. Zaragoza es Orensanz, tierra y raza. Barcelona es Orensanz, tierra y extensión. París es Orensanz, permiso para volar. Nueva York, Londres, Roma, Florencia, Tokio o Moscú. Sin pausa, Orensanz es mundo que asombra, es una esfera con vida propia, con fuego eterno.

He cambiado, o, tal vez, me he redescubierto. El tiempo, la materia, el gesto que desprende tu obra hoy me conecta con una realidad que había alejado de mi persona. No era yo, era la época que me tocó vivir. Una época marcada por la velocidad y la saturación visual que ha alejado el arte de nuestra vida. No cabe otra cosa que pedirte perdón.

Desde Aragón, con añoranza, vamos a hacer un viaje hacia tu obra. No es nostalgia, es impulso. Volaremos hasta Nueva York, no de forma física, sino emocional. Esa obra que ha sido puente entre nuestra ciudad y todas aquellas que te han acogido. Asistiremos con el eco de nuestras montañas, con los silencios del Pirineo, con la obstinación de nuestros ríos y la fuerza de una tierra, a veces desértica, que no olvida a sus hijos y que, como ves, despiertan de cuando en cuando la memoria.

Y no acaba aquí. La imaginación es poderosa, es mágica. Participaremos en un gran disparate que cruce tiempo y luz, desde nuestra tierra hasta todas las que sembraste. Sé Ángel que serás uno de los guías.

LOS NIÑOS TAMBIÉN MATAN

Varsovia, 2.005

          Zdzislaw observó al joven que tenía frente a él, puñal en mano. Lo reconoció de inmediato. No vio en él al hijo de su vecino, al hijo del portero o al niño que apenas unos años atrás jugaba con su nieto. Vio a su ejecutor. Con claridad supo que aquel era el llamado a equilibrar la balanza de la justicia, si es que ésta existía. Además, los ojos del joven le certificaron la evidencia que le faltaba para cuadrar la muerte de su propio hijo seis años atrás. Por fin, comprobó sus sospechas. Sabía que su hijo no se podía haber suicidado, no daba el perfil. La vieja costumbre de subir a fumar a la azotea le costó la vida. Siempre tuvo la certeza de que alguien le había empujado, pero nadie le creyó ni siguieron investigando, dando por causa de la muerte el suicidio.

          Vio el odio reflejado en las pupilas de aquel chico y, como un reflejo fugaz, le vio a él. Vio a su amigo Nahum. ¿Cómo no había sido capaz de reconocerle hasta ahora si la genética no había podido ser más evidente?

          Intentó pensar rápido. Ese chaval tenía un padre y un abuelo de su misma quinta. Llevaban unos cinco años en el edificio, pero él los había ignorado, tal y como se suele ignorar a los conserjes. Entonces él seguía muy centrado en la evolución de su trabajo. Sus obras estaban más influenciadas por la imagen y la manipulación por ordenador. Había dado un giro de ciento ochenta grados y la exposición había sido gratamente acogida por crítica y público. Poco quedaba ya de su época de devastación y tenebrismo, aparcada levemente en su cerebro.

          Nahum volvió a su vida a través de aquellos ojos. Sin duda, había logrado escapar, pero no habría logrado olvidar el sufrimiento causado a toda su familia y estirpe. Habría transmitido el odio y la búsqueda de venganza a sus descendientes. Aquel chico creía vengar a su familia atacando a quien, irónicamente, les había permitido seguir existiendo. Esa ironía que cruzó sus pensamientos causó en Zdzislaw una sonrisa que desconcertó a su asesino, pero no le detuvo.

          Zdzislaw no intentó detenerlo, se preparó para recibir la primera puñalada pensando en su hijo, en todos los aciertos de su vida y en nada más.

          Cuando sintió la tercera puñalada, en un costado, su mente se trasladó a Sanok, corría el año 1977 y Zdzislaw observaba el humo que ascendía oscuro entre las pocas luces que iluminaban el patio trasero. Se sorprendió al comprobar cómo aquellos paneles de aglomerado, que él mismo preparaba para sus pinturas al óleo, prendían a tal velocidad. El fuego abrasaba y el humo elevaba hasta el infinito sus obras más personales y también las más insatisfactorias para que fueran entendidas por cualquier público. También se llevaba, por qué no reconocerlo, las obras que le delataban, que le desnudaban el alma y que su subconsciente había escupido en una tela como flemas atascadas en su cerebro. Eran desagradables, excesivamente postapocalípticas, escenas putrefactas y, sin embargo, constituían su propio ser. Sólo él tenía derecho a destruirlas. Sólo él. Así, poco quedaría ya del niño que nunca existió y del adolescente que otros crearon.

          En aquella época, llevaba doce años como líder absoluto del arte contemporáneo polaco, pero no podría escudarse mucho tiempo bajo la etiqueta de pintor surrealista. Tenía que alejar de alguna manera el pasado, aunque indirectamente le debiera su bienestar actual. Tenía que dejar los cadáveres en el lugar de donde procedían, aquellos paisajes, la muerte sin fin…

          Zdzislaw tuvo un periodo artístico fantástico que le dio la fama y encumbró hasta lo más alto entre los pintores de su generación. Él se negó siempre a dar una explicación sobre su trabajo que justificara la serie de imágenes perturbadoras que constituían sus exposiciones: paisajes con calaveras, figuras deformadas, temas constantemente sombríos y fantasmas desnudos. Según él pintaba como si fotografiara. Nadie sabía que poseía una serie de fotografías fijas, grabadas en la memoria. Nunca puso un título a sus pinturas y dibujos, no quería pistas ni interpretaciones.

          Una puñalada casi letal le hizo sacudir el torso como una marioneta, como todos los que, en 1944, desfilaban hacia el pabellón C del campo de concentración de Treblinka mientras Zdzislaw los contemplaba absorto. No quedaba nada que les identificara, pero él todavía podía reconocer en aquellos rostros consumidos a muchos de sus antiguos vecinos.

          “Ya no eres un niño y, en cualquier caso, los niños puros también saben cumplir con su obligación para con la nación aria, los niños también matan”. No había más explicación ni tampoco la quería, venía de su padre y no era discutible. Su padre había anhelado la invasión de Polonia y colaborado activamente con los alemanes para lograrlo. Todavía recordaba aquel momento, un paseo por su pueblo de las masivas fuerzas del Tercer Reich. Él sólo tenía diez años y el despliegue le pareció un espectáculo fabuloso. Su padre lucía orgulloso junto a los más destacados oficiales.

En la fila hacia el pabellón faltaba un adolescente que, como él, tenía quince años. Nadie pareció percatarse de ello.

— ¿Recuerdas cuando de niños jugábamos al despiste?, ¿recuerdas cuando decíamos alguna cosa y realmente queríamos decir la contraria? — le dijo Zdzislaw a Nahum el día anterior, con la mayor seriedad que pudo. Quería que le prestara atención, normalmente esa gente tenía la mente fuera del campo físico, hacía mucho que ya habían volado de la realidad.

Nahum asintió temeroso y desconfiado.

— A las ocho de la mañana, os pediremos que vayáis en fila hasta el pabellón C. Eso es lo que deberéis hacer todos sin rechistar. — le indico en tono autoritario, pero mirándole más fijamente de lo que había hecho con nadie en mucho tiempo.

Llegado el momento, esperaba que su antiguo compañero de juegos hiciera lo contrario y no se pusiera en la fila. Podía esconderse bajo las maderas de los catres, estaban hacinados, apenas hacían ya recuentos oficiales y nadie dudaría al ver aquel pabellón vacío. Él mismo se encargaría de certificar que habían salido todos. Era el momento idóneo para arrastrarse hasta las verjas. Todos se concentraban en el traslado de los presos hasta las cámaras con el fin de que nadie se saliera de la fila o tuviera un repentino brote de ansiedad ante la duda del destino al que le conducían. ¿En serio dudaban?, pensaba Zdzislaw. Era tan evidente, ninguno regresaba y, aun así, algunos hablaban con esperanza.

Él, en el fondo, no tenía por qué hacer esa excepción. Acataba siempre lo que le ordenaban sin cuestionarlo, podía tener problemas. Nahum era especial. Al principio, cuando lo veía vagar por el campo, no sabía explicar la causa. Ahora entendía, sin embargo, que Nahum era el único recuerdo de una época que asociaba a su madre, una época de sentimientos puros en la que se sentía querido. Nahum, aún sin sonrisa, sin iniciativa, sin expresión, le evocaba aquellas tardes de chocolate, adivinanzas y risas en la vieja cocina. Por aquella época, por aquellos recuerdos, necesitaba que Nahum escapara de allí, que algo de esa inocencia perdurara de alguna manera. Sabía que, aunque lo lograra, no le iba a convertir en mejor persona. Él era lo que era, eso no podía cambiarse ya.

          Cuando, en septiembre de 1946, entró en el taller del conocido pintor polaco Strzeminski mintió sobre su nombre, su familia y hasta su edad. Empezó una vida de la nada y corrió una cortina mental y sutil para sí mismo. Descubrió su don. Aprendió a mezclar colores, a confeccionar perspectivas, a mirar la realidad desde ángulos múltiples. Se creó a sí mismo, resucitó.

          Y en ese recuerdo su alma voló.

          Epílogo.-

          Zdzislaw Beksinski era, en realidad, un pintor polaco nacido en 1.929 y fallecido en 2.005. Lo encontraron muerto en su apartamento de Varsovia con diecisiete puñaladas. Se declaró culpable el hijo adolescente del conserje del edificio. Algunos datos, como el suicidio de su hijo en 1.999 o la destrucción de parte de su trabajo en 1.977 son ciertos, pero el resto del relato es ficticio y, por supuesto, alejado absolutamente, de la realidad de unos hechos que sólo han servido de inspiración para jugar con el tiempo.

Si quisiera hacer poesía soplaría levemente a tu oreja

y te despertaría, sin más.

Como ocasión primera me aventuraría en tus sueños

y con ese ladrón lucharía.

Porque tu fantasía era mía y así la quería, mira con que

egoísta vivías y, pese a ello, respetarías.

Contra ese sobre malvado que cruzó bajo nuestra puerta

yo podría lucirme en tu subconsciente.

Y como una nube volaría sobre tus pensamientos

para hacer de vigía de las sombras que no te acecharían.

Aún con todo pecaría, pues no es enredar hilos lo que debo

sino cortarlos, si hace falta, para que poesía seas tú.

¡Qué pereza!

El desayuno era su mejor momento del día. Incluso se levantaba antes de hora para disfrutar del café largo, con leche y dos tostadas con miel. De fondo, siempre las noticias. Aquellos instantes solían ser sagrados, constituían parte de su equilibrio diario, un pedazo de paz mental que le permitía afrontar la jornada.

Ahí, de forma indirecta, reflejada con un protagonismo subyacente, en primera plana nacional, estaba ella misma. La noticia, o más bien, la forma de dar la noticia la señalaba a ella como responsable.

Una desgracia, una calamidad, consecuencia del pésimo funcionamiento del sistema. Muertes, niños de por medio, fuego y sensacionalismo. Nada nuevo en el día a día que vivía, tras veinticuatro años, como jueza. El destino era indiferente. Cambiaba de lugar, de paisaje, de compañeros, pero el sistema no funcionaba. Podía darle la razón a un demandante en un desahucio, pero pasarían al menos diez meses hasta que pudiera recuperar la posesión de su propiedad, por no hablar del estado de habitabilidad en que la recuperaría. Podía estimar la pretensión económica de otra parte litigante, pero de nada le serviría, en la mayor parte de los casos, para recuperar lo perdido. Alguna excepción quizá, a veces…

Ella misma había paralizado el desalojo de aquella familia por la situación de vulnerabilidad, pero esa situación no era, ni podía permitirse que fuera, eterna. La razón moral no siempre iba acompañada de la razón legal. Y ella aplicaba la ley, ni más ni menos.

Entre esos pensamientos, y las imágenes desoladoras del incendio, sintió su presencia. Percibió su olor al mismo tiempo que el gato rotaba la oreja hacia la puerta. Notó su respiración, pero no se giró hacía él. Sin duda, él escuchaba la noticia sin decir nada. Se preguntó cuánto tardaría en pronunciarse. ¡Dios, qué tremenda pereza! Siempre lo mismo.

Sabía que había sido un error dejar que durmiera en su piso. ¿Por qué había sido tan débil? Había roto sus propias reglas y ahí estaban las consecuencias. Era una señal clara.

Para empezar, no había podido descansar y lo había sabido de antemano. Necesitaba su espacio, la soledad habitual (no contaba el gato). El sexo ocasional no estaba mal, pero cualquier otra relación más estable estaba descartada. A sus casi cincuenta años se conocía sobradamente. No sólo había repetido cita en tres ocasiones con él, sino que, además, se había dejado convencer para permitir que se quedara. La noche en vela y ahora a digerir la noticia. No tenía ni que mirarlo para sentirse cuestionada.

¡Qué pereza, volver a explicar todo! ¡Qué pereza! El café empezó a adquirir un extraño sabor similar al jarabe que le obligaba a tomar su madre, en vano, hasta que la operaron de anginas. La tostada se había quedado blanda, como su cerebro. Lo que menos le apetecía era conversar, matizar, como tantas veces en su vida, que ella sólo era una pieza más de un sistema que no engranaba, que se descomponía. Sólo los profesionales inmersos en la vorágine judicial podían entender que no había responsables directos de acontecimientos como aquel.

— Tranquila, no tienes culpa. No hay una relación de causalidad evidente. Sólo buscan un chivo expiatorio. Voy a ducharme — dijo él.

¿En serio? La voz había sonado firme, sin apenas una agitación de duda. No era su padre, tampoco un amigo realmente. No necesitaba explicarse, tampoco necesitaba consejos, ni ánimos. Ella sólo tenía un problema (si es que lo era), no quería lidiar con nadie, amaba su paz, su soledad, tanto que era adictiva. Los problemas con los que batallaba eran siempre ajenos y por ello evitaba en su vida personal cualquier alteración fuera de lo común.

No era miedo a sentirse vulnerable delante de nadie, nada más lejos. Era asocial por naturaleza, elegía y disfrutaba su espacio y le había costado mucho lograrlo.

Ella explotaba siempre sin quemarse. Fue al vestidor, eligió un traje neutro y unas Dr. Martins, iría paseando hasta el despacho. Aplicó el protector solar con un tono de color ligero, labial combinado con el traje y toque suave de máscara en las pestañas. Avanzó decidida hacia la salida y con un volumen acorde a la estancia y a su pereza dijo:

— Escucha, no quiero que te siente mal, no hay una causalidad evidente, pero no quiero volver a verte. Asegúrate de que la puerta quede cerrada al salir.

Ilustración: José Luis Ansón

Un silencio de años


Este blog ha estado en pausa durante casi una década. No porque faltaran las ganas de escribir, sino porque la vida me llevó por otros caminos: el trabajo, la maternidad y el día a día que, a veces, desborda.

En ese tiempo también me adentré en otra pasión: el estudio de un grado en Historia del Arte. Fue un viaje de descubrimiento que amplió mi mirada sobre la belleza, la cultura y la forma en que el arte dialoga con la vida.

Escribir siempre siguió latiendo dentro, como una voz que espera. Pero hubo años en los que las prioridades me colapsaron, y las palabras tuvieron que quedarse en silencio, aguardando su momento.

Regreso con la misma ilusión con la que un día abrí este espacio, aunque con una mirada distinta, más madura y llena de experiencias. Vuelvo porque las palabras nunca se apagan del todo: solo esperan a que les hagamos un lugar.

El frío mármol y mi pie desnudo…

….o mi frío pie y el mármol desnudo de aquella habitación escondida.

Añoro caminar por tus palacios y la sensación que aquellos paseos me producían. Recordarlo me hace creer que no era yo, que era otra persona. Y quizá lo era si no me reconozco, como una película muy vivida.

Ahora me siento, como aquel día, escondida en el subsuelo con los murciélagos reposando a unos metros de mi cabeza. Puedo sentir la piedra roja en mi espalda y el susurro del agua al correr por los pasadizos. Todo tiembla mientras los elefantes suben la pendiente del fuerte y mi corazón retumba al mismo paso marcial. Físicamente entera y un espíritu intrépido pero prudente.

Sin embargo, me pregunto por qué me paraliza cualquier inconveniente, por qué me duelen las piernas y la cadera como si fuera una abuela, por qué llueve en mi cabeza ese repiqueteo constante que me nubla el juicio y amontona mis quehaceres. Es por todo ello que he vuelto a aquel lugar de piedra, inventado, que nunca lo he abandonado y que reconozco habito por fases intermitentes de sueño. Porque allí, en sus estancias y en sus dominios, vuelvo a ser yo reconociendo la pureza en la oscuridad y tu extraño poder sobre mi libertad.

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Si la recuerdas…

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   Recuperar. Ese sentimiento ambicioso. Esa sensación de poder, cercana a un juego infantil. Aún cuando el tiempo parece haber borrado toda huella, el eco de aquella voz rasgada parece perdurar en el aire. Un sonido desafiante que propone una negociación externa y extraña. Pretensión de volver a ser una, completa, superior e ilimitada.

   No han pasado las horas, no han pasado los días y menos los meses cuando ella resurge y pretende, con sólo una mirada, quizá con sólo una idea, arrojar al vertedero de la vida esa estabilidad aparente. No ve las arrugas en su cuello y manos, testigos de un  presente cuya rutina le esclaviza.

    Recuperar, el control de su entorno, la capacidad manipuladora sobre los más próximos. Esa actuación a lo Bette Davis que te deja perplejo. Su intención es sólo esa, volver a tener.

      Escapa porque está cerca. El perro, en la puerta de entrada, con las orejas altas, huele el ascensor.

Crisis de crecimiento

    Tus ojos como platos, tu boca entreabierta, siempre demandando el contacto con mi piel. Tan grande la sensación de intimidad y tan tremendo el miedo a fallarte. Unos días de existencia que provocan la mayor de mis fragilidades y al mismo tiempo desvelan una fuerza escondida en mi antiguo interior, aquél que creía perdido.

    Tu pasión es desmedida, tu curiosidad suprema. Asustas, aturdes y enamoras. Ya no necesitaría salir para ver mundo porque lo veo reflejado en ti y sin embargo te llevaré hasta mi fin y tu principio por sus intrincados caminos de historia, mentiras y esperanza. Sólo tú decidirás el trayecto final y poco quiero saber de tus motivaciones, sólo respirar el aroma del triunfo de saberte pleno.

    En estos días de crisis en mi crecimiento, que no el tuyo, en los que dudo hasta de mi mejor criterio me basta contemplarte para saber que algo bueno debe salir de todo esto y que, en la mayor de las oscuridades, siempre serás la luz al final del túnel.

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El trébol

     Jamás vio un cielo como aquel, unas estrellas tan brillantes en un universo tan oscuro. El estómago le quemaba, la garganta estaba obstaculizada de sensaciones ajenas. Hacía semanas que no dormía y lo que ello conllevaba, no soñaba. Y no soñaba con él, no lo veía, no lo imaginaba siquiera. Empezaba a sentir que su cuerpo ya no le pertenecía, apenas la sangre circulaba ya con fluidez y las extremidades se le dormían. Había perdido la poca fuerza que tenía. Y sin embargo, con todo aquel peso, arropada con una manta de un extraño, en medio de ese valle inmenso donde sólo oía pastar a las vacas y a los caballos, alzo la mirada y veo ese cielo, inmenso, puro y poderoso que le hizo percatarse que no era nadie. Y en esa negación halló la esperanza. Pues todo surgía ante la noche y en horas llegaría otro día y todo empezaría de nuevo. Porque todo era una gran maquinaria que reiniciaba cada amanecer. Qué terquedad absurda empeñarse en repetir lo vivido.

     A la mañana siguiente el paseo fue distinto, ya no buscaba ningún trébol. Era evidente que la flor había tomado forma de estrella nocturna. Y esa había sido su suerte. Se dedicó a la contemplación y disfrutó de semejante simpleza como nunca, quizá porque nunca lo hacía. La vida transcurría ajena a su ser, su persona no era nadie, era prescindible para la existencia general del mundo. Y fue en ese instante en el que, valorando lo externo, comenzó a valorarse a sí mismo construyendo una nueva esencia.

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Leyendas de Olhao

    Cuando salió a pasear tras el copioso desayuno el clima todavía era clemente. Hasta el paseo marítimo llegaba la brisa de la marisma y avanzó decidida hacia el centro de Olhao. Estuvo tentada de entrar al mercado. Éste se dividía en dos edificios idénticos con cierta apariencia islámica, no en vano también había sido territorio de Al Andalus y la influencia era notable en muchos edificios. Le fascinaba contemplar cómo descargaban el pescado y el marisco fresco en la multitud de puestos. El otro edificio se reservaba  para fruta, carne y dulces.

    Sin embargo, esta vez optó por introducirse entre las estrechas callejuelas. Era tan temprano que parecía que sólo los gatos las habitaban. Le llamó la atención cómo la mayoría de los pequeños felinos llevaban collar y se acercaban con confianza entre sus piernas si se detenía a observarles. En el portal de una de las casas incluso existía una diminuta construcción para ellos en la que se advertía a todo aquél que pasara por allí que debía respetar el descanso de estos animales. Sí, no había duda de que los felinos estaban mejor atendidos que la mayoría de los perros del municipio.

    El pueblo tenía una infinidad de callejuelas que conformaban un curioso laberinto. Pese a ello, creía que era fácil orientarse dejando siempre en paralelo el mar. Le encantaba la decoración de todos aquellos edificios de apenas dos alturas y cuyo techo acababa en forma de azotea abalaustrada y sus fachadas se adornaban de baldosas de cien mil formas geométricas y colores. Era una pena que hubiera tantas abandonadas. Andaba con aquellas reflexiones cuando un destello plateado llamó su atención. El sol parecía querer amanecer justo en ese punto brillante. Sin dudarlo avanzó hacia él. Era una estatua. Había muchas en el pueblo aunque esta, desde luego, era bastante particular. Ahí plantada como un árbol en medio de una pequeña plaza imponía un respeto complejo. Se agachó para contemplarla mejor y comprobó que, ciertamente, daba miedo. Cualquier imagen de un niño que no inspirara cierta ternura daba miedo. Parecía, por qué no decirlo, el niño de La profecía. Se acercó a comprobar el cartel cercano que la describía, en portugués e inglés. Contaba la leyenda de un niño, fornido y robusto, de grandes ojos negros que se aparecía por las noches y no paraba de llorar. La mayoría de las personas no salían por miedo al encanto, ya que algunos aseguraban que el llanto del niño podía hasta matar a una persona. Pero había marineros que juraban haberlo visto, incluso podían cogerle en brazos para consolarlo, pero el llanto y su peso aumentaba y cuando lo soltaban en el suelo el niño desaparecía. Olhão lo recuerda ahora con esta escultura metálica.

    Expectante contemplaba la figura que apenas se dio cuenta que una anciana le agarraba el brazo con fuerza. El susto fue mayúsculo, aunque al instante le recordó a su abuela y el susto se evaporó. Esta abuela, que no la suya, gesticulaba con la mano libre y le hablaba en portugués con una seguridad pasmosa de que ella fuera capaz de entenderla. Por supuesto, esto no era así pero se encontró andando por la calle con la anciana del brazo (como también solía hacer con su abuela, «donde hay hijas y nietas no cabe bastón«) intrigada pensando a dónde la conduciría la buena mujer. Dando por sentado que era buena, madrugadora y se encontraba tan aburrida que no tenía mejor cosa que hacer que explicar las leyendas del municipio a la primera turista que encontró. Y así fue. Un par de callejuelas más y acabaron en otra pequeña plaza adornada también de extrañas siluetas. Otro material, forja quizá, otro color, negro cuervo intenso. Niños, cinco niños jugando a la pelota. Y el cartel informaba que el pequeño Manuel se encontraba jugando con sus amigos a la pelota cuando un niño, desconocido para ellos, les preguntó si podía jugar también y todos aceptaron encantados. Después Manuel acompañó a su nuevo amigo a su casa, donde había infinidad de riquezas y tesoros, pero el misterioso niño le dijo que no podía contarlo a nadie. Pronto se percató Manuel que sólo él podía ver a este niño. Al final, antes de hacer la comunión su madre le obligó a confesar estos hechos al sacerdote y jamás volvió a encontrarle. ¿Demonio pillado in fraganti?. ¿O amistad traicionada?. Contempló de nuevo las negras figuras intrigada, demonio seguro. Mientras la anciana gesticulaba algo que ella claramente entendió como «hija mía, historias de aquellos años«.

    Temerosa de que la abuela, emocionada, la arrastrara hasta la estatua de la sirena que ya conocía, le señaló el reloj de la muñeca y le indicó que debía seguir su paseo. Ahora la abuela portuguesa formaría parte de su particular leyenda.

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Etérea.

    Recuerdo la sensación fresca en la planta de mis pies al avanzar sobre las baldosas del templo, era una sensación fabulosa. Me encantaba descalzarme como ellos, veía tan estúpido estar allí y no hacerlo. En sólo un instante te sentías integrada con el edificio, con las personas que lo recorrían, con un pasado memorable y con ese presente. Tocar, palpar esos relieves y deslizar las yemas de los dedos entre sus líneas, seguir con ellas el dibujo de las decoraciones florales. Era, para mí, conectar con un mundo de ensueño, estar dentro de aquel cuento de fantasía sin ser una mera espectadora.

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    Avanzar descalza era la mejor forma de desprenderte de tu vida anterior. No abandonarla pero sí filtrar, de alguna manera, lo positivo. Nada perturbable asomaba a tus pensamientos mientras cruzabas unas salas de extrema pureza. El blanco del mármol ahuyentaba el humo oscuro hacia las cúpulas abiertas y lo diluía entre las nubes. Así pues, desaparecía toda sombra de duda. Y deseaba más y más, incluso girar sobre sí misma, volver a pisar una y otra vez aquellas baldosas que inyectaban de forma inmediata vida a mis venas. Notaba circular la sangre a través de ellas, desde la punta de mis dedos hasta la neurona más apartada de mi cerebro. Me sentía extremadamente ligera, delicada, como algo fuera de este mundo, etérea…

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Ahhh…lo prohibido.

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             Los días pasaban tan rápido en aquella escapada rural que la fugacidad de las estrellas en ese extraño cielo transparente se le antojaba anécdota. Él llevaba todos esos días contemplándola con una espía serenidad que, sin embargo, había ido creciendo en anhelo material. A la misma distancia pero cada vez visual y mentalmente más cercano a ella, a su cuerpo. Le fascinaba verla leer, tomar sus notas con esa delicadeza innata con la que unía sus pensamientos al folio en blanco. Él tomaba su café tan despacio como ella su té, casi sorbiendo al mismo intervalo. Había llegado a sincronizar sus movimientos de una forma natural. Ella, en cambio, seguía ajena a su persona. Pero, al menos, quedaba el consuelo evidente de que ella era ajena a todo lo que la rodeaba. Su libro y su libreta como preciosas antigüedades frente al último modelo de portátil. Su té y su perro a los pies, vigilante, como ente que la hacía viva. Todos ellos conformaban una especie de burbuja cerrada cuya llave se custodiaba sólo desde el interior de la misma. Tan sólo imaginar que accedía a esa dependencia privada hacía que un cosquilleo nervioso subiera por todo su cuerpo. De inmediato lo controlaba porque no era bueno que nadie, absolutamente nadie, le hiciera perder el control de sí mismo. Al menos allí, en público.

El monstruo de las galletas.

IMG_5061        «Escribir de Nueva York en un libreta de Londres puede parecer extraño, pero en mi caso es habitual. Quién sabe dónde estaré cuando escriba en mi libreta de Nueva York. Trajimos una maleta de más y a dos días para el regreso aún no hemos comprado nada. Eso sí que es absurdo. «

Pasados esos dos días, puedo confirmar y confirmo (en el mismísimo JFK) que llevo la maleta a rebosar. Yo misma estoy a rebosar y pensando en que debería coserme la boca si quiero adelgazar todos esos kilos que no he pesado jamás y parecen haberse afincado en mi cuerpo estos dos últimos años. El degustar toda la comida internacional esta semana tampoco ha ayudado demasiado. Pero lo que definitivamente me ha matado y convertido en el monstruo de las galletas son las cookies de Levain Bakery. Hechas por los ángeles son un verdadero pecado en el que recaímos por un total de tres veces. Una experiencia que nunca borraré de mi viaje a Nueva York.

Gratamente sorprendida con la educación de la gente en cualquier lugar; museos, metro, tiendas, restaurantes… Un esfuerzo por agradar que aprecio (casi) perdido en mi ciudad. No puedo dejar de recordar la cena en el restaurante Kang Ho Dong Baekjeong, en el barrio coreano, al ladito del Empire State. A nosotros nos pillaba a unos pasos, pero merece la pena degustar una barbacoa tan original como esta. Eso sí, puede parecer una clavada, pero amig@ estás en Nueva York y en que sales de la burguer es lo que hay. En ese aspecto, sobre todo para los españoles amantes del vino, el precio del mismo resulta desorbitado. Por lo demás, restaurantes hay cientos, miles y de buena calidad. Basta echar un ojo a los buscadores más conocidos de la red y seleccionar los mejores valorados de la zona que te interese.

Fuera de este escueto apartado gastronómico aconsejo estudiar con mucho detenimiento los días que dura el viaje y lo que se quiere visitar a la hora de decidir si conviene más la City Pass o el New York Pass. Si al menos estás siete días,  como nosotros eres de los que les cunde el día y sabes manejarte con el metro, el New York Pass es una buena opción. Ojo, no en todas atracciones ahorras tiempo ya que, pese a tener la tarjeta, harás igual fila (otra) para el ticket de rigor. Reconozco que, en ese sentido, me ha decepcionado el funcionamiento del Pass ya que, una vez adquirido el mismo, se supone que ya has comprado todos los tickets que lo incluyen y con instalar un lector de esta tarjeta en cada atracción debería bastar para acceder a las visitas (véase por ejemplo como funciona en Venecia). La organización debería ser más fluida. En cualquier caso dependerá de la hora o la época del año el encontrar ciertas atracciones más saturadas.

Recomiendo quitarse lo principal (Empire State, Estatua de la Libertad, Top on the rock…) los primeros días de forma que el resto te dé para patear y vivir la experiencia de la ciudad como es debido. No esperes pasear entre calles de historia y pasado impresionante. En Nueva York tu cabeza se  nutre de las imágenes que las series y películas americanas que nos tragamos desde hace generaciones. Detente en el Museo de la Inmigración para comprobar que, pese al patriotismo posterior, este país lo construyeron los inmigrantes europeos. Y por cierto las calles, los puentes, el metro y los barrios periféricos necesitan más que un repaso y lavado de cara.

Harlem puede ser apasionante y no precisas reservar ningún tour para escuchar godspell . En cualquier iglesia serás bienvenido, toma algo en sus pubs y visita el Apollo. Tanto este barrio como el latino o Brooklyn tienen sus propios museos. De todos puedes sacar alguna impresión importante. Pasea sin miedo por la ciudad, toda ella, no te quedes sólo en la casa de la protagonista de Sexo en Nueva York o en el Puente de Brooklyn que, por cierto, deberían cerrar y acondicionar. Ve a correr a Central Park.

Si te toca algún día de mucho frío o muy caluroso no lo dudes: resérvalo para los Museos, a ellos de cabeza. El Moma y el Metropolitan, aun cuando no te interese el arte, los considero imprescindibles y los demás optativos para los que somos más curiosos de la historia o arte contemporáneo. El de Historia Natural, antiguo pero interesante. Llama la atención al vitrina de los animales próximos a la extinción. Dan ganas de llorar. La Biblioteca Pública es una maravilla. El Intrepid (portaaviones y submarino) también merece la pena para los que no vivimos de cerca el mundo del ejército. El Whitney también es una maravilla y tiene un mercadillo al lado para picar exquisito. El mercado de Chelsea, según el día, saturado. Pero el paseo por High Line lo vale.

Puedes quedarte parad@ dos minutos en Times Square deteniendo tu tiempo para comprobar lo imbuidos que estamos de consumo y apariencia. Esos instantes de reflexión los rompes con un hot dog callejero y para los amantes del deporte o musicales, tirad de internet y reservar con antelación.

El Memorial de las torres gemelas lo dejamos para el último día. No era algo que nos llamara demasiado la atención. Pero, sin duda, sorprende por cuanto está hecho con una delicadeza y respeto asombrosos al suceso en sí. Inevitablemente te trasladan al momento y lugar donde tú viviste aquellos hechos, recordarás tus impresiones y vivirás la de los americanos.

Una nación poderosa, orgullosa de sí misma y algo pretenciosa. ¿No van y me dicen en un folleto que la Catedral de San John es la catedral gótica más grande del mundo? De estilo gótico puede, pero señores, gótica… como tal va a ser que no. Que nadie espere las vitrinas de Oviedo o de la Sant Chapelle, ni los muros de Toledo o Burgos, ni sus piedras, ni su historia… Un edificio de 1892, señores, no es gótico en esencia, ni por tiempo ni por materiales.

Pero oye, el que no tiene historia se la inventa. También lo he comprobado en otros lugares como Singapur. En fin, se quieren y se creen el centro del mundo. Probablemente lo sea o así se nos ha metido en el subconsciente desde que lo visitó King Kong. Es un hecho que aún les faltan siglos para equiparse a otros antiguos imperios, pero a día de hoy a todos nos encantaría tener un loft en la city….;)

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Inquietud temporal

    Siempre parece faltar el tiempo. Tiempo para leer, para escribir, para hablar, para ponerse al día con las noticas, esa media hora de redes sociales, ese tiempo para la compañía, de dos, de más de dos. Y ese, que a veces valoramos tan poco, ese tiempo para uno mismo. Esa calle que no anduve, ese libro que todavía no he comenzado, esa meditación pendiente. Todo falta en tu vida pues no hay conocimiento extremo ni verdad absoluta. De normal, sin ser conscientes, todos perdemos el tiempo en un noventa y nueve por ciento del transcurso del día.

    Hoy, ante la ventana que nunca tuve el valor de asomar, veo las hojas volar, los perros correr, la gente encoger sus hombros, no sé si de frío o miedo a … esa incertidumbre que trasladan las nubes. De pronto el frío atraviesa el cristal y te eriza el vello. Un extraño sentir, momentáneo pero común, a esas personas que atraviesan la calzada. Podría ser yo aquél que mira, no dos sino en tres ocasiones, a su alrededor. ¿Acaso le persigue alguien?. No lo parece pero ahí está, es su propia sombra. Le acompaña ese elemento formado entre el cielo y la tierra. Explicado científicamente pero siniestro. Su sombra no es alargada como la de los libros de misterio, no parece suya, pero no le deja ir. Acelera y lo pierdo en la esquina del edificio de en frente. Instantes antes de desaparecer la sombra parece girar en absurdo saludo hacia mi ventana y por tanto hacia mi persona. Provocadora oscuridad andante que impide que el frío desaparezca en mí.

    Me percato de que ese tiempo, que siempre falta, pasa ante la ventana de la vida (esa a la que no tenemos costumbre de asomarnos). Ahí está, circula veloz y resulta imposible aprehenderlo. Intentar detener el tiempo es perderlo en sí mismo. Un segundo, dos… cada instante escapa. Escapa sin leer ese libro, sin decir lo que realmente pensabas, sin mirar las vidrieras de cada calle que encierran el tiempo ajeno. Pisamos tiempo, pisamos la vida y la consumimos. Esa lágrima que no quisiste dejar caer, la perdiste por siempre, el tiempo que no corrió con ella te hizo dilapidar un sentimiento que podía crear instantes adicionales. El tiempo es, sin duda, el mayor de los misterios. Es el secreto que dicen, que cuentan, todavía no hemos desvelado las personas. Esas cuyas sombras no parecen propias. ¿Qué sombra viste encajar a la perfección con su dueño@?. No me mientas, pierdes el tiempo.

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Winter is coming…

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    Estos preciosos días de otoño, llenos de melancolía, niebla, humedad, en los que pierdes media hora con la plancha de pelo para llegar al trabajo con tu melena al más puro estilo Jackson Five o arriesgas tus huesos en un resbalón absurdo sobre una hoja mojada. Oh sí, qué bonitos son. Y es que, a pesar de ese tipo de incomodidades, lo son. Descubres colores que ni sabías que existían salvo que hayas estudiado la teoría de Chevreul, todavía el frío no penetra por tus tímpanos poco respetuoso, paseas con el perro en modo meditación on y compras castañas para asar mientras ves la serie de zombies. Aún quedan días para ese tema importante que debes rematar en el trabajo, para los exámenes si te sigues formando o para cualquier otra prueba de fuego; son esos días que a veces no eres consciente que debes aprovechar al cien por cien ya que, como la mayoría, volarán antes de que te percates de ello. Esos son los días de otoño.

    Se está antojando, sin embargo, un otoño intenso. Incluso fuera de esa órbita personal que se llama mundo. Un mundo que se presenta descontrolado. Noticias del horror de todos los días superadas, sólo y esta vez, porque rozan nuestra occidentalizada y aparenta correcta existencia. Porque, como ya dije en twiter, podía haber sido yo. En ese restaurante o sala de París podría haber sido yo, en esa playa de Tunez (donde me picó la más gigante de las medusas) también podría haber sido yo, en aquella estación de Atocha o en esas calles de New York. Y no porque viaje en extremo y cuando puedo, sino porque somos todos, aquí, en Siria o en China, todos somos todos. Todos personas. Días otoñales en lo que parece que hay que andar con pies de plomo y no por resbalar con la citada hoja caída, sino porque incluso si apareces muy sonriente en esa foto de la Torre Effeil que has colocado por solidaridad puedes ofender. Puedes ofender por ser española y apoyar a Valentino Rossi. Puedes ofender con según que comentarios a ese amigo catalán que olvida antaño fue un simple súbdito de tu reino, sí ese que nunca tuvo y al que cortésmente se le otorgaron fueros. Puedes ofender si crees que jamás debió crearse un estado como Israel en terreno ajeno. Puedes ofender si opinas que lo que pasa es culpa nuestra, consentida, votada, alimentada día a día por nuestros representantes… En definitiva, veo miedo y carencia de libertad en un mundo que se me antoja cada vez más radicalizado, leo barbaridades, auténticas mentiras históricas y pretensiones de actos futuros que me horrorizan. Algo se nos va de las manos y tarde o temprano nos va a reventar en la cara. ¡Qué irascibilidad!, ¡qué incomprensión!. Y lo que es peor, con pena, me incluyo en ambas, irascible y radical. En vez de unirnos, nos separamos. Esto es un hecho, a todos los niveles.

    Este otoño siento aquello de …»winter in coming» como algo muy real y huir parece complicado. Sólo volvemos a tener la fantasía como vía de escape. Ese mundo al que puedes entrar de un salto como hacías de cría simplemente con encerrarte en tu habitación y subir el volumen de la música a tope. Trasladarte con las notas o con tu mente ya era una elección más simple. Ahora, en cambio, parece complicado. Las canas o las preocupaciones son otras. Lo tienes todo y nada a la vez. A veces en un instante te sientes así, y todo es nada. Perdida sin saber lo que realmente importa, como el resto del mundo. Así parece estar la vida, desbordando. Tanto que ni en Fantasía nos dejan entrar.

Melodía de existencia

    Musica é…. lalallalalala lala….

    Llevaba una semana danzando al son de distintas melodías… Había descubierto a Louane en La familia Belier y a los dos días me había descargado todas sus canciones, la banda sonora y más… Tenía talento sí, la chiquilla, aunque quizá había influido el hecho de que nunca (hasta ese momento) me había llamado la atención la música francesa. Era, sin duda, un bonito idioma. No como otros que, sin que nadie se moleste, parece que hablan con un plátano dentro de la boca.  Y como ya decía Carlos I de España (V emperador): «Hablo español con Dios, italiano con las mujeres, francés con los hombres y alemán con mi caballo«. Por algo sería, seamos honestos.

     Hice limpieza general contorneando la aspiradora al ritmo de Smooth Criminal y mi caminata diaria con los lereles de la familia Flores. El jueves nos invitaron a un musical. No me gustan nada, para que nos vamos a engañar. En cambio, me pilló receptiva. Sister Act  es divertido y tiene un derroche de color, vestuario y escenarios que bordan la magnífica actuación de sus artistas.También, el pasado sábado, en un arranque juvenil y recuerdos de la Habana me encontré como una loca bailando salsa en un club. A la mañana siguiente me estallaba la cabeza, fue culpa de los mojitos seguro, no pudo ser mi insensatez. O quizá sí.

    En conclusión, he vuelto a sentir la música en mí, si es que alguna vez se marchó. Y he vuelto a comprobar su tremenda influencia. La música es alegría, es pasión, es pesar y melancolía, es una virtud que poseen unos pocos y a través de ellos nos permiten mostrar la más amplia gama de sentimientos que escondemos las personas. A través de la música y desde niña he vivido mis mayores fantasías y anhelos. Sola, encerrada en mi cuarto como cualquier adolescente. A veces aislada, sin que nadie, sólo y únicamente la música te comprenda. A ella contarle todos tus secretos sin vergüenza. Todavía hoy no sé arreglarme sin la compañía de la radio, la música me activa, la música es vida. Siempre hay una melodía paseando por la cabeza. Espero que también en la tuya.

La ciudad en la laguna.

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     La impresión de una ciudad cambia siempre con el tiempo. Dependerá de la compañía, incluso del clima con que la visites. Pero será, en todo caso, tu percepción personal ya que la ciudad en sí, sobre todo Venecia, lleva siglos igual. Ahora un foco de explotación artística y comercial con el turismo, pero desde antaño, un concepto de vida diferente. Y en el fondo un tesoro que esperemos no se nos escape nunca.

     En mi tercera vez en Venecia busqué el olor desagradable y los mosquitos de los que tanto protesta la gente y yo nunca he conocido. Encontré un mosquito traidor y ningún olor extraño. Nada fuera de lo normal en mí recibir, de cuando en cuando, un buen picotazo. Quizá yo planifico demasiado los viajes y nada suele escaparse. Ubicación perfecta pero tranquila, pintoresca pero fuera de lo típico, sin excesos. Así que, de nuevo, fue magnífico perderse entre sus callejuelas y callejones (ojo que no es lo mismo), laberintear y evitar caer al agua. Me sigue fascinando el barrio judío y la zona vecina del Arsenal (este año Bienale), para mí poseedoras hoy de un encanto superior al resto, con algo de la antigua pureza entre sus puentes y escalones. Tampoco desprecio el resto.

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     Con el reto de no estar acompañada por las amigas con ganas de fiesta o con la pareja en busca de ese momento romántico que hay que evitar por devenir forzado (te deberías enamorar antes de navegar o mal te irá), sino por un padre que no se deja sorprender con facilidad y una madre que se apunta a cualquier proposición. Hay que perder el equilibrio en el traghetto (no hace falta pagar ochenta euros por subir en una góndola, vuélvete veneciana@ e investiga las que ellos usan), sí o sí, beber lo que no debes y buscar a La Vieja de Giorgone allá donde inexplicablemente te la han escondido los responsables de la Gallería. Y pasear sola durante un largo rato, impregnarte tú y sólo tú de la esencia del tiempo que todavía recorre las calles y canales (sorteando a las compradoras compulsivas venidas de Oriente, sí aquella tierra a donde los mercaderes venecianos navegaban jugándose el tipo para traer a Europa las telas, los perfumes y los colores más exóticos, ah…el codiciado púrpura).

      La ciudad en la laguna, hoy por hoy, sigue siendo un milagro. Quizá conviene leer un poco de su historia antes de visitarla y saber de antemano que fue antaño un estado poderoso. Poder que con el tiempo pasó y sin embargo la vida continuó en ella sabiéndose eterna. Sobre el agua o bajo ella, Venecia siempre será única.

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Igual opino…

    Se nos ha ido la cabeza, al menos a algunos. O lo que es peor, a muchos. Jamás hablo de política, futbol o confrontación alguna de según qué opiniones. Respeto todas y son temas que me aburren soberanamente. Pero la relevancia que adquieren algunas barbaridades me asombra cada día más. ¿Es incultura, prepotencia o creencia en esa falsa prosperidad que les venden?. Quizá es responsabilidad de todos que, durante años, hemos dejado evolucionar esas ideas absurdas sin decir ni «mu». De igual forma que (no se nos olvidé) se permitió pasear a Hitler sobre Europa para luego llevarse las manos a la cabeza. También él vendía esa idea de «somos mejores», «más buenos», «irrepetibles», etc… No concretaré, ya que no es cosa de unos pocos. Pero lo que más llama la atención es la tergiversación y apropiación de la historia que hacen según qué personas. Lo han hecho desde la base, desde las escuelas, han cambiado los libros, los nombres de los antiguos reinos, escudos, banderas e incluso las fronteras. Lo han hecho a izquierda y a derecha de mi maravillosa parcela de tierra. Eso, amigos, lo hemos permitido ya que no se frenó a tiempo. Y ahora nos encontramos con distintas generaciones que creen, firmemente, que esa es la realidad. Es su realidad, desde luego, no la nuestra. Ello lleva a pensar que o son tontos, o  muy listos. Cualquiera de las dos opciones asusta. Son tontos porque se basan en hechos falsos y a día de hoy para todos es accesible la verdad, al menos la histórica. Basta lanzarse a la aventura y sana práctica de la investigación. Sobran las fuentes históricas, legales,… Cierto es que muchos de los que «abanderan» (sin saber o no querer saber que ni es su bandera, ni su patrón) estas ideas probablemente no saben leer una ley de presupuestos, ni examinar las competencias cedidas a ciertas comunidades para interpretar quién es el responsable o repartidor de culpas. Pero buff… en este caso el poder de la ignorancia deviene amplio, ya que les convierte en una masa más y más manejable (listos entonces). Para muestra un botón, es decir, la sarta de gilipolleces que tenemos que tragarnos si vemos los noticiarios del día o seguimos twiter al minuto (agotador por otra parte). Hace tiempo ya que se concluyó que la disgregación no lleva a grandes metas y es en la unidad donde está la fuerza. Es esto, de nuevo, cuestión histórica. Son precisamente los que nunca tuvieron su propia identidad (por depender siempre del vecino) quienes más la desean. Causa hilaridad, mucha. Probablemente no se dan cuenta que a muchos nos importa un pito semejante agitación. El problema es que se han convertido en cansinos, mucho. Sino te gusta tu país, vete. Pero no seas tan ridículo de inventar uno que nunca existió. Ojo, pero pudiera darse. Todo es posible en esta vida. Es mucho más simple y sencillo utilizar las propias armas que te da la legislación para clarificar e incluso, por qué no, para cambiar situaciones «estancadas». Adaptarse o morir pero, dejen de dar el coñazo, aburren mintiendo y pierden nuestro respeto. En cualquier caso, fuera de las fronteras (por ahora comunes para disgusto de algunos) igualmente hemos dejado «hacer» al estado islámico, y a algún otro, lo que ha querido o ha interesado (tontos también si nos engañamos). De poco sirvió llorar por aquellas ruinas que apenas reflejaban lo que quedaba de raciocinio en un valle de dudas y turbantes. Ahora (y como en las grandes guerras que todos olvidan) nos llevamos, de nuevo, las manos a la cabeza ante el desfile de pueblos enteros por mar y carretera (el avión parece inaccesible).

    Estos mínimos ejemplos (de tantos) de incoherencia de la humanidad me llevan a pensar que, sin casi darnos cuenta, estamos ante el preludio de un nuevo cataclismo mundial. Dentro y fuera de cada país. Y ya sabemos (o no, para los que olvidan el pasado) cómo suelen acabar estos acontecimientos. Me veo inmersa de repente en una gran «pliegue» del tiempo, ya no tanto espectadora sino participante. Por ello, hoy me desahogo. Resulta utópico pensar que sólo un virus que nos convierta en zombies, un asteroide que se estrelle en el planeta o una invasión alienígena haría que nos uniéramos en una misión común de supervivencia. Pero no, casi he perdido la fe, probablemente, sería el fin ya que nos destruiríamos antes entre nosotros. Nos hemos cargado el mundo, la naturaleza, los animales, la historia y por tanto la vida. Avísenme cuándo recuperemos el sentido común. Estaré hibernando entre antiguos cuadros y documentos con polvo de siglos mientras todavía sigan expuestos y existiendo. Ahora bien, que nadie venga a molestarme a mi propia casa (y este es un concepto amplio de frontera) porque se llevará un «soberano» puñetazo.

Indiscreto vecindario

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      El viento entraba ligero por la ventana ondeando las cortinas cual banderas en edificio oficial. Mucho menos ligeras y más impertinentes llegaban hasta él las voces de los chiquillos del vecindario que parecían ponerse de acuerdo en reunirse siempre bajo sus muros. Pero ¿qué podía decir?, se suponía que era una zona común. A los quince minutos le aturdían tanto los gritos de los juegos infantiles que no le quedaba más remedio que ponerse de fondo algo de música. Encontrar melodías que acompañaran su trabajo sin distraer tampoco era cosa sencilla. Por tanto, a esas alturas  su punto de concentración era bajo o nulo. Se preguntaba cómo era eso de dejar la mente en blanco. A él le resultaba imposible, no sabía si debía ir precedida de una relajación para lo que tenía una incapacidad total o si, simplemente, su cerebro tenía una actividad superior a la media. Esto último denotaría una inteligencia que no poseía por lo que había que deducir que era un completo inútil para controlar sus pensamientos. Esto, sin duda, era preocupante.

     A mitad de tarde continuaba la fiesta continua de niños y padres en la calle peatonal. Le parecía increíble la forma en que los padres llegaban a hacerse insensibles a la ruptura de la barrera del sonido provocada por sus hijos. Y apenas sin inmutarse mantenían las conversaciones entre sí como si el griterío que les acompañaba fuera un eco lejano en un valle imaginario de la tierra media. Lejos, lejos de la realidad. Pero él, ni era padre, ni vivía en la tierra media, ni estaba sordo. Fue en ese instante de mayor indignación, fruto, en el fondo no de los niños, sino de su propia convicción de que no haría ya en el resto del día, que comenzó a dar vueltas por la casa ingiriendo un melocotón y regando las plantas al mismo tiempo.

     Tuvo que pasar tres veces por la cocina para percatarse que la sombra de las cortinas sobre la mesa no era la correcta. Se detuvo y vio brotar los rayos de sol de repente en el original mantel de la Torre Effeil. Se giró hacia la puerta pero antes de salir volvió con rapidez la cabeza hacia el mismo punto y esta vez sí los vio esconderse. Sus cabecitas modificaban las sombras habituales del día. Como felinos en época de caza… ahí estaban los típicos niños que, cansados de los juegos habituales, habían decidido ponerse a explorar el territorio en busca de aventuras e historias inventadas. ¡Qué mejor que espiar al vecino friki!, ósea a él.

      Una sonrisa se dibujó en su rostro a la vez que se escondía en el pasillo y dejaba con cuidado la regadera en el suelo. Quizá también él pudiera divertirse un rato. Al fin y al cabo hacía meses que no veía una buena peli de miedo. De repente por arte de magia, sus pensamientos se pusieron en orden, maquinando… Dejó caer el hueso del melocotón y dejó de sonreír.

Platanias: primera línea.

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   El hombre de la mesa de la izquierda se rascaba entre los dedos de los pies mientras acababa su segunda jarra de cerveza. En la segunda línea del chiringuito, donde empezaba una fila de hamacas, una pareja recolocaba las mismas orientándolas al sol. No se habían dirigido la palabra en las dos horas que llevaban allí. Él concentrado en su libro y ella en su smartphone. El diálogo entre la madre e hija que tenían situadas detrás no era mucho mayor. La pareja más joven de las hamacas de la derecha también se hallaban enfrascados en sus individuales quehaceres. Ella leía la historia de los Banu Qasi y él no dejaba el smartphone ni en sueños. Pero ellos, al menos de cuando en cuando, intercambiaban entre sí una sonrisa y un pequeño diálogo que parece les ponía al tanto de sus impresiones del momento. Ella, además, tenía una pequeña libreta en la que a ratos realizaba una serie de anotaciones.

   A Sofía le llamó la atención el hecho de que aún utilizarán el clásico libro y la clásica libreta fuera de cualquier connotación tecnológica. Pero sabía que sí, que todavía había extranjeros que disfrutaban del antiguo placer del tacto de la hoja y el bolígrafo. Sofía disfrutaba igualmente de analizar a todos ellos escrutando hasta el mínimo detalle de tal forma que casí (en pocas horas) llegaba a tener una idea bastante aproximada de la personalidad de cada uno de aquellos huespedes temporales. La que había estrenado bañador, la que estrenaba retoque en el rostro, el que estaba a dieta, los que estaban al borde de la ruptura, los recien enamorados, los ancianos bien avenidos, las amigas juerguistas… Todos, sin saberlo, se desnudaban por dentro y fuera para la discreta camarera del chiringuito. Una sonrisa dulce cuando entregaba el cambio escondía otra secreta y mordaz. Esa gente eran su entretenimiento, vivía a través de ellos la mayor parte de las horas del día. Con ellos y por lo que evidenciaban con total simpleza, ella traspasaba las costas de la isla. Mientras esos inocentes turistas se relajaban hasta el punto de olvidar sus verdaderos «yo», Sofía se apropiaba mentalmente de sus ansiedades, de sus preocupaciones, de sus miserias y anhelos. Los veía levantar sus miradas, contemplar el mar en el horizonte y era capaz de descifrar cada uno de sus pensamientos. Lo que luego hacía con ellos, cual ladrona de guante blanco, sólo lo sabía ella. Fantasías al fin y al cabo.

   Ella no se creía tan vulnerable como ellos. Pero desde el chiringuito vecino Sofía era tan observada como el resto. Entre unas cortinas que escondían la camilla para masajes del resort, un rostro frío y sereno la contemplaba en silencio. No era por curiosidad, no era por conocer gente, no era por dejar volar los pensamientos. Él sabía lo que quería y la quería a ella. En aquel pequeño espacio no entraba el sol, ni el mar, ni el horizonte, sólo la oscuridad de la desdicha. Oh, pequeña.

Ese momento del día.

  

Castillos en la arena

  image    No hay dos sin tres y después de cuatro días estoy convencida que volveré a Grecia. A la sombra de un castillo milenario que defendió a la cristiandad de los turcos y ayudó a la independencia del pueblo griego contra los otomanos, contemplo una bellísima y tranquila playa donde el espíritu de lo auténtico pasea entre las hamacas e invita a reflexionar. Ante sus firmes murallas desfilaron los nazis en su intento frustrado de conquistar el mundo. No llegarían mucho más allá. Las islas griegas, también su península, son y han sido la puerta de Europa. Paso, pero también freno. Es por ello que estos días en los que el pueblo griego se ha convertido en protagonista de la crisis económica, debiéramos echar una mirada al pasado y pedir respeto a la verdad. Todas las grandes crisis económicas de la historia se han solucionado con guerras que dejaban de nuevo la cuenta a cero. Y volvía a empezar el ciclo. De nosotros dependerá cuánto nos dejamos provocar en una era en la que el poder y la soberanía ya no residen en los estados que antaño conocimos.

Caminos sin salida

    Estoy pensando (decía yo) y es de pensar (añadía mi madre)… si tendrá mi novio con que mear (culminaba mi abuela que no tenía pelos en la lengua). En ese instante aquel pensamiento de mis años juveniles de introversión quedaba en el olvido y se iniciaba una serie seguida de dichos y refranes, siendo la rima la que perdía importancia a la vez que avanzaba la serie. Durante años mi abuela fue perdiendo memoria pero siempre recordaba sus «dichos». Sin embargo llegó el día que los iniciaba decidida y nos miraba buscando en nuestros labios la frase final de los mismos. Entonces comenzamos a preocuparnos. Entró en un camino sin salida y si existía alguna nadie deseábamos que la encontrara.

    Estoy pensando (nada que ver con lo anterior) que…, por llevar la contraria, Grecia allá vamos de nuevo. Concediendo a su gente el beneficio de la duda y deseando disfrutar de todas sus maravillas. Buscaré la cueva de Zeus y el laberinto del Minotauro en Creta, pero también me encontraré a mi misma y espero, es más, deseo y necesito que mi mente vuelva de nuevo a sus caminos sin salida pero llenos de fantasía. La realidad diaria (ni mala ni buena, realidad sin más) los obstruye como roca pesada. Al menos (eso seguro) podré narrar un nuevo viaje. Así que nos vamos encontrando en alguno de esos caminos amig@s. Esperemos salir del laberinto. …;)

El caballero y el amor.

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     Desde que la conoció la evitaba. No la soportaba. No era ella sino lo que todo su ser representaba. De dónde venía y de quién había nacido. Sólo imaginar de quién era hija le producía dolor de estómago. Él quedó maldito, precisamente por su gente. Con todas y las mayores virtudes de un caballero, de un príncipe, pero maldito para sentir. Sin saber qué es amar, qué significa compartir la vida, los deseos, los anhelos, con otra persona. A él todo aquello no le estaba permitido.

     Y por fin podía culpar a alguien. Durante años se había centrado en ser el mejor guerrero, un líder querido pero también respetado. Había pasado por encima de su maldicion con indiferencia, disfrutando del sexo, de un encanto que sabia atraía y provocaba por igual. ¿Qué más daba?. Era consciente que eran muchos los que morían sin conocer el amor, luego no debía ser algo imprescindible en la vida.

      Sin embargo, llegó ella y todo el rencor, toda la rabia contenida, afloró a él con una intensidad de la que el mismo no daba crédito. No podía amar pero podía odiar, o al menos eso así lo sentía. No era de muchas palabras pero había procurado hacerle ver a ella su desdén, su desprecio. La misión había reunido a multitud de representantes de las distintas zonas y pueblos en peligro, juntos contra un mal mayor que sus propias diferencias. Las discusiones y los encontronazos a la semana del viaje eran tales que el sabio mayor les había prohibido a ambos dirigirse la palabra, siquiera mirarse en la medida de lo posible pues perturbaban la paz del grupo y el ánimo de la gente. Debían entender que, les gustara o no, estaban juntos en ese momento.

       Y él lo entendía, pero no podía evitar buscarla. Y ella era capaz de provocarle con solo mirarle, con solo levantar una ceja o torcer con ironía sus labios. Todo su equilibrio, todo su raciocinio, parecían perderse ante la presencia de aquella mujer. Llegó un momento que sintió hasta vergüenza de sí mismo por encontrarse pensando en ella en todo momento cuando debía estar organizando la defensa, planeando algún ataque o buscando alguna pista. Ella siempre estaba allí, en su mente. Y entonces levantaba la mirada y la buscaba. El poder de ella era grande, controlaba importantes aptitudes, sobre todo con la naturaleza y los animales, pero no dominaba la brujería así que era imposible que lo hubiera hechizado. Tanto la observaba que no tardó en percatarse de que no era el único. Sin duda era bella, cautivadora. Había que entender, por tanto, que tuviera admiradores. La deseaban, claro. Enfundada en trajes masculinos que dibujaban sus curvas y con colores tan oscuros que contrastaban con su ondulada melena rubia. Esos ojos azules brillaban con intensidad y destacaban en su tez morena. Los hombres se volvían torpes cuando la tenían delante, la adulaban ridículos y la respetaban. Cuando lo miraban a él esos ojos no brillaban, diría que podían abrasarlo con la misma potencia que unos de los tres soles de primavera.

      Hacía días que uno de los señores del Sur no desplegaba sus tonterías ante ella y por ese motivo él lo vigilaba aún más. Ni él ni los suyos le inspiraban confianza. Entonces se percató, ¿dónde estaba él?. ¿Y dónde estaba ella?. Tiró de su fiel compañero y fueron hacia las tiendas. Los vieron salir por atrás. La llevaba atada, medio desvanecida quizá por alguna droga y al verles puso la daga en el cuello de ella a modo de amenaza. Sabía que, sin ella, la misión no tendría sentido. Y a él se le heló la sangre, no podía perderla. No así. Todo pasó muy rápido, tanto que las décimas de segundo que él tardó en atravesar con su flecha la cabeza del traidor no fueron desperdiciadas por sus compañeros para reducir al resto de los cómplices. Cuando quiso darse cuenta la tenía en brazos, ella tenía sus miembros paralizados por algún motivo pero le miraba sin quemarle, con dulzura, agradecida suponía.  Se fue reponiendo y le susurrró «yo no soy mi madre, yo no soy ellos, yo soy yo y tú no me conoces».  Volvió la calma, llegaron las lamentaciones y los ajustes al grupo. Y él seguía pensando en ella. Estúpido, la deseaba. Deseaba volver a tocarla. Y poseerla, hacerla suya. Creyó perder la cordura.

      Nunca lo había hecho, jamás se lo había planteado ni preguntado a nadie. Una jornada, al alba mientras vigilaba con su leal amigo lo hizo. «¿Qué dirías tú que es el amor?», le preguntó. Y el otro rió tan sonoro que temió despertara al resto. Lo miro sorprendido. «Tú ya lo sabes», le contestó. «Las maldiciones se vuelven contra aquellos que las lanzan. Ella la ha desecho. Amor, amigo mío, es levantarse pensando en una persona y acostarse también con ella en la cabeza. Vamos, una verdadera tortura que va pasando a medida que sacias el deseo que ella te produce. Hay quien aventura que dura toda la vida. Pero no siempre es así. Esperaré a que tú me lo cuentes».

     Entonces era cierto, la amaba.

El recuerdo

    A veces cuando creo que todo es perfecto (me refiero a esos efímeros momentos de plenitud que llegan ocasionalmente a lo largo de un día o quizá una semana…), me percato de que faltas tú. Y esa perfección se disipa. No escucho tus ronquidos (bueno, tu respiración fuerte), no siento tu roce en mi piel, tu lengua sutil (o no tanto), el sonido de tus pasos al recibirme, tu mirada, tan clara, tu cuerpo de puro nervio, esa alegría contagiosa. En definitiva, tu amor.

    Maldita sea, no estás. Sé que no vas a volver y me fastidiará por siempre. Yo te dejé marchar, acariciando tu rostro, pero te dejé marchar. La vida me obligó.

El alma en vilo

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Cuadro de la exposición de fin de año en el claustro de San Francisco (Sorrento- Nápoles)

     Y así estaba, suspendida en el aire, pensando en si llegaría o no ese momento, esa situación que desvelaría el siguiente paso que dar. No quería mostrar una preocupación aparente pero comenzaba a resultarle muy difícil conforme avanzaban los días. Y lo incierto no hacía acto de presencia, no se mostraba, pues podía llegar o no. De ahí su inquietud por conocer el resultado final. Se veía entonces tontamente atrapada, sentíase estúpida por no haber preparado otra alternativa para su fin. ¡Qué incauta!. Las probabilidades de seguir atrapada en aquel claustro aumentaban, así que sin apenas darse cuenta y cuando las monjas no la veían, al llegar el anochecer mientras el sol se ponía tras las arcadas, comenzó a coser las alas. Imitando las de los ángeles del retablo que elevaban a la purísima concepción con el señor, podía hacerlo hasta con los ojos cerrados. Pero las suyas eran mucho más delicadas, la textura de los hilos era tan suave que el tacto evocaba al ave más delicada del firmamento. Su traje de paloma sería blanco como no podía ser de otra manera. No veía el momento de vestirse con aquellas alas. Apenas dormía pues un reloj interno la desperteba al alba, justo antes de que los primeros pájaros trinaran, antes del inicio de sus juegos, cuando el día despertaba y alzaban su vuelo besando al aire, sencillamente viviendo. Ese era su objetivo, por supuesto. Ceñía en esas horas tempranas sus alas cruzando las sujecciones a su cintura, atando sus extremos a sus muñecas, de modo que al levantar los brazos las alas se desplegaran por sí solas. Era prudente, por supuesto, no quería acabar como Ícaro cuando con su padre intentó escapar de la isla de Creta. Ni demasiado alto, ni demasiado bajo, como la vida misma, así debía ser su vuelo.

     Pasaron los días, lo incierto no llegó y sin embargo sus alas estaban listas. Eran tan bonitas, la llenaban de orgullo, eran su tesoro. Nunca tuvo ninguno, tampoco había tenido secretos. Ahora tenía ambas cosas. La altura desde el campanario era precisa. El viento era cómodo, brisa ligera que la ayudaría en su despegue. Jamás desobedeció una orden, jamás mintió, sí ocultó. Ocultó anhelos, sentimientos que ahora brotarían y que nadie lograría entender. La espera tocaba a su fin. Y una vez más, al alba, los pájaros despertaban y desde allí, en lo alto los vió llegar hasta ella. La saludaban, la invitaban a alzar por fin sus alas y volar juntos. No los hizo esperar ni un solo instante. Así fugaz, como el tiempo, pudo ser feliz.

Esa calle que respira…

          Hacía tanto tiempo que no visitaba el barrio que, al girar la esquina y contemplar el inicio de la calle, se quedó estupefacta. La calle escupía vitalidad.  Apenas podía ver su final. Seguía siendo una arteria principal de la ciudad, antigua, vieja, pero todavía relevante. Inmigrantes y gente de toda la vida le imprimían ese carácter auténtico. Pudo comprobar que las más importantes franquicias tenían sede en la vía, peatonal por fuerza. Entre empujones y escrupuloso análisis de carteles comenzó a sentirse de nuevo en casa. Habían pasado más de treinta años pero todavía podía verse correteando tras sus primos, entrar en el mercado saludando (de niña era más simpática) tras su madre, acompañar al estanco a su padre… Incluso pasó por el lugar donde escuchó la palabra «puta» por primera vez en su vida. Ella desconocía su significado, sólo había defendido a su primo de otro niño que quería arrebatarle su juguete de soltar burbujas, pero por el tono de la palabra en cuestión se consideró altamente ofendida. Y ahí estaba, ahora había una floristería donde antaño era la mejor pastelería que conoció jamás. Recordar aquellas palmeras de chocolates, esas brevas (que sólo le permitían tomar en los paseos del domingo), casi podía volver a saborearlas. Lástima, por un momento creyó que podía volver a probarlas. En el fondo había acudido a hacer un recado tonto y se estaba deseando llevar por absurdos recuerdos. Pero era un hecho que aquel paseo le estaba inyectando una buena dosis de ánimo. La calle palpitaba por sí misma, las ventanas de los edificios respiraban y la gente interactuaba con todo ese entorno de tal forma que cualquiera que pasaba por allí debería integrarse o morir.

El reportaje inconsciente.

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Intensidad, sin duda, es lo que más llamó su atención al ver las fotos.
Intensidad de lo vivido, de lo sentido, de lo amado en todo este año. Fue un año duro, desilusiones, frustraciones y despedidas. Difíciles despedidas. En aquellas fotos estaba su lucha, inconsciente pero evidente. La vida seguía y ellos así lo habían ido reflejando. Aquellos libros eran un resumen de todo lo acontecido, el diario de sus vidas desde el minuto uno. Y había alegría, había emociones, un ejemplo de saber vivir sin desaprovechar ni un sólo instante de esta efímera existencia. Al verlas, una a una, asumió aquella curiosa evidencia que era suya aunque hasta ese momento no lo había visto así. Y dio gracias a Dios, se paseó por un instante por todas la iglesias católicas, anglicanas, protestantes, templos hindúes y mezquitas que había visitado, a lo largo de su vida, en sus viajes. En todas estaba la presencia de ese ser superior al que debía, como humana, agradecer el haberle otorgado la suficiente lucidez como para apreciar el paso de los días, el transcurso de los minutos, las horas, el deterioro de su propia piel, los efectos del cansancio de su cuerpo. Sentirse anciana, sin serlo. Y por todo ello, vivir, vivir y vivir. Agradeció tener montones de aquellos libros de fotos que no eran otra cosa que el reflejo de su vida. Lamentó entonces que su abuela tirara todas fotografías de la suya. ¿Por qué lo había hecho?. ¿Por qué borrar su recuerdo para ella y para los que la sucedían?. Le angustiaba pensar que era arrepentimiento o vergüenza, no tenía otro sentido. Salvo que el sentido fuera otro,… no ver lo que ella veía ahora en los suyos, ese paso del tiempo. Y por tanto negar ese hecho con la destrucción material, que no real. Negar lo que venía, el paso a otro estado no deseado en el que, desde luego su abuela, no creía. Estaba segura que no era por olvidar u ocultar, sino por frenar esa evidencia temporal. Ambas entonces se agarraban a la vida, pero lo hacían de forma distinta sin duda. A veces, ella incluso tenía la impresión de acelerarla, de ir por delante. Quizá unos veinte minutos antes de la hora que señalara cualquier reloj. Antes, ella ya había llegado. Se sintió orgullosa de su ventaja y decidió seguir aprovechándola.

EL TEMPLO

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Y de repente se ve de nuevo entrando en el Templo de los monos de Jaipur. En esta ocasión sin la compañía de su pareja, pero en las mismas condiciones. Vuelve a esconderse el sol y el guía apremia a que entre antes de que la noche se apodere de la jornada. Titubeante, como aquella vez, pasa junto a la vaca que bloquea la entrada vigilante y traspasa la verja.

La naturaleza gana, día a día, la batalla a ese viejo recinto sagrado y se apodera de los antiguos edificios donde la humedad ha hecho perder la intensidad de sus colores. Pasea solo buscando alguna cara amable entre los habitantes vestidos de telas naranjas. Esas personas extrañas que cuentan se retiran a esos edificios salvajes a meditar pero que sabe saldrán a pedirle dinero por una foto o por entrar a cualquier estancia. Y entonces se percata que no lleva cámara, ni móvil, ni dinero, ni cartera, ni siquiera bolsillos. Camina, como el resto, con unos pantalones holgados y una camisa de color naranja. Ligero, camina ligero. Comienza a ver los primeros monos. Se asoman entre arcadas lanzando pequeños gritos que parecen burlarle. Es consciente de que ningún falso budista aparecerá por allí. También sabe que el guía le ha dejado allí, abandonado. Y sabe que no podrá volver a Jaipur solo en la noche. Empieza a tener frío e intenta serenarse. Ese lugar, ese templo, va a ser ahora su casa.

La celda asemejaba una de esas estancias sin sentido del templo. Sin sentido porque eran tan pequeñas que él nunca les encontró una clara utilidad. Pero debían tenerla y quizá era la misma utilidad que le daba él a la celda. Pensar. Sentarse allí y sentir pasar las horas del día, una tras otra sin nada mejor que hacer que meditar sobre lo acontecido a lo largo de su vida. Las causas, las consecuencias, los errores, la probabilidad de un cambio, de esperar algo  mejor.

Casi sentía vergüenza de sentirse tan sereno. Habían pasado tres meses ya y cada día se encontraba más tranquilo, más seguro de sí mismo. Y es que resultaba verdaderamente vergonzoso sentirse bien en la cárcel. Allí nada tenía. Había recuperado su libertad en vez de perderla. El supuesto castigo se había tornado en extraña bendición.

Jamás había tenido tanto tiempo para sí mismo ni para pensar. Su existencia siempre había transcurrido como un huracán de acontecimientos precipitados, uno tras otro, desde la infancia. Sólo los viajes le aplacaban el ánimo. Ver otros lugares, otras personas y otras culturas. Por ello, servía locuazmente a su trabajo como un esclavo durante todo el año para permitirse esa evasión vacacional.

Y de repente el tiempo se había detenido. Mientras todo el proceso judicial sí había resultado un calvario, incluso podía afirmar que había sido la verdadera condena, por fin la ejecución de su pena, lo tan temido, era un bálsamo de serenidad.

Y uno a uno había ascendido los peldaños del templo, rodeado por cientos de monos que, como los presos, contemplaban y algunos amenazaban en silencio, pero permitían el acceso. Un templo al que todo el mundo tenía derecho a entrar e incluso, en algunos casos, como sería el suyo, derecho a salir. Sin embargo ya no sería la misma persona. Ahora era alguien más fuerte, más sabio, sin miedos, sin vacilaciones. Nunca más un puñetazo tembloroso al aire.

Era cierto que había discutido con aquel hombre. Y más cierto que se había enfurecido. Mucho más cierto que le hizo perder los nervios. Le seguía pareciendo la peor de las personas ya que, era evidente, podía llevar al límite a cualquiera y sabía como hacerlo. Jugó con él. Pero bien cierto era también que él y sólo él fue quien agredió físicamente al otro. Ni siquiera fue un empujón o un puñetazo certero. Su mano había quedado en el aire. El muy estúpido perdió el equilibrio al intentar esquivarle y cayó. Pero cayó muy mal, tan mal que perdió un ojo. Cada miembro del cuerpo tiene un coste, una indemnización y una pena. Todo es valorable. Y ahora él cumplía con esa valoración. Allí en su particular templo de los monos.

Sí, la sensación era parecida. Tumbarse en la cama e imaginar el cielo estrellado sobre ella al tiempo que el lecho se elevaba con él en el aire. Y empezar a volar. Sí, una vez tumbado en la cama todo era posible. No había lugar al que no pudiera viajar. No era necesario que fuera dentro del mismo planeta. Existían mundos paralelos increíbles donde poder pasar las horas. Se alimentaban de fábulas, libros, historias, de sus propias fantasías y sobre todo de su soledad. No había peor sensación que descender de la cama, volver a la realidad y tener la certeza de que esa felicidad soñada estaba allí, no “aquí”, en el templo.

Volvió a contemplar las láminas del libro de arte, aquellas que le habían hecho volar. Los grabados de Piranesi le habían fascinado. Él con un libro de arte, sonaba tan ridículo, sin embargo era una de las cosas “extrañas” que sucedían en el templo. Giovanni Battista Piranesi era un personaje curioso de la historia del arte. Mientras todos los de su tiempo se dedicaban a copiar y reproducir fielmente las antiguas ruinas griegas y romanas, Piranesi se dedicaba a fantasear con ellas. En una época en que la razón, como tal, comenzaba a influir en los personajes más relevantes de la sociedad, empezaron también las preocupaciones por mejorar la salubridad e higiene de las personas y de los lugares que ocupaban esas personas. Ya en el siglo XVIII preocupaba también la salud moral. Por ello comenzaba a pensarse que la situación de las cárceles no era la más adecuada para regenerar la moral de aquellos que, por desvíos en su conducta, habían acabado allí. Y Piranesi dedicó una tirada completa de grabados a las cárceles. Desconocía si este artista había estado encarcelado alguna vez, pero lo que estaba claro es que había sido una persona que no rehuía los problemas de la gente. Sus invenciones de caprichos de cárceles eran un canto a la libertad. Hoy cualquier parecido con la realidad era mera coincidencia. Pero aquellas imágenes eran fabulosas. Cualquiera hubiera delinquido a posta sólo por habitar durante algún tiempo envuelto por esa arquitectura de fantasía. Sintió que, cientos de años atrás, Piranesi (como había hecho él forzado por las circunstancias) había creado sus propios templos. Templos que sanaban la moral de los hombres perdidos, sin control. Pero,… ¿y qué sería de la sociedad sin aquellos hombres?. ¿No eran acaso parte imprescindible de la misma?. Sí, filosofar sobre la vida y sus misterios era otra de las cosas “extrañas” que sucedían en el templo.

El templo eran sensaciones y sentimientos. Era el tiempo para él, cual sacerdote budista, sin más distracción que encaminar su espíritu a lo correcto. Sabía que si no lo aprovechaba se perdería de nuevo, pero él no. Al salir le devolvieron sus zapatos como ocurrió en Jaipur y también en Agra o Delhi. Y era cierto que eran sus zapatos. Pero esta vez los llevaría por un camino diferente y sería el bueno, siempre y sólo bajo su criterio, pues era ya un superviviente de la naturaleza. Lo demás se le antojaba minúsculo en una perspectiva amplia e infinita de posibilidades.

Y SI ESCRIBO DE TODO, ¿POR QUÉ NO A TI?

                Cuando te conocí cabías en la palma de mi mano. Aunque era evidente que, en poco tiempo, no sería tan fácil cogerte en brazos entonces lo supe. Tú serías mío y yo tuya. Se había creado un vínculo de esos que pocas veces en la vida tienen lugar. Un vínculo que no se romperá jamás. A punto de cumplir doce años y llegado el final, constato que todo tu ser, toda tu esencia queda grabada en mi alma y por tanto seguiremos juntos más y más allá. Aquel que no ha tenido animales, aquel que no tiene siquiera el más mínimo conocimiento del valor de la naturaleza que el ser humano se empeña día a día en destrozar, no lo entenderá nunca. Mísero él.

                Ya llevo un par de años soñando mundos de fantasía. Algunos mundos tales como que mis sobrin@s más pequeñ@s (y sólo ellos obviamente por su más pura inocencia) trasladan a la familia a un planeta paralelo. Allí necesitan la ayuda de los humanos y sólo una vez cada muchos años son capaces de crear canales de comunicación espacial-temporal, canales que sólo pueden captar los niños.. Pero, como en todos mundos, hay malos y buenos (verdadera tierra media). Tenemos que luchar contra los malos pero antes de desconectar esa comunicación se nos permite llamar a quien creamos que más puede ayudarnos. Y mis sobris llaman a sus padres, que son mis primos, y ellos también a mí y yo te llamo a ti que eres mi familia. Porque, ¿cómo avanzaría sin ti?. Y en ese momento tú llamas a la tuya, Senda y vuestros seis hijos, también tu hermano adoptivo Hachi. Sois una poderosa y fuerte manada. Descubrimos que podemos comunicarnos mentalmente, bueno, prácticamente como solemos hacerlo… Nos ayudáis a matar a ese horrible ser que amenaza nuestra vida y el equilibrio de ese nuevo mundo. Caes herido junto al ser que sangra formando un río a tu alrededor y sin querer bebes de esa sangre. Me angustio y te abrazo, tan atada a ti que no me percato que ya no estamos solos. Un enano impertinente grita que el perro ha bebido la sangre del ser. Y una voz sabia nos inunda, “ahora es inmortal, sólo morirá cuando él decida”. Te noto recobrar las fuerzas, el vigor y sé que estarás conmigo hasta el final.

                Pero claro, los sueños, sueños son.

                Hoy te has despedido de nosotros. Poco a poco, sin molestar, como tú sabes. Lloro a ratos (lo hago desde enero) pero no hay recuerdo tuyo que no me evoque una sonrisa. Precisamente tú que no nos has dejado derramar ni una lágrima en todos estos años (siquiera visualizando un dramón de película). Porque….zas, ahí estaban tus treinta y cinco kilos acompañados de profundos lametones. Siempre vigilando que nadie estuviera triste o solo. Esas excursiones con las amigas en las que ni una se podía parar a hablar por teléfono. No se podía separar el grupo. Esos paseos por el parque en que ibas, de lado a lado, para que no se extraviaran ni Marcos ni María. Que ningún otro perro se acercara a ellos. Tirarte al cuello de aquel perro que había mordido a una niña en el parque. Esa vigilancia intensiva de pretendientes idóneos como pareja. Tus locuras, perder la cabeza por cualquier alimento que no fuera fruta. Dispersar las ovejas de los rebaños mientras el perro del pastor se esforzaba en reunirlas. Saltar acequias creyendo que poseías alas. Sí, descubrir que las cigüeñas sí volaban y se te escapaban. Descubrir que el agua del mar no es potable, reincidir y vomitar. Hacer pozos en la arena hasta entrar lo suficiente como para rebozarte de cabeza cual croqueta. Preguntarte, una y otra vez, por qué las “pelotas” de nieve desaparecían ante ti, ¡si tú las atrapabas!. Observar a los ciervos de la ciudadela de Jaca desde el borde mismo del precipicio mientras todos los transeúntes te llamaban y tú ignorarlos. Mear en una farola con los cables al aire y recibir una descarga que sí te hizo volar un metro atrás. Creer que tu misión en ríos y pozas era sacar de ellos todas las piedras del fondo. No dejar que nadie se acercara a nosotras mientras hacíamos top-less. Hacer equipo con el abuelo cuando se jubiló y ayudarle con tus paseos a bajar el azúcar. Pasear con la yaya hasta la churrería y presionar visualmente al churrero hasta que entendiera que, aparte de la docena  habitual, debía darte un churro a ti de propina. ¡Y salirte con la tuya!. Adornar con tus pelos toda mi vestimenta diaria. Meterte entre las piernas de los que subían en el ascensor con nosotros. Enseñar y transmitir toda tu sabiduría a Hachi siempre dejándole claro que él come, solo y únicamente, cuando tú estés saciado. Sabiduría como nunca perder una pelea. Ligar con todas las perras (quieran ellas o no). Todo terreno en el que mees  es tuyo y cualquiera que pase por él nos debe pleitesía. Porque tú eras y serás el dragón y él el lobo-huargo, el heredero. No quejarte jamás. Y sobre todo disfrutar la vida cada instante, cada segundo, al límite. Vivir el momento y querernos, y querernos. Y querernos. Conquistar todos los corazones, hasta los más reacios. Te adoro.

                Te unes a más de un ángel que sé me cuidan y esperan al otro lado. Aquí nadie va a olvidarte jamás. Sé que prepararás y marcarás el nuevo territorio sólo como tú sabes. Has sido el mejor perro, pero mucho más, el mejor y más fiel compañero que tendré jamás. Nos veremos, antes o después, porque aquí nadie se queda. Seguiremos comunicándonos sin problema, incluso separados temporalmente hasta el reencuentro,  porque nuestro vínculo no se puede romper. No se ha roto.

                Alguien te vio hoy como en esta foto. Hoy te hemos vuelto a ver volar.

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Thinking Nápoles…

Al final de la meditación había logrado ver el universo dentro de mi propio cerebro. Era negro, lo más oscuro que había visto jamás. De vez en cuando aparecía un punto fugaz e igualmente fugaz brillaba. Suponía las estrellas de aquel universo o quizá mis poco frecuentes ideas. Iban y venían. Intenté con persistencia que desaparecieran del todo. Quería ser engullida en la total masa negra. Fue en ese instante cuando volví a trasladarme a la Nápoles subterránea que había conocido el último fin de año.

Túneles y más túneles bajo la tierra. Acueductos monumentales entre los cimientos de una ciudad milenaria. Habían traído el agua desde las montañas a la colonia griega, también a la romana. Perfeccionados por los aragoneses para poder ganar altura en sus edificios ya que no querían ampliar la muralla y la población no cabía entre sus muros. Piedra que guardaba miles de secretos e historias, entre sus grafiti y mensajes encriptados. Refugio durante la segunda guerra mundial para la ciudad más bombardeada de la contienda. Y entre todos aquellos pasadizos yo había paseado, encogiendo el ombligo, atenta a sus rincones, a sus historias y a sus sensaciones. Podía recordar todavía la impresión causada en el grupo cuando el guía decidió apagar toda la iluminación de las cuevas. Y se hizo el silencio. Y se hizo la oscuridad. Y todos quedamos engullidos en la nada. Tan sutil que podías oír latir tu corazón. Los sentidos  se agudizaban hasta detener el tiempo en un espacio atemporal. No hacía frío, tampoco calor. Sin espacio, sin tiempo, sin luz, sin sonido, sin vida…, la nada. Las almas vagaban a nuestro alrededor y te susurraban sus secretos y su sabiduría.

Arriba, en la superficie, soportaba Nápoles un frío gélido, extraño (muchos no recordaban ver nieve sobre el Vesubio desde hacía años). Pero no importaba, la vida te explotaba en el rostro como un globo reventado con ansia por un niño. Se paseaba, se visitaban exposiciones, se compraba, se vendía, se comía, se regateaba al volante o como peatón, se lanzaban petardos, se iba de concierto, se disfrutaba en extremo del momento, en definitiva, se vivía con intensidad. Como no podía ser de otra manera en un lugar como aquel los pensamientos se desbordan, la mente se enriquece y las piernas andan solas hasta la colina con mejor vista de una bahía irrepetible. Y la oscuridad torna en luz, la luz en agua y todo fluye cual sabiduría eterna.

Sin duda tu existencia merece más de una poesía, pero conservo esta y mis recuerdos.

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Anhelos de un joven Werther contemporáneo:

En estas que andaba yo en uno de esos paseos matutinos que no siempre tengo la fortuna de realizar. Aproximadamente las ocho y cuarto de la mañana, entre vendaval de cierzo y pensamientos sin sentido que se intentan poner en orden dentro de una música de fondo poco acorde con los mismos (leve intento de no quedarme antigua con las tendencias actuales). Ajustándome los cascos dentro del gorro, al mismo tiempo que sujetaba el bolso, me encaminaba decidida a cruzar por el anillo verde cuando antes de llegar al mismo, en la peatonal por la que suelo acceder, me encuentro la acera pintada con spray blanco y el siguiente mensaje:

«Este amor no se acabará nunca. Tu recuerdo vive en mí. A pesar de la distancia te sigo queriendo a ti Peluchita, 28/05/2014».

Atravieso el mensaje, es más, lo pisoteo. ¿Lo he leído bien?. No, no. Vuelvo sobre mis pasos y lo leo con más detenimiento. Vuelvo a pisotearlo y sigo mi camino. Pero el paseo cambia, pese a no variar mis pasos. Los pensamientos han cambiado. Nuestro día también es el 28. ¿Quién será Peluchita?. ¿Vivirá muy lejos?. Han pasado ocho meses por lo que contabilizo. ¿Será este un amor correspondido?. ¿Se acordará ella de su amado en la distancia o andará embelesando a otro caballero?. Oh sí, es tan de otra época. Un joven Werther contemporáneo. Ciertamente no parece que hoy se estilen mucho. Parece que cueste horrores decir «te quiero». Te quiero, te quiero…. Cierto es que hay que ser comedidos o el amad@ saldrá corriendo. El amor pesa, no es ligero. De poco en poco y manteniendo. Lo poco gusta, lo mucho cansa, bla, bla, bla…
Tanto me impresionó la declaración de Peluchito que volví por la noche con el perro a hacer la foto que adjunto. Quería contemplar los trazos una ultima vez antes de que la manguera de los de la limpieza (que se acordarían de toda la familia de Peluchita no para bien) los borrara para siempre. Oh Werther-Peluchito sufre en la distancia. Si bien, espero que no tenga el mismo final que el del siglo XVIII. Y desde entonces los ecos del romanticismo nos acompañan, pese a quien pese, entre tanto estilo innovador. Porque el hombre también llora, también se estremece, es sensible al presente y al sufrimiento. Y las lágrimas demuestran su pureza de corazón.
Y al final el que no lo suelta no descansa. O, lo que es lo mismo, el que no arriesga no gana. Bravo Peluchito que aprovechó su oportunidad mientras que tantos otros, acogidos al miedo, la cobardía o a la chulería (todo es valido) son incapaces de vivir el momento aferrados a tanta racionalidad absurda. ¡Viva el triunfo de lo espontáneo y de la naturaleza!. Sublime aquel que, sin dañar ni ofender a nadie, rompe los límites de la percepción habitual de los sujetos. Sólo ese sentimiento, Peluchito, será infinito. Y lo será hasta el fin de tus días, aunque no la vuelvas a ver jamás.

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Mi yoga.

Aire. Dentro, fuera, aire. Ladridos, pasos, aire. Zumbido de abeja, de mosca, de moscardón, de mosquitos. Siseo de araña. Repta la babosa, salta la rana. Aire, respiro, vida. Naturaleza. Tierra. La rompe el sonido del tren. Camino, avanzo entre las rocas, piso las hojas caídas. Siento el viento, siento la vida. Gotas de agua caen, suenan, vida. La gruta, mi interior, la oscuridad. Aire, luz, agua. Siento el calor, la vida. La roca erosionada de siglos forma la media luna y el océano se retira para que sienta el agua y la tierra. Me hundo en la arena, en la tierra, nazco y muero. Donde todo empieza y acaba. El zumbido quiere despertarme. Vivo en esa tierra. La naturaleza lucha por sobrevivir a mi presencia. Lucha con los hombres, conmigo, contigo. La siento. Las plantas de mis pies abiertas en contacto con la tierra. El sol en mi rostro. El viento moviendo mi pelo. Bebiendo ese agua. Está dentro, soy parte de ella. Debería saberlo, no soy más que eso. Como la vaca, la abeja, el perro o la rana. Para ella no soy más. Sólo destaco por mi destrucción. Cierro los ojos, conecto con ella. La siento y vivo. Desato mi cuerpo.

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La razón

Era la tercera noche que se veía subiendo aquellas escaleras. Oscuras, vertiginosas, sin fin. En el sueño tenía al menos ochenta años y sentía crujir cada uno de sus huesos. Avanzar cada escalón exigía dolorosos movimientos de rodillas que apenas podía coordinar con el deslizamiento de sus engarrotados dedos por la barandilla. Pero… ¿Por qué subía?. La única luz que vislumbraba procedía de abajo. Sin embargo, él subía y subía sin mirar atrás adentrándose más y más en aquella escalofriante oscuridad.
Lo que más le angustiaba de esos sueños que, se repetían unas dos veces por semana, era el silencio. El silencio podía ser más apabullante que cualquier criatura fantástica. Más incluso que el mismo demonio que quizá, sólo quizá, se ocultaba tras él. En aquel sepulcral silencio lo único que distinguía eran sus jadeantes suspiros, su clara insuficiencia respiratoria. Le abordaba el temor a exhalar su último aliento sin llegar al final de la escalera, su objetivo.
Todos aquellos temores nocturnos se convertían en auténtica inspiración al llegar al día . Su pincel, cubierto de tintas frías y dramáticas, daba vida a variados personajes que habitaban en un mundo fascinante y horrible. Su mundo terrorífico y nocturno se convertía así en el romanticismo más puro. Sabía que lo alimentaba de la literatura más pertubadora y Lady Macbeth aparecía con su puñales de maldad y los ojos de la razón perdida en búsqueda de la mortalidad más famosa. Y la veía comprobar como esas hojas afiladas se dirigían hacia ella, sin poder controlar el giro de sus muñecas, ella era el destino desgarrado. Era su conciencia quién se había apoderado del cuerpo de la frágil dama consumida por sus delirios. Porque el sueño de la razón produce monstruos. Eso decía el maestro pintor más grande de España llegando sus ecos hasta Inglaterra y no le faltaba a Goya esa razón de la que, sin embargo, llegaría conscientemente a prescindir. Füssili mirando su paleta comprobó que llevaba el mismo camino.

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El capricho de unas damas.

Aprovecho para decir que… Sí, los días pasan, pasan y pasan. Yo también me doy cuenta.
Os dejo un relato a colación de la fabulosa exposición del Greco en este año del IV Centenario de la muerte del pintor. Algo es algo. Y siempre quedará Toledo.
El capricho de unas damas

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Fuerteventura

Se acabó lo que se daba. Una viñeta del bitstrips resume este pensamiento. Conseguimos con este viaje lo que tanto ansiábamos (la desconexión) pero todo tiene un final. Y lamentablemente siempre llega. Tras mucho viaje turístico necesitábamos uno que sólo implicara descansar. Como yo predecía «estar en posición horizontal toda la semana». Pero fuimos buenos chicos, alguno se fue a correr y la menda a andar una hora todos los días para compensar de alguna manera ese tentador buffet. He de decir que no se ha compensado y la goma del pantalón aprieta más de lo debido.
El tiempo, como el viento, nos respetó y al contrario de lo previsto nos dio días soleados excepto uno nublado para que la piel respirara de nuevo. Vimos playas paradisíacas en paisajes lunares, escuchamos cien conversaciones en idiomas que no entendimos, le dimos al vino blanco afrutado y estudiamos barroco. Las horas pasaban volando y los días las seguían. Deteníamos el reloj para mirarnos, sonreírnos y querernos. Querernos mucho.
Y se meditaba. Y se pensaba. La mente, como el tiempo, no se detiene jamás. Y mucho menos si es femenina. Es ponerme mis zapas indias y mis pantalones hippies y los pensamientos vuelan solos. Ah, pero me los guardo que este blog empieza a leerlo mucha gente…;);););)
En definitiva para nosotros la isla merece la pena si sabes a lo que te enfrentas y es lo que quieres. Allí no hay nada, nos decían. Eso es un secarral. Es sólo para surferos. Cada persona tiene su lugar en el mundo y también lo tiene en esta isla, pero hay que saber encontrarlo. Yo fui a Fuerteventura a no hacer nada, nada. La nada, ese agujero negro maravilloso que tiene un mundo dentro. Y por eso, en la nada, hice mucho. Surfeé sobre mis propias olas de incertidumbre hasta ver la luz de la decisión. Y no me tambaleé pese a mi probada torpeza de equilibrio. Paseé entre dunas y extraña biosfera de la que surgían ardillas. Alimenté a gatos que debían estar a dieta. Y entre el absurdo de los hechos surgía la verdad más escondida, la que no puedes controlar aunque te esfuerces. Cuando me marché de allí, de la nada y también del hotel que alojó mi viaje lunar sonaba una canción de Michael Jackson. Esas casualidades misteriosamente simbólicas. Por unos instantes volví a ser adolescente, pero no, ya no es así. Y para bien, o para mal, lo es.

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Sepulcros

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Leyendo y leyendo a veces una se queda con los sesos agua. Esto es así sólo por una razón y es que ya me lo decía mi abuela. Hay otra más poderosa y es que, en definitiva, no se puede llegar a entender todo. Y en esas estaba, ampliando mis conocimientos de escultura barroca fuera de Italia y España. En un manual bastante mediocre, hablando de los sepulcros franceses, se comenta que éstos no caen en exageraciones dramáticas como ocurre en Inglaterra. Sin embargo, posteriormente hablando de los sepulcros ingleses dice que conducen a la exaltación humanista del difunto por lo que no suelen ser demasiado dramáticos. Entonces … ¿Hay unos más dramáticos que otros? ¿En ambos países son poco dramáticos?…
Y por otro lado, con el fondo del asunto entre ceja y ceja, ¿existe un sepulcro que no sea dramático?. Porque lo que es evidente es que, sin muerto, no hay sepulcro, ni tumba, ni jardín de cenizas que valga. Sepulcro igual a muerte. ¿Quién se quiere morir?. El que lo desee sin más no tiene, desde luego, una mente muy equilibrada.
Por otro lado está la fe, esa que desde siempre nos conduce a una muerte serena. Sea la fe del Samurai, la de los antiguos egipcios, la de los mártires cristianos o la de cualquiera que, a día de hoy, confía en que estamos aquí de paso. Bien, sólo la tumba de estos «creyentes» de diversos signos puede no ser dramática por esperada y deseada. El resto miente y su sepulcro es una pura petición de socorro, hasta el del monarca con el panteón mas bello. Oh qué lujo de tumba, qué bella lápida, qué materiales preciosos, qué interesante recuerdo del que se creía estar por encima de los demás. ¡Estás muerto chaval!. Y ahora eres un espectáculo para el resto de la humanidad. Gracias por esa concesión.

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El abismo

Le daba miedo bajar. La pendiente era enorme para él. Estaba seguro que no era así en la realidad, que sólo existía una leve inclinación. Sin embargo, para él asemejaba la bajada a la laguna Estigia. Pero si Caronte cruzaba por ella, con las almas de los muertos a cualquier hora, qué no podría hacer él. Tal vez le faltaba esa razón de peso. Y es que no le iba la vida en ello. Bajar o no. Descender a ese nivel o no descender, esa era la cuestión. En esta absurda existencia ya nadie se mueve a cambio de nada.

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Brussels

Empezar el año fuera de tu casa y más de tu país tiene cierto encanto. Volar, volar, acontecimientos pasados y futuros, volar. Ver la cara de la gente cuando sacas tu puñado de doce uvas en una plaza extraña y cosmopolita no tiene precio, aunque el comportamiento ante la festividad no varía mucho de un lugar a otro del mundo. Deseos y más deseos, volar… Este año he cambiado el hábito, no pedir nada significa recibir siempre algo. Rodeada de tanta gente contemplando esas maravillas arquitectónicas llenas de tanta, tanta historia hace volar la imaginación.
Si fuera rica (cual cuento de la vaca lechera) me gustaría pasar unos cuatro meses (periodo medio) en un ciudad distinta. Alquilar un apartamento bucólico pero viejo y ver qué podía escribir en él, qué me inspiraba cada ciudad. Pasear por sus calles y descubrir los misterios y leyendas de cada rincón. Ser capaz de descubrir quién tiene la tabla robada del políptico del cordero místico. O, de lo contrario, inventar una historia sobre su posible paradero que fascinara a algún editor. Bah, quizá muy visto ya. Así que… Por ahora no.
Sin embargo, a alguien tal vez interese saber a la velocidad a la que circulan los carros de caballos por Brujas, veloces como rayos. Me pregunto si el turista de turno es capaz de ver la ciudad y sacar la foto del monumento al mismo tiempo que bota en el carruaje. Tal vez a alguien interese saber que en diciembre hace aquí mejor tiempo que en España, nos tienen engañados con eso del… norte de Europa. Ante todo lo más importante para cualquier potencial visitante a Bruselas es este consejo: no pierda una hora de su tiempo haciendo fila para probar las patatas de Antoine. Sí, esas que dicen son las mejores de la ciudad y que nadie se debe perder. Por el amor de Dios, patatas fritas normales con bastante resaca a freidora con aceite gastado. En cambio, aunque no le guste la cerveza, no se resista a probarlas, todas y de distintos sabores, cereza, melocotón… Eso sí es algo que no encontrará a la vuelta. Y los gofres sin añadidos, no gaste más de dos euros. Los mejillones como en Francia, acompañados de nuevo con más y absurdas patatas fritas. No es de extrañar que adoren nuestra cocina. Y nuestros mejillones ni punto de comparación. Pero donde fueres haz lo que vieres y… Juzga. Foto al Manneken, a la Janneken, al atomium y a disfrutar la ciudad del parlamento europeo.
Pero, sin duda, en Bélgica hay mucho más. Hay historia, borgoñesa, española, austriaca y muchos periodos más hasta llegar a su ansiada independencia. Y donde hay historia, hay arte y por tanto fantasía. Y lo hay allá donde uno quiera dejarse llevar. Puede ser una calle antigua en la que dibujes aquel Flandes pero también una exquisita farmacia o una pastelería. Y sobre todo la hay en las iglesias, testigos mudos de tanto cambio social y de tanta sabiduría. Y de tanto secreto. Entre sus pilares y sus bóvedas, en las criptas y en las capillas. Las que ves y las que no ves. Y en sus museos donde cada cuadro esconde una verdad no revelada y distinta para cada espectador. Pregúntale a Magritte.

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El tejo y el olivo

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De nuestra última visita a Cantabria debo destacar Lebeña. No esperábamos encontrar a nadie, pero ahí estaba ella soportando el frío y la soledad, la «custodiadora» del tesoro. Y es que en sí misma, la Iglesia mozárabe de Lebeña es un tesoro que arrastra historias muy bonitas. Y más si vienen contadas por su encantadora vigía que, con tanta pasión, las revive para sus visitantes.
Dicen que allá por el año 925 quiso el Conde de Liébana Don Alfonso fundar esta Iglesia para custodiar los restos de Santo Toribio. En aquella época una iglesia no era nada sin, al menos, alguna reliquia significativa. Pero los frailes que los conservaban en el monasterio no estaban dispuestos a prescindir de los restos del santo así que, con cincuenta hombres de apoyo, decidió el conde ir a robarlos para su nueva iglesia. Pero en nada quedó aquella aventura ya que, iluminado por la gracia de Dios, algo le hizo desistir y a día de hoy todavía se conserva la carta que escribió a los frailes implorando su perdón por la atrevida afrenta.
Poco imaginaba el conde que, pese a no contar con reliquia alguna, su iglesia quedaría de igual modo en la memoria de un pueblo y como un tesoro del arte mozárabe y naciente románico. Pues en ella se vieron los primeros arcos mozárabes, con forma de herradura, tras los lógicos avances de la reconquista y su espacio interior con un juego de alturas exquisito quedó bellamente dibujado. Y aunque sin reliquia, a la iglesia quedo unida la historia del conde, su propia vida. Un conde del norte que se había casado con Doña Justa, una dama del sur. Ella añoraba su tierra por lo que él, para su consuelo, decidió plantar un olivo (árbol del sur y atípico de aquella zona) junto a la bella iglesia. Don Alfonso tenía ya su tejo luciendo con orgullo junto a la misma y ahora ambos contemplarían el paso del tiempo y de la historia juntos.
El tejo y el olivo han permanecido durante siglos junto a Santa María de Lebeña, cuidados y mimados por los habitantes del municipio. Estos habitantes no han dejado de gozar y de sufrir con su monumento. El tejo y el olivo vieron llegar, en el siglo XV, una exquisita talla de la virgen que venía para quedarse. Sin embargo esta talla fue objeto de un robo en 1.993 que ocupó algún espacio en los noticiarios, pero sobre todo ocupó las lágrimas de sus lugareños. La virgen se había perdido. Gracias a dios, la guardia civil la recuperó años más tarde en un chalet de Alicante. Sobran los comentarios ante el expolio.
Disfrutando aun estaban todos del reencuentro con la virgen cuando, en 2.007, una terrible y fatídica tormenta fue a dar con uno de sus rayos al tejo del Conde Don Alfonso dejando desvalido al pobre olivo. Tal y como la «custodiadora» nos contó mientras unos lloraban sin remedio esta pérdida, otro lugareño decidió, pese al disgusto, intentar poner remedio y recogiendo uno de los brotes del tejo volvió a replantarlo. De esta forma, el tejo volverá un día junto al olivo, junto a la virgen y junto a su iglesia. Y seguirán en la historia y memoria de mucha gente a la espera de nuevas y si es posible menos accidentadas historias.

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EXTRAÑA VENTANA

No hay nada como detenerse una mañana en una cafetería extraña de una calle extraña a tomar un cortado. Sentarse en una mesa apartada y contemplar el mundo dentro del local y el que se vislumbra tras sus ventanas. Es una forma, también extraña, de recogimiento interior pero hacia fuera. Es decir, con tus pensamientos pero observando a personas extrañas que exhiben, de alguna manera, su vida ante ti. No resulta pues extraño que tantos literatos de tiempos pasados y también recientes encuentren inspiración a sus obras en los cafés de sus barrios.
Pero este no es mi barrio, aunque un tiempo lo fue. Por lo cual podría ser yo la que conversará alegremente con la china que trabaja de camarera. La invasión del oriental, mundo exterior en recinto interior. Pudiera ser un familiar mío el que se estuviera dejando los cuartos y parte de su vida (aunque él no sea consciente) en la máquina tragaperras. También pudiera ser un vecino mío el que, cual chimenea andante (y dejándose también la vida), fuma fuera todavía con el cachirulo al cuello pasado ya un mes desde las fiestas del Pilar.
Desde la soledad y la observancia el mundo gira distinto. El placer de leer el periódico en un bar cualquiera no tiene precio. Bueno sí, el euro del cortado. Las noticias me llegan más y mejor. Y además miro, miro alrededor y compruebo con certeza la realidad… Me pregunto cuántos artistas estarán trabajando en este momento puntual en cada rincón del planeta para abrirnos los ojos. Cuántos estarán pensando que, sin ellos, la vida no tiene sentido; que sólo ellos poseen la razón y la verdad. Uff… En un justo momento en que todo vale, en un momento en que TODO PUEDE SER ARTE. Es justo en ese momento donde me encuentro yo, en una edad ya difícil para abrir mi mente, intentando entender esa lluvia de propuestas.
Ahora el arte centrado en la lucha contra los poderes (que son muchos), en abrirnos los ojos contra la política, la prensa, los medios de masas, los bancos, la tecnología… ¿Acaso los tenemos cerrados?. Igual es porque nos conviene o mejor (o peor para algunos) es que nos gusta vivir así. Quizá ya sabemos que se cometen violaciones, discriminaciones, expropiaciones y abuso de derechos, quizá ya lo sabemos. Quizá no necesite verle el culo a un artista para entenderlo. Quizá sepa también que hay muchos más materiales aparte de los lienzos. Pero quizá, señores, a mí lo que me agrada es ver la sonrisa de aquel retrato, esa armonía y perfección de formas que no me dan sus absurdas ideas.
Y quizá no es que no las entienda sino que, sin más, no me parecen necesarias. Y lo peor es que estas obras actuales no pueden ser entendidas por la mayoría, no por gente que no tenga unos mínimos conocimientos culturales y muchos más artísticos. Entonces no deja de ser irónico que, precisamente, esta gente que no puede llegar a esas obras son los que más absorbidos están por la masa de capitalismo y consumo y por tanto, a ellos no les pueden abrir los ojos. Y a los que pueden entender su significado, a ese grupo de élite con una adecuada formación, curioso me resulta saber a dónde quieren llegar… ¿qué les roban?. ¿Dos minutos de reflexión que no hayan podido tener en la ducha o sentados ante un café solitario?. ¿Creen ver algo que los demás nos vemos?. Esa obra sólo cobraría sentido si provoca una reacción, sea política, económica, social o ideológica… Pero sino provoca una reacción y además es efímera es redundar en lo sabido, en lo consentido. Y sí, duele pero es así. Todavía agrada recorrer los museos y galerías tradicionales porque el concepto de belleza clásica sigue existiendo, sólo cambia con la moda, pero sigue estando ahí y por ello gusta. Objetiva o subjetiva pero existente. Sin belleza no hay obra de arte. Y la suya señor no me gusta, ni me remuerde la conciencia ni me motiva a cambiar el mundo. Quiero ver ese mundo a través de una nueva ventana, de su ventana, dibújela para mí. Pero hágala con gusto porque no me va a contar nada que yo no sepa, sólo quiero verla desde otra perspectiva, desde otro color, desde otra luz, su luz. Pero que esa luz exista, aunque sea extraña, o no me SIRVE.
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Invitación de un artista

Espero que os animéis a visitarla. Buen motivo para ir a la capital!!

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Pause

El sonido de las gaviotas no ha dejado de acompañarnos desde hace días. No en vano nuestra ruta es en la mayoría costera. Llega un momento en que te haces a ese sonido, no lo distingues, forma parte de la banda sonora de tu día. Entre la historia y mi propia vida, sumergida en tantas experiencias, cada vez me cuesta más hacer apartados de ella. Ahora escribe, ahora estudia, ahora vive… Durante un tiempo seguiré viviendo y estudiando, lo que implica que esto último me va a recortar el tiempo que pudiera dedicar a escribir. Además a veces ese tiempo resulta absurdo porque nunca debe ser buscado, sólo llega cuando menos lo esperas…así qué abro un tiempo de paréntesis esperando a las musas mientras aprovecho en otros objetivos. Seguiré aquí pero en modo pausa. Los diarios de viajes pueden seguirlos mis seguidores vía Facebook, además de modo más gráfico. Nos leemos. Salgo hacia Santiago con sensación de naufragio.

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Por Asturias…

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Sí, supongo que en un sitio así sería capaz de volver a escribir un libro, de salir de mi día a día rutinario y pensar que en esta vida hay mucho, mucho más. Todo un mundo que nos empeñamos, maldita sociedad, en no descubrir. Disculpen la reflexión. En cualquier caso, no creo que me quedara. Ya estoy mayor para según que cambios. En cada lugar que visito (y se puede decir que he viajado bastante) intento imaginarme viviendo. Lo hago siempre.
Por eso, nada más llegar con nuestras cosas al Hotel Alavera (más casa rural que hotel) y pasear por su terreno fotografiando los patos, gallinas y cabras como una niña, vuelvo a los mismos pensamientos.
Hemos buscado un lugar estratégico para tres noches desde donde poder recorrer Asturias. Partimos simbólicamente desde las hermosas playas de la zona de Llanes (lugar hasta donde habíamos llegado desde Cantabria hace unos años). La lluvia nos ha acompañado hasta hoy y me temo que volverá. Así que, viendo llover sobre el mar, contemplamos la playa de Poo, la de Cuevas del Mar y la de Gulpiyuri. En Ribadesella, como si se acabará ya el viaje que inicia, mi acompañante prueba la famosa fabada y el cabrito. Pueden ustedes también imaginar como acabó. Mientras bajamos semejante exceso paseando por la playa de este bello municipio imagino que me toca la lotería, compro uno de esos antiguos caserones frente al mar e incluso veo ya trotar a mis perros por la arena. Un chapuzón de minutos rompe el cuento de la lechera y decidimos ya buscar nuestro encantador alojamiento situado entre Villaviciosa y Tazones. Ordenamos nuestros enseres, descansamos una hora y vamos a pasar la noche a Villaviciosa donde hacemos escrupulosamente la ruta de la manzana, calle arriba y calle abajo, e intentamos cenar un ligero picoteo de productos de la zona para compensar la ya nombrada comilona y de cabeza a la cama. Estamos k.o.
La mañana siguiente amanece con el cielo cubierto así que decidimos dedicar el día a Oviedo. Tengo curiosidad en ir ya que tengo un lejano recuerdo de la ciudad cubierta de agua que, algo me dice, no va a cambiar. Pero antes de adentrarnos en el centro de la ciudad exijo visitar los monumentos prerrománicos de la zona. Pregunta de examen en mi grado de arte me muero por pasear por el pabellón de caza de Ramiro I. Tras una fugaz decepción al comprobar que la ciudad se ha extendido por el monte Naranco casi hasta los mismos históricos edificios, veo que, en el fondo, no han perdido su encanto. Comenzamos por San Miguel de Lillo y bajamos por el mismo bosque (jugándome la vida por terribles pendientes o así las veo yo) hasta Santa María del Naranco. Muchos las contemplan como las Iglesias que acabaron siendo pero yo sigo viendo los palacetes de campo donde el rey se retiraba a descansar, cazar y fiestear. Alzados en la ladera se ve toda la ciudad desde allí y una fugaz sensación de poder se apodera también de ti. La lluvia nos has respetado esta pequeña excursión pero de bajada al centro la cosa parece que cambiara. Así qué paseando entre las calles con paraguas en mano me pregunto si cambiará la idea de melancolía que conservo de Oviedo. Vamos callejeando hasta una hermosa iglesia (no recuerdo el nombre) donde se celebra una boda y curioseamos como buenos españoles que somos. Después decidimos visitar la Catedral. Vista la sábana santa de Turín y el sudario de que se expone aquí (que si uno cubrió la cara primero, que si el otro el cuerpo después…), mis credibilidad hacia estas «reliquias» permanece inmutable. Sin embargo, la catedral en sí me causa una grata impresión. La visita es gratuita salvo la cámara santa, cripta y claustro. Pero los cuatro euros que cuesta ver estos espacios son una maravillosa inversión. La información que dan a través de la autoguia es completísima y asequible para todos. Pasamos una hora dentro de este edificio. Pasear por la historia es siempre un placer. Además, golpe de suerte, cuando salimos ha parado de llover y el sol inunda las calles repletas de gente. Los pórticos de las plazas adyacentes y del mercado callejero están abarrotados pero nosotros buscamos una taberna donde ver los entrenamientos de Fórmula 1. Siendo la tierra de Fernando Alonso no parece difícil y resulta bien acompañando el tema con picoteo de chorizo a la sidra y papas con cabrales. A media tarde decidimos visitar Lastres, famoso en la actualidad por ser donde se rodó una conocida serie española. Imaginarme viviendo allí con tanta pendiente me resulta incomodísimo, pero el paraje y el pueblo es de una belleza espectacular. Tomamos un helado en el astillero y decidimos visitar el faro. A él llegamos tras sortear un camino con más agujeros que un colador y lo dicho, un faro y bonitos acantilados. Debemos descansar. En nuestro agradable alojamiento nos reponemos y pensamos ir a cenar a Tazones. Lo tenemos al lado. Este pueblo me encanta, es como si la carretera desembocara directa en el mar custodiada a ambos lados por casitas de colores llenas de restaurantes que te exhiben el marisco y el pescado. Demasiada tentación como para no sucumbir y nos damos ese pequeño lujo, por un día…y otro día … Más.

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Leda

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Era un tiempo remoto, pasado. Un tiempo en el que los mortales convivían con la presencia de los dioses. Las alegrías y las penas del Olimpo se sentían en la tierra en forma de primavera o de diluvio. Sus habitantes eran juguetes en manos de los dioses y ha quedado en el olvido el momento en que los mortales les hicieron caer en el aburrimiento y la desidia. Hasta entonces los manejaban a su conveniencia. De celos, batallas e intrigas eran protagonistas.
Muchos de los mortales intentaban no verse influenciados por su presencia y procuraban llevar una vida discreta, anónima y que no llamara mucho la atención. Leda creía haberlo conseguido. Tenía todo lo que podía esperarse de su sexo, posición y edad. No se había casado con el hombre al que amaba pero sí con el que le convenía y esto era más importante que lo primero. Él le procuraba una existencia serena y apacible, además de darle todos los caprichos que se le antojaban.Él, Tindareo, sí la amaba. Ella era el objeto de su deseo y se dejaba llevar, sin pasión alguna, pero le dejaba hacer. Ahora él era rey de Esparta y su historia, su vida era conocida por todos, era pública y Leda se sentía el centro del mundo. Tanto que había olvidado la presencia de los dioses.
Pese a ser reina su frustración seguía siendo la misma. Todavía no había dado un heredero a Tindareo. A veces se sentía responsable y pensaba que era esa falta de deseo hacia su esposo la causa de no haber engendrado un descendiente. Con todos estos pesares había escapado de sus sirvientas y caminaba por la ribera del río Eurotas en profunda meditación. Fue entonces cuando algo llamó su atención. A lo lejos un cisne, el más bello de todos los animales que había contemplado jamás, avanzaba hacia ella de forma peculiar. Avanzaba y retrocedía casi la misma distancia al mismo tiempo de forma que, estando ella parada ante semejante escena, el animal no llegaba a Leda. Salía y se escondía del árbol que lloraba al río como en una danza sin ritmo. Fue al alzar su mirada a las altas ramas del árbol que protegía al cisne cuando pudo ver una enorme águila que acechaba al bello animal. Entonces avanzó hacia él. Un enorme deseo de proteger al cisne la invadió. Deseaba abrazarle, cubrirle con su cuerpo, con un ansia que no recordaba haber experimentado nunca. Apenas unos metros la separaban del cisne cuando supo que lo amaba. Al llegar a él lo empujó entre sus piernas para protegerle y alzó de nuevo la mirada para ver desistir al águila de su intento cruel. Se agachó mientras un inmenso calor la invadía desde los pies al rostro, un calor vergonzoso. El cisne comenzó a picotear dulcemente por su cuello hasta que logró tumbarla sobre la tierra húmeda. Poco a poco la despojó de sus finas ropas al tiempo que un cosquilleo de placer la inundaba. Sabía que algo en todo aquello estaba mal pero se sentía incapaz de detener tan pervertida locura y se dejó amar hasta rendirse agotada a un sueño en el que levantaba el vuelo con su amado cisne sobre el mundo terrenal hasta el Olimpo.
Cuando despertó se sorprendió medio desnuda y abandonada junto al río. Pensó que había sido un sueño, no había duda que el calor la había llevado a delirar. Poco imaginaba Leda que la realidad superaba al sueño, que había sido seducida magistralmente por el rey de los Dioses, Zeus, disfrazado de cisne en uno de sus cortejos insaciables a mortales. Aquella noche yació con su esposo todavía aturdida por el paseo de la tarde pero sin desatender sus labores de esposa. Curiosamente sus preocupaciones se desvanecieron tras aquel día. Cuando dio a luz a los gemelos hijos de Tindareo puso dos huevos y de ellos nacieron dos inmortales; Helena (la mujer más bella de la tierra causante del destino fatal de Troya) y Pólux. Pasó el resto de su vida protegiéndolos a ellos y así misma de la ira de Hera, mujer de Zeus. Pero nunca se arrepintió.

(La obra es interpretación del mito por Botero)

Noche blanca en Zaragoza

Madre mía, no tengo vergüenza. Quizá os preguntéis dónde me he metido este tiempo o por qué no tenía nada que contar. Más simple que todo eso, estaba viviendo. Trabajo, exámenes y ante todo personas. Incluso mi perro (el macarra del barrio) necesita de mi atención diaria. El ritmo de los tiempos actuales se apodera de nosotros casi sin darnos cuenta. Intentas llegar a todo y sobre todo a todos. Y mientras, inevitablemente, pasa el tiempo. Basta ver las fechas de las entradas del blog para comprobarlo. En todo caso, mea culpa, mala organización y para compensar hoy os contaré algo:

«No era una noche propicia ya que, tras toda la jornada fuera y una semana intensa, lo que más me apetecía era tumbarme en mi sofá. Sin embargo me dejé convencer y salí a pasear unas horas por mi ciudad con nocturnidad y alevosía. La primera parada fue el Museo Pablo Serrano. No había estado desde la rehabilitación del edificio (larga) y me encantó el resultado. Los antiguos muros como arranque a una escalada hacia el cielo con invitaciones a la contemplación. Si hay algo que me fascina del arte contemporáneo es «mirar al que mira», escudriñar lo que otro ve o pretende ver. Las sonrisas. Esta pasada noche me detuve únicamente en una figura y era la de la artista: Juana Francés. Y lo hice porque lo merecía, porque incluso aquí ha sido relegada a un segundo plano. Una marginación que tuvo toda su vida y de la que no dudo que fue consciente. Una mujer revolucionaria en su tiempo a la que Francia supo valorar otorgándole una beca para sus estudios en 1.951. Pero aquellos tiempos (como tantos otros) no eran buenos para la mujer. Ella supo adaptarse y llegó a formar El Paso con otros artistas como Miralles o Pablo Serrano. Curiosamente es la única artista española que expone obras en el extranjero por aquella época pero su matrimonio con Serrano le hace estar, aún hoy, a su sombra. Ambos abandonan el grupo cuando otros artistas cuestionan la presencia femenina en el mismo. Por ello, Juana Francés es la gran desconocida, incluso tras su muerte en 1.990, la menos expuesta.
Una pena que nos impide a muchos conocerla o hacerlo tarde. Parte de su obra podéis contemplarla en Zaragoza, navega entre la abstracción y la figuración de forma complementaria. Podemos apreciar una búsqueda constante y una gran versatilidad enriquecida con la investigación con distintos materiales. No hay duda que Juana, con su arte, se reafirmaba como mujer y como artista. Así qué aún estáis a tiempo de descubrirla y contarme qué veis a través de ella.
No podréis copiar mi recorrido siguiente por la ciudad ya que no se repetirá. En la azotea se disfrutó de una vista increíble del Pilar iluminado y un espectáculo de luz y sonido. El tapeo necesario por la calle Azoque y desembocar en la gran plaza atravesando otras menores, cada una de ellas, con una invitación a la novedad. Curioso debate frente a La Seo del arte actual en todas sus facetas y finalizar brindando con un mojito por ser quien somos y estar donde estamos, pese a todo.»

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Recuerda

Conviene desconectar

A veces conviene desconectar, pero sigo aquí. No lo olvidéis…

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La mirada de Villard


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Corría el año  1215 d.c. cuando el Papa Inocencio III, tras el concilio de Letrán, instituyó la confesión obligatoria de los pecados al sacerdote, al menos una vez al año. Villard con quince años era un joven aplicado, siempre lo había sido. Por eso sabía que la Biblia ordenaba que confesáramos nuestros pecados directamente a Dios por medio de Jesucristo. Sin embargo, si ahora había que hacerlo al sacerdote, así lo haría. La Iglesia proveía más que los señores. Su padre le había enseñado cómo manejarse entre unos y otros. La cesión de su ser tendría sólo el límite que el mismo marcara, siempre adecuado a la diócesis, siempre oportuno.

A los cinco años, Villard con veinte, era ya un hombre y además un maestro. La adoración a la hostia fue decretada por el papa Honorio. Todo era acostumbrarse. Observaba como el abad intentaba llegar hasta el final de la estructura encargada a Villard. No llegaría, la luz no tenía límites y tampoco los encontraría en su catedral. La catedral de Willard. Aunque la Iglesia considerara que era suya, era él quien permitía ese pensamiento. No había noche que durmiera sin un objetivo para la mañana siguiente. Hacía tiempo que anotaba todo con precisión. Sólo un hombre de Dios le había dado un consejo certero; la sabiduría no debe quedar en el aire ni en la vida de un vulgar maestro. Vaucelles, Reims, Chartres… en todas sus jornadas itinerantes dejaba su impronta, pero esta podía ser efímera. Su hermano menor se había manifestado inútil para el oficio familiar y tenía la necesidad de dejar una herencia útil, pues no en vano se dedicaba a la mayor de las artes.

Ahora que el Abad le había procurado buen material y pergamino para sus escritos comenzó a ponerlos en orden. «Villard de Honnecourt os saluda y recomienda a todos aquellos que se sirvan de las instrucciones que se encuentran en este libro de rezar por su alma y de acordarse de él, pues en este libro se puede encontrar una ayuda válida para el gran arte de la construcción y de algunas instrucciones de carpintería y encontraréis el arte del retrato y sus elementos tal como lo requiere y lo enseña el arte de la geometría.» Dibujaba todo lo que veía y también lo que imaginaba acompañándolo de textos que pudieran facilitar la interpretación.  No se publicó hasta 1858 y hoy se conserva como un tesoro en la Biblioteca Nacional de París.

Si alguna vez supo Villard que su nombre pasaría por equivaler al mejor de los canteros, arquitectos, escultores o ingenieros, es difícil saberlo. Si alguna vez imaginó que su simple maestría, su afán de aprender, mejorar o enseñar, inspiraría una novela de éxito siglos después a su muerte hay que dudarlo ya que ni ese género literario existía. Pero quizá su inteligencia le deparó algún probable poema de trovador.

Quién conservó aquel cuaderno de viajes, como lo llamaba Willard, es a día de hoy un misterio. Quién lo escondió de los vándalos e incultos no se sabe. Quién lo protegió del deterioro del tiempo y quién se encargó de transmitir sus saberes es una incógnita. Se sabe que este manual se usó hasta el siglo XV y que sus distintos propietarios hacían añadidos en sus espacios libres. También sabemos que ha llegado mutilado hasta nosotros. ¿Qué más secretos se escondían en aquellas páginas desaparecidas?. ¿Qué habrá sido de ellas?. ¿Y por qué Villard, tan centrado en los detalles, olvidó conscientemente a las protagonistas de ese estilo gótico al que perteneció?. ¿Dónde están las vidrieras de Villard?.  Quizá, sólo quizá, él no necesitó de aquella luz distorsionada.

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Hablando de todo un poco…

Tal vez alguien piense que aquí se escribe del pasado, con fantasía, de historia, de arte y de mucho sentimiento, pero no de actualidad. La que suscribe es muy consciente de la vida, de la realidad que nos toca vivir. Pero a posta no la aborda ya que no es su intención convertir el blog en crítica social continúa. Me consta que el sistema se nos desmorona. Doy fe por mi trabajo que los poderes públicos no responden a las necesidades, ya básicas, de muchos. Veo a mi alrededor a gente que sufre, que no llega. También veo muchos que se esfuerzan, que no se rinden. Me involucro en lo que puedo y no consiento zancadillas. Lo importante es mantener tu grupo unido y consta de dos secciones, la familiar y la de las amistades. No me importa la ideología política siquiera de los que me rodean mientras no pretendan que la asuma, de ahí que no gaste ni una línea en criticar a quienes nos representan y a día de hoy deberían estar unidos en un frente común. La historia es cíclica y la humanidad tiende a repetir los errores. Por eso es bueno, de vez en cuando, dar un vistazo al pasado. Lo hago de rato en rato. Sin objetivos claros. Si tan sólo por unos instantes de lectura alguien consigue desconectar de su realidad, buena o mala, a mi me basta. Porque esta fantasía, es la mía y también tiene algo de real.

El atardecer

No sabía qué podía hacer para huir de la cárcel que ella misma había fabricado en torno a su persona. Como una ilusa había creído que,siguiendo las pautas que marcaba el resto de la sociedad, llegaría a ser feliz. Y aún teniendo todo a lo que una persona podía aspirar hoy en día se sentía incompleta.
Le bastaba escapar unos días, mirar al mar, respirar profundamente y pensar que jamás podría llegar a controlarlo todo. Que justo ese momento, ese atardecer, era el suyo, el de verdad.
El mundo era demasiado grande y su vida demasiado corta para dejar una huella en cada pradera, en cada corazón que había conocido. Y los amaba a todos, sin excepción. Había visto su pasado navegar sobre las olas a una velocidad pasmosa. Y había empezado a sentirse vieja pero poderosa, sabia. Ya no quería ser igual, tampoco mejor. Anhelaba ser diferente. Envidiaba a los antiguos filósofos que pasaban horas reflexionando sobre el ser, la razón, la existencia de los humanos, casi meros animales hoy. Cuán poco había evolucionado la especie, siempre tropezando en la misma piedra. Por un momento creyó ser capaz de recorrer los continentes con sus sandalias romanas y una vieja mochila, pero hasta eso era ya vulgar. Sólo tenía su mente para navegar y gracias a dios seguía siendo infinita. Lloró de pensar que todavía era capaz de usarla y que no podría serle hurtada jamás.
Miró al horizonte hasta contemplar en la lejanía la isla de Delos, antigua isla de dioses respetada por todas las civilizaciones y cuyas ruinas aún despertaban admiración. Sus míticos leones todavía seguían en pie. Y sus pensamientos volaban y debían seguir haciéndolo mucho tiempo. Debían navegar contra marea aunque pareciera imposible. Supo que no iba a volver, en aquel atardecer de minutos lo supo. Se lo dijo el viento, el agua que salpicaba el mar y el sol que se escondía.

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¿Traumas?

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Me desperté sudando. Tenía la camiseta del pijama pegada al cuerpo y me hizo sentir sucia. Con apenas seis años de edad no podía entender qué me sucedía. La opresión que sentía en el pecho me asustaba y desconcertaba. Deseaba saltar de la cama y acudir en busca de mis padres pero una fuerza superior parecía impedírmelo. El temor se había apoderado de mí, estaba inmóvil. Todos mis instintos me sugerían una presencia extraña en la habitación. Esa presencia, ese ser, debía ser sin duda el causante del sofocante calor que invadía el cuarto.
Sabía que lo mejor era no mirar pero algo me impulsaba a hacerlo. En el fondo de mi mente infantil algo me decía que debía analizar la situación. Concentré todas mis fuerzas en girar la cabeza hacia la derecha pues hacia la izquierda sólo tenía pared. La impresión fue indescriptible. Entre la ventana que daba al tejado del viejo mercado y mi armario una enorme bola de fuego se hallaba suspendida en el aire. No era capaz de gritar. Tampoco podía llorar. Y en cualquier caso, la habitación de mis padres estaba tan lejos que, a lo que me hubieran oído, la bola de fuego me habría abrasado.
No se mueve, pensé. No se mueve. Y si lo hace…, ¿vendrá hacia mí?. En mi mente de niña esa esfera de luz cegadora no era sólo eso. Era algo más y era malo. Claramente era una bruja que había venido a por mí para llevarme a su mundo. Tenía que actuar antes que lo hiciera ella como fuera. La puerta estaba frente a la ventana y la bola todavía seguía suspendida junto a ella, en el mismo lugar. Tenía poco margen pero lo vi claro. Debía saltar, correr, atravesar la puerta y salir de mi cuarto antes de que la esfera fuera consciente que yo ya estaba despierta.
Fue el único momento en mi vida en el que, con toda probabilidad, no pensé dos veces lo que iba a hacer. Aparté con brusquedad la ropa de cama y salté. En el justo instante que llegaba a la puerta la esfera se movió. Fue la única vez que la mire de frente. Y vi su cara, su pelo, sus ojos y en ellos su rabia. Me quería atrapar. Salí temblando de la habitación pero, gracias a Dios, las pequeñas piernas respondieron y corrí lo más rápido que pude. Con toda probabilidad, esta ha sido la única ocasión en mi vida que he corrido con ganas. Pero no tenía alternativa. Mi habitación era la última de aquella casa de mi infancia que nunca olvidaré. Tenía que cruzar el comedor y tras él, un larguísimo pasillo que conducía a la primera habitación, la de mis padres.
Recuerdo que gritaba «mamá» en mi trayecto y sé muy bien que la bola estuvo a punto de atraparme al estirarse cual serpiente. Sentí su fuego y sus garras. Cuando llegué al umbral de la puerta mi madre ya había encendido la luz de su mesilla y la esfera, al girarme y señalar, había desaparecido. «Fue sólo una pesadilla» me dijo mamá. Yo sé que no lo fue. A día de hoy sigo con la certeza de que no fue un sueño.
Años después, con casi diez años, me dejaron ver aquella serie titulada «El misterio de Salem’s Lot». No soy capaz de recordad ninguna escena de la misma salvo una. Ese horrible niño muerto llamando a su hermano por la ventana, rascando con sus uñas el cristal. Fue un trauma difícil de superar para muchos de mi generación según he comprobado en los comentarios del facebook de una página que, de forma ocurrente, rememora aquellos años de la EGB.
No me pregunten ya por qué no soporto el ruido de una persiana golpeada por el viento contra el cristal. Una ventana ha de estar siempre bien cerrada por la noche. De igual modo conviene dormir siempre tapado, no ser de fácil acceso para los espíritus errantes. Importante es, también, cubrir tu cuello con una mano durante el sueño de forma que, si un vampiro atacara, tuvieras tiempo de reaccionar al sentir su mordisco en la mano.
Nada…, que esta semana he oído decir que los escritores siempre escriben de sus miedos. No sé yo si será cierto este dato ni tampoco sé el motivo claro de por qué adoro, en la actualidad, las pelis de terror. Pero, por mí, que no queden los miedos escondidos.

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La conversa

E.Blair Leighton

Si por él hubiera sido seguiría ahogada en la ignorancia. Si de él hubiera dependido sería no más que una sombra alargada y torcida que avanzaría con temor tras los cuerpos orgullosos de sus hermanos. Porque para él, para su padre, ella era prescindible. Necesitaba varones que gobernaran con mano dura sus feudos y aplastaran a los infieles ante el menor indicio de rebeldía. Ella era un error, una complicación. No era tampoco su padre amigo de hacer lazos innecesarios con otras casas señoriales así que su mejor destino sería “gobernar” las tareas del hogar. No pasaría de decidir la comida del día o el orden de las provisiones en el almacén. No estaba en sus planes enamorarse ni salir del castillo. Le estaba prohibido.
Pero desde que el Prior necesitó ayuda en la biblioteca el mundo para ella había cambiado. Contaba entonces con nueve años. Los hombres estaban fuera luchando, dos de sus cinco hermanos ya habían muerto. Ante las noticias su madre se había sumido en un letargo absurdo. Por quedar bien, su padre la autorizó desde niña a ayudar en el priorato dejando claro a la iglesia que ninguno de sus otros hijos se uniría al clero y que la “prescindible” podía ocuparse de esas menudencias.
Ella no tenía acceso a ninguna estancia que no fueran los archivos del prior. No veía a nadie de la congregación y cuando su crecimiento y físico comenzó a ser un problema el prior le aconsejó acudir camuflada en una capa. Ante su sorprendente interés y avidez de conocimiento, aquel hombre le enseñó toda su administración que, en poco tiempo, ella llegó a controlar. Anales, Crónicas… todo lo clasificaba, identificaba y lo peor, si hubiera llegado a oídos de su padre, lo leía. Ambos sabían que no hacían bien pero no vieron mal alguno. Pronto aprendió a leer y escribir latín y a interpretar muchos escritos de los infieles.
En secreto comenzó a admirar tanta sabiduría. Había en aquellas crónicas más poesía que en cualquier canto de estúpidos juglares. A los trece años supo con certeza que había más mundo que el escaso territorio que les rodeaba y por el que su padre se jugaba la vida y la de sus hermanos. Y ella quería verlo y conocerlo. Se negaba a ser un mueble más del castillo como lo era su madre, resignada a esa vida inútil. Pero jamás desveló sus deseos a nadie, ni siquiera al prior porque ese hombre de Dios no podría entender que admirara a ese pueblo hostil e infiel que, sin embargo, les aventajaba en tantos aspectos de la vida.
Una reunión de altos señores se celebró en el castillo. Su padre hizo de anfitrión perfecto, y aun en duelo por su hermano menor, festejó con banquetes y juegos. Todos parecían tener algo importante que decidir cuando borrachos de alcohol y prepotencia, ella los observó danzar en torno a un documento que llamaba su atención. Contuvo la risa en la medida que le fue posible pero uno de sus hermanos, quizá la única persona que la conocía de corazón, advirtió su ironía en el rostro.
– ¿Qué ocurre hermana?. – le inquirió preocupado de que su padre detectará la mirada burlona de su hermana teniendo constancia de que buscaba cualquier excusa para mandarla al convento.
– Lo están leyendo al revés, si es que lo que pretenden es leerlo.
A solas con su hermano y el documento ella le facilitó la información que ansiaban. Eran órdenes detectadas a un grupo invasor. Pero su padre pronto cayó en la cuenta que sólo había una persona que, como una rata, hubiera sido capaz de adquirir conocimientos de clero e infieles. Y antes hubiera perdonado saber que se revolcaba en la cama del viejo prior que le avergonzará así ante los otros señores. Obvió la ayuda que ella les procuraba porque no podía aceptar que supiera más, que resultara más útil que cualquiera de los que allí se alojaban esa semana dentro de sus muros, que esa chiquilla que no debió nacer les dijera cómo debían atacar al adversario. Por ello, decidió mandarla a la frontera con un mensaje de amenaza y reto al enemigo. Sabía muy bien lo poco que duraría una mujer en esas tierras. Pensó que, como haría él, no sería respetada.
La hizo la más feliz del mundo. Saldría de allí con el mensaje de su padre y una vez más cumpliría lo ordenado. Sería la última ocasión que lo obedecía, sabía que no volvería. Así lo tenía decidido. Se despidió de su hermano, el único caballero que ella había conocido prometiéndole que, si era posible, le haría saber de su existencia y marchó sólo con un escudero a ver nuevos mundos. A los pocos meses su padre perdió dos feudos y un hijo más. A otro de sus hijos le perdonaron la vida por un solo motivo y le devolvieron un mensaje. Las nuevas fronteras estaban fijadas y lo estarían por años.
Cuentan en crónicas que una cristiana conversa, rica en sabiduría, conocimientos y ciencia, conquistó tierras musulmanas y decidió no devolverlas a sus semejantes sino gobernarlas en paz, honestidad y armonía entre hombres y mujeres de distintas razas y religiones.

Sólo queda uno en edición impresa!

Reflexión fugaz

Tengo una pulsera de recuerdos. Está casi llena pero todavía sobra espacio. Es la pandora de mi vida y tú también estás en ella. Espero que te guste saberlo, que te ilusione. Es importante cruzar por los caminos compartiendo la existencia los unos con los otros y dejar huellas en el alma ajena. Porque el alma todo se lo llevará y el cuerpo nada contendrá.

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Volveré, lo prometo…preparando exámenes.

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EN TRANCE

Subir al autobús y no intentar escudriñar al personal es como echarse a la cama desvelado y mentalizarte que no vas a pensar nada, que tu mente quedará despejada de todo pensamiento y podrás dormir como una marmota. Es decir, imposible.
Te sientes mal por pensarlo pero, en el fondo, lo último que deseas es que el señor entrado en carnes y con temblores extraños que acaba de subir en la parada siguiente se siente a tu lado. Es raro, es sospechoso, no te gusta. Te angustia y te haces a un lado hasta donde la ventana del vehículo, salpicada de suciedad, te lo permite y comienzas a mirar un paisaje que conoces de memoria para apartar tu rostro de esa persona. Porque es muy probable que, además, huela mal. ¿En qué momento te has convertido en semejante espécimen?. Piensas y piensas más mal que bien. Se te sube el orgullo hasta la coronilla creyendo que eres mejor que el resto, que tu vida es más completa y útil que la de los demás. De cuándo en cuándo sube alguien tan hinchado como tú y competís con solo la mirada. Su ropa, adecuada o no. Su maletín, sin duda, importante. De piel, de marca. Su aftershave y su americana de sastre. Maldita sea, ¿será mejor que yo?. No, claro que no, es mucho peor que tú. Se le ve a la legua, menudo snob.
Y diez paradas después llegando a la parte noble de la ciudad, pasada la avalancha de inmigrantes de la calle x, pasados los carros de compra anticuados de las de más de sesenta años que se empeñan en seguir yendo al mercado porque sueñan que es más barato, pasados los golpes de las mochilas de los más pequeños que se abren paso como bisontes, pasado algún que otro pisotón de tacón de aguja desequilibrado… bajo del autobús. Es en ese único momento cuando llego a la certidumbre de que no soy nadie.
Paseo, camino, avanzo, aparto, despejo la calle de la multitud mañanera sintiendo que hoy hubiera necesitado dos cafés para afrontar el día. Repaso mentalmente las citas que me esperan y me propongo que, además, acabaré dos de los artículos antes de comer. Me ánimo, me jaleo a mí mismo como sí de una final de sí Wimbledon se tratara. Llegando al periódico miro con disimulo a la pobre gente que hace fila ante la oficina del paro. Los veo todos los días pues no me queda otra que cruzar por delante. Me pregunto de dónde sacan esa absurda sensación de que madrugando tanto les atenderán antes, mejor, o que tendrán alguna posibilidad de cambiar su destino. Probablemente una hora más tarde les atiendan igual, con la misma desgana y desinterés. La ruina de todos todavía no es la de unos pocos en los que me incluyo por gracia divina o por haber nacido con una estrella en el culo como decía mi abuela. Y los pocos vemos, oímos, incluso describimos la situación de los muchos para que el resto se haga eco de la misma. Y protestan unos y otros, pero cada uno a lo suyo sin unión ni concierto mientras el país nos exprime y nos líquida. Los pocos pensamos que me quede como estoy, que no me toque a mí. A mí no me puede pasar lo mismo. Desvío el pensamiento a la acera de enfrente. Nuestro futuro también hace fila para entrar en la biblioteca a estudiar unos, a pasar el rato otros y a ligar quizá algunos menos. Atravieso los porches finales sorteando otra fila. Tampoco es la primera vez que la veo. Toca presentar las cuentas anuales en el registro mercantil. Fila de asesores mucho mejor vestidos que los de la primera fila, casi todos mirando sus teléfonos de última generación. También sin querer fijar sus miradas en la calle de enfrente.
A los veinte metros atravieso la entrada del periódico. La chica de la recepción me entrega dos sobres abultados. Uno lo espero con ansia (pequeña compra on line) y el otro será con toda probabilidad otro manuscrito original que proyectos de escritores me remiten, de cuando en cuando, creyendo que yo puedo catapultarlos a la fama. La ilusión, ese anhelo que todos tenemos al menos una vez en la vida de que un sueño puede hacerse realidad. Recordar que tengo ese pequeño poder de cambiar, sea por unos instantes, la vida de alguien, influir en su devenir siquiera mínimamente, me da alas. Meto los sobres en mi cartera y entro crecido a la redacción. En trance con mis propios pensamientos, acostumbrado el resto del personal a que no les salude hasta bien pasada la mañana.
Asimilando las noticias en la red, conectando con nuestra agencia. Cerciorándome de las verídicas, de las absurdas, de las increíbles y de las influyentes. Contrastando datos con la historia, mi único punto de partida. ¿Quién decide lo que hoy tú vas a saber de la realidad que acontece en tu vida?. Entre muchos otros, yo lo decidiré.
Y entre tanto procedo a limpiar mi bandeja de entrada de spams colados y otros de consentida publicidad para dejar paso al correo útil. Es en ese instante cuando me percato que no me he quitado ni la americana y el calor me aborda en el rostro como si, en vez de estar ante la pantalla de mi ordenador, estuviera ante una chimenea.
Mientras me aligero la ropa echo un vistazo a mi alrededor.
Cada vez somos menos y nos conocemos demasiado. El interés del saludo diario casi se ha perdido porque, entre otras cosas, nos importa bien poco lo que le pase al compañero. Yo no tengo amigos en el trabajo, sólo compañeros. Y es algo buscado. Lo he evitado siempre, sobre todo con el sexo femenino, y me ha ido bastante bien. Prefiero ser arisco, huraño o simplemente raro. Mi vida está fuera de este recinto. Con curiosidad he observado con los años que esta actitud, en vez de granjearme enemistades, me ha cubierto de un extraño halo de admiración ajena. Soy esa persona que el de al lado tiene tan cerca, día tras día, pero nunca llega a conocer. Exquisito en mi profesión, rígido e imparcial. Lo que digo lo digo a la cara pues tengo que perder bien poco de lo que le parezca a la otra persona mi opinión. Por otro lado, me sé intocable en la redacción. Mi firma en este periódico es tan importante como la del director y si aquí la despreciaran la recibirían pronto en la competencia. El don de gentes, la hipocresía, me sobra. Por ello desprecio a gusto el café que tan gentilmente me sirve el nuevo becario peloteando. Es la tercera vez que le informo que no tomo café en la oficina y que, si lo hiciera, podría yo mismo ir a por él. Miradas y gestos cómplices de «ya te lo dije». Pero siempre hay alguien que lo sigue intentando, que sigue creyendo que puede llegar a mí.
Me siento y ocupo mi espacio tranquilo mientras reviso la pantalla del ordenador. Algo se cuece. Sí, se fragua la noticia. La pericia del buen periodista es estar en poder de esa noticia horas, minutos, antes que los demás si queremos convertirla en primicia. Y la única manera de conseguirla es observar.
Observar y contactar con la persona adecuada. Y en este caso sí que es importante tener amigos hasta en el infierno. Hoy el infierno es la Agencia Tributaria. Cualquier persona puede formular una denuncia y esta administración tiene o debería tener la obligación de abrir un expediente que investigue los hechos denunciados. En tiempo de crisis el deber de recaudar aumenta y si alguno lo pone fácil mejor todavía. La última moda es investigar a nuestros políticos y siempre sale algo. Lo previsible comienza a aburrirme pero el artículo es mío.

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La no bailarina de Degas

Me dolía la espalda hacía ya bastante rato pero era incapaz decir nada. No osaba protestar ni alzar la voz con queja alguna. Se suponía que mi esfuerzo era compensado con creces y era, además, un honor perder las horas en aquel cuarto. Yo no sabía sí sería un honor o no, si después iba a sentirme orgullosa de aquella osadía. Sólo sabía que había empezado a arrepentirme. Aparte de la molesta postura, sentía vergüenza, bastante. Si bien mi situación no era óptima me daba la sensación de haberme rebajado como mujer.
Allí estaba, desnuda. Sentada dando la espalda y, porque no decirlo, también el culo a un maduro pintor. Yo no le conocía y había pasado por la palabra de unas vecinas que, años atrás en sus tiempos de bailarinas, habían posado para él. La idea era retratarme tras salir del baño, secándome con la toalla los pies inclinada con el pelo cayendo sobre mi rostro. Lo que suponía que nadie sabría jamás que era yo porque mi cara no iba a verse. Aún así decidí disimular mis pechos como pude pese a la protesta del artista. Parece que mi brazo tapando los senos no daba a la postura un aire muy natural, pero eso a mí me importaba bien poco. Al final había resultado que no se me iba a reconocer, con lo cual de honorable para mí esa situación ya no lo era tanto. Podrían pensar que la imagen era la de cualquier prostituta o cualquier otra mujer. Qué más daba si ya no era yo. Al principio me importaba ser yo y ahora me molestaba que no pareciera que era yo. Maldita sea, esa posición me estaba volviendo loca, ya no sabía ni lo que pasaba por mi cabeza mientras el antipático hombre se dedicaba a jugar con sus pinturas de pastel sin rematar nunca el dichoso cuadro. Según él los detalles estaban inconclusos y estaban transcurriendo con creces los días pactados del posado sin que sugiriera pagarme nada más. Hasta las manos me habían tornado rígidas de sostener la toalla y fingiendo secar mis pies casi había conseguido perder la suavidad de mi piel.
Odiaba ese cuadro y todo lo que suponía. Y lo peor es que después de ese supuesto momento de gloria no me quedaría nada. Nada tenía ya tras haber usado el pago del pintor para saldar deudas que poco a poco volvería a acumular. Mis días perdidos desnuda ante ese hombre no implicaban otra cosa que volver de nuevo al mismo círculo de donde no podía salir. ¿Admiraría alguien esta imagen en el futuro?. ¿Se expondría aquel cuadro como algún otro de ese hombre?. ¿Qué interpretarían al contemplarlo?. No sabía lo que él pretendía mostrar o transmitir con esa escena. Pero no me verían a mí ni por fuera ni por dentro. No verían más allá de lo que yo veía en ese instante, mis pies.

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El paseo

Paseaba entre las hojas caídas meditando como mi vida había volado de la misma manera que la belleza de aquellos árboles, como había ido dejando escapar las oportunidades. Unas oportunidades que ya no volverían. Como esas hojas tampoco volverían a ocupar su lugar. Pero vendrían otras con las nuevas estaciones y a esa idea comencé a aferrarme. Como la naturaleza claro lucía ahora mi pensamiento. Todo vuelve de alguna manera. Cuántas veces había yo paseado por la ribera como en ese instante y cuántas veces la había visto igual. Nunca. Siempre distinta, siempre con detalles nuevos. El caudal subía y bajaba al antojo de las inclemencias atmosféricas y los hermosos árboles florecían cada primavera igual que el otoño hacía caer sus hojas. Y yo nunca veía repetir una escena. Así debía ser mi vida. Ahí quedarían los hechos del pasado sin que nadie, salvo mi conciencia, se preocupara de recogerlos. Un deseo irrefrenable de recoger aquellas hojas del suelo y lanzarlas al aire surgió de repente. ¿Por qué no?. Por vergüenza desde luego. Me giré, no había nadie. Estaba yo solo y no lo pensé más. Me agaché despacio y recogí todas las que me cabían entre los brazos y las lancé al aire. Como un cuento, como una foto fugaz, así era también mi vida. Y la tuya.

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La gitana

He pasado muchos años cumpliendo con las reglas. Acatando siempre las normas de la sociedad, los mandamientos de Dios, los artículos de la asociación, los consejos de mi familia, las costumbres de los gremios y las leyes de la milicia de San Jorge. Todo ese tiempo sintiendo que no vivía, viendo que no amaba a la mujer que se acostaba a mi lado, comprobando que ella tampoco me deseaba. Disimulando ante los demás porque… Qué dirán. Cubriendo mi indecencia, tapando mis vicios como si no fuera humano.
Y todo eso sin darme cuenta que tenía en mis manos el poder de darle la vuelta a esa existencia. En mis manos, en mi trabajo. Cumpliendo las pretensiones finales en todos mis retratos, perfectos los individuales, sublimes los colectivos. Tardé en percatarme lo fácil que podía resultar disimular también en ellos.
Y fue entonces cuando empecé a retratar la realidad, la vida cotidiana de los que de verdad se enfrentan a ella día tras día. Los que, de verdad, a su manera nos movían a la independencia de los españoles, a la guerra. El pueblo. Un pueblo del que no quería huir, que conocí por ti. Ahora también mi gente. Podía engañar al resto pero no a mi mismo.
Pintarte es lo más dulce y provocador que he hecho en mucho tiempo. Porque tú eres mi realidad, la única en mi vida, por encima incluso de mis propios hijos. Serás la gitanita para los tontos, la prostituta para aquellos con mente lúcida que sepan ver más allá de la luz en tu escote y boca entre abierta. Pero serás mi amor, sólo aquí, ahora en este instante.
Me sobran los detalles y me basta el pincel rápido y certero. Las manchas dibujan tu expresión intensa y tu alegría bohemia. Se capta en segundos. Porque eres natural, eres sensual. Porque tu mirada y tu gesto pícaro desvela esa personalidad que no se avergüenza de ser quien es, de vivir. Porque eres todo lo que yo no soy, mi pena y mi devoción. Sin gremios ni juicios morales que decidan si este retrato, si esta obra de mi amor, cruza o no los cánones de la decencia.
Por ser prostituta, por ser gitana, por ser la luz de mi túnel, por ser el deseo más próximo y más real que un hombre como yo pueda tener… Mi mano es tuya y con ella lo mejor de mí.

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La niña que se peinaba

   Hasta no hace mucho creía que sólo a través de los paisajes podía reflejar un estado de ánimo, un anhelo, una frustración o un destello de esperanza. Pero contemplando a la niña, al mismo tiempo que comenzaba a ejecutar los colores, se percató que ella era todo eso y más. Y ahora, antes incluso de dejar que se marchara, por un momento dudó si durante toda su vida había errado.
No, suspiró pausadamente. No había sido así. Él toda su vida había hecho y obrado como bien le había parecido sin dar cuenta a nadie. Liberado de la primera oposición de su padre, quien nunca lo había valorado, se dedicó a pintar por vocación, pura vocación. Desde una pronta juventud supo que quería pintar. Y lo hizo sin presiones ni sujeción a los acontecimientos políticos, sociales y revolucionarios de su época. Camille Corot fue ajeno a todo aquello. Ni siquiera tenía que trabajar para vivir porque podía hacerlo a costa de su acaudalada familia. Fue, de ese modo, como pudo permitirse un lujo que pocos podían llegar a tener pero que él nunca dejó de valorar.
Vivir del aire, hacer sólo aquello con lo que disfrutaba. Recorrer el mundo, viajar y plasmar en un lienzo los distintos paisajes que la vida le ofrecía. Sin fantasía alguna reflejando todos los volúmenes y detalles tal cual eran en la realidad.
Sólo en los últimos años, y básicamente porque la salud ya no se lo permitía, se había dedicado a estudiar y pintar la figura femenina. Pero nunca le habían atraído los retratos y si los había realizado era para agradar a algún familiar o amigo. Hoy, sin embargo, que concluía el cuadro de la niña peinándose, al mirar a su modelo a los ojos pudo ver a través de ella toda una vida, pasada y futura pendiente. Miles de paisajes que él, jamas ya, podría disfrutar.
Y una vez más se llenó con lo que se le ofrecía galante. Y ejecutó rápido y eficaz dando a la niña el mismo halo dulce, bello y sereno que ofrecía la naturaleza, con las luces y sombras que otorgaba un atardecer. Porque, ya lo vio claro, la humanidad formaba parte de esa naturaleza, cambiante día a día. Y él aún tenía tiempo, algo de tiempo para transmitirlo así.

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LIN

            Cuando despertó le dolía tanto el cuello que llegó a pensar que se lo había roto. Suponía que no debía ser así. Al fin y al cabo era una sensación que se repetía todos los días.

            Acababa su jornada de trabajo en la Cafetería 84 a las siete de las mañana. Podía dar gracias a que la distancia entre la cafetería y su casa la recorría en veinte minutos con la vieja bicicleta de su hermano. Apenas el tiempo justo para refrescarse, saludar a mamá, tomar algo sólido y coger de  nuevo la bicicleta para llegar a su trabajo “legal” a las ocho y media de la mañana.

            Había luchado mucho por aquel puesto en el Templo de Confucio. Durante casi un año, día y noche, había estudiado historia, política y diplomacia para examinarse y lograr el aprobado. Su lugar estaba en una de las salas de exposiciones. Concretamente la que narraba la historia de los primeros discípulos que siguieron al pensador.

            Su labor, como la de las otras dos muchachas, era escasa. Nula. Tenían sus asientos detrás de un gran mostrador y nadie apenas se dirigía a ellas. Cada lámina o figura expuesta tenía su leyenda, primero en chino y después en inglés. En este último idioma sólo algunas, no todas y ya era demasiada concesión al extranjero. Los turistas, escasos, tampoco se molestaban en preguntarles. Probablemente, cuando todos ellos llegaban al Templo de Confucio, ya se habían percatado a través de otras visitas o experiencias que, en Pekín, nadie hablaba inglés. ¿Para qué?.

            Lin aprovechaba esas tranquilas primeras horas en su puesto de la misma manera que sus compañeras. Dormían. Dos, tres horas al menos caían muertas. Para los turistas debían ser unas figuras más de la exposición. Pero dormían en unas toscas butacas y la posición era difícil. Bueno, en realidad sólo existía una posición posible; sentarse, cerrar los ojos y dejar que la cabeza cayera aleatoriamente.

            Al abrir los ojos Lin lo primero que vio fue su ombligo o la altura de su ombligo. Se limpió la baba que casi colgaba de su barbilla e incorporó el cuello poco a poco. Le dolía horrores. Pero no lo pensó, no le importó. Su primer pensamiento fue para él.

            Y era para él día sí y día también desde hacía ya un mes.

            La primera vez que le vio fue a los quince días de haberse incorporado al turno de noche en la cafetería. Estaba muerta. Se paseaba como una peonza entre los mostradores de los bollos y pastelitos. Era su única misión. Llevar una bandeja a aquel cliente que quisiera algo y acompañarle hasta la caja para que lo abonara o, si lo deseaba, sugerirle que pidiera allí algún café. La mayoría de los clientes conocían el sistema así que la ignoraban, igual que le sucedía en el Templo. No le importaba, lo prefería. Siempre se sentía más a gusto si pasaba desapercibida.

            Él también la ignoraba. Esto, en cambio, le hubiera gustado que no fuera así. Sin embargo, se sentía incapaz de poder cambiar esa situación.

            Cuando lo vio entrar la primera vez le llamó la atención su olor. Pasó junto a ella rozándole con su cartera de mano como si ella no existiera. Vestía con traje, fino, elegante. Casi como un occidental de película. Había esperado un perfume embriagador de marca pero hasta ella llegó un aroma fresco, puro. Y le recordó a su padre, a su hermano también. Y se sintió estúpida. Se colocó al inicio del mostrador donde él estudiaba detenidamente los pasteles. No iba repeinado, ni engominado. Simplemente su pelo caía natural y gracioso sobre su rostro, un rostro sereno abierto por unos enormes y rasgados ojos negros.

            Le observó estudiar cada categoría de pastel, de bollo, de bizcocho. Parecía no decidirse y dio varias vueltas. Al final regresó al primer mostrador. Ella seguía en el mismo lugar con la bandeja en la mano. Su turno debía estar a punto de acabar pero, por una vez, no tenía prisa. El hombre cogió un bollo, lo depositó en la bandeja que ella le acercó sin saber cómo y se dirigió a la caja. Pidió un café para llevar y se marchó. A Lin le quedaban quince minutos de jornada.

            Para su sorpresa él volvió al día siguiente. También al otro y al otro. Le veía desde hacía un mes. Él no la veía a ella. Estaba segura que jamás había reparado en su presencia. Podía ser ella o cualquiera otra con el uniforme negro y la cofia blanca. Él repetía todos los días el estudio de los mostradores, pero acababa siempre comprando el mismo bollo. En alguna ocasión ella se había sentido tentada de sugerirle su pastel preferido pero sabía que era incapaz de dar un solo paso hacia él.

            Él no era como los demás. Era un hombre hecho y derecho. Tendría cerca de treinta años y era evidente que no estaban al mismo nivel. Sus trajes, sus maletines. Era un hombre culto, con un trabajo serio. Soltero, eso sí. Se había fijado bien. Pero ¿y ella?. ¿Por qué habría de fijarse en una pobre chica de veintidós años como ella?. Había tenido que dejar sus estudios, aunque le encantaban, para poder mantener su mini casa en un hutong sin nombre, a su madre y a ella misma. Tras la muerte de su padre y hermano, en aquel tren maldito, su madre había entrado en un letargo y pasividad absoluta. A ella también la ignoraba.

            No había recibido las ayudas prometidas por el gobierno pese a que había cumplimentado todas las instancias y solicitudes posibles. Y no podía permitirse perder los únicos metros que ella tenía como hogar. Esa casa no era nada, pero era mucho y tenía que mantenerla. Por ello, se vio obligada a coger dos trabajos continuos.

            Veía pasar a las chicas de su edad por la cafetería, por la calle. Las veía vivir. Poco o mucho, vivían.

            Con todo, sabía y era consciente de que él estaba fuera de su alcance. Porque, aunque fuera otro tipo de chica, de esas que no tienen vergüenza ni miedo a nada o de esas capaces de conquistar a cualquier hombre con un movimiento de pestañas. Aunque fuera de esas, Lin no tenía tiempo para él, ni para intentar aproximarse a él.

            Había tenido como un triunfo aprobar el examen para el Templo. Se había sentido resuelta al ser capaz de combinar dos trabajos. Había conseguido aquellas metas. Pero, ¿Y ahora qué?. ¿Aquello era todo?. ¿Así sería siempre su vida?.

            No había nada que pareciera indicar que algo iba a cambiar. No podía abandonar a su madre. No podía perder la casa. En definitiva, no podía permitirse el lujo de dejar de hacer lo que hacía. Si tenía un momento tenía que ser o para comer o para dormir. Incluso a veces tenía que optar por una u otra alternativa. No podía ver la tele, la vendió. No podía leer, ni viajar. No tenía ni tiempo para ver a sus amigas a las que ya consideraba perdidas.

            Sin embargo, tenía tiempo para pensar en él. Tenía tiempo para dejar volar la imaginación con él. De soñar que paseaban de la mano por una gran avenida franqueada de rosales o por mitad de un desierto. Con él. ¿Por qué parecía tener tiempo para eso?. Soñar era libre y gratuito, sí. Pero se sentía tan ridícula, tan tonta. Deseaba hacer volar y desaparecer todos esos absurdos pensamientos antes de que se convirtieran en sentimientos. Y dolieran.

            Pero dolían ya. No era el cuello, era su pecho que la oprimía. Se incorporó asustada al comprobar que las lágrimas caían por su rostro. Se sentía tan desgraciada. Miró alrededor. No había nadie y sus compañeras seguían durmiendo. Tenía que recuperar la compostura, se jugaba mucho. Se jugaba la única vida que conocía.

 

Jaipur, 19 de octubre de 2012.

Noche loca de tos. No digo más. Si he dormido algo he debido soñar con monos.
A las siete en punto abren para desayunar y allí estamos nosotros. Los únicos. Tortitas con miel hasta arriba. Con fuerza pese a todo porque esta ciudad nos va a gustar.
Nos despiden con música y atravesamos con el coche toda la Ciudad Rosa, old city, haciendo fotos a la famosa fachada del Hawamahal.
Ha sido semana de festivales en la ciudad y nos encontramos con que no podemos dar la vuelta por el fuerte y la muralla con elefantes. Sí, hoy también vemos elefantes por las calles. Aquí vale todo.
A falta de elefantes subimos con el coche hasta el Amber Palace. Del periodo medieval, pero estilo indio, nada que ver con nuestro medievo. Es enorme y con vistas espectaculares al río y a la muralla que cruza las montañas. Nos recuerda a la de China, aunque imaginamos que sin su longitud, no se la ve acabar por ningún lado. Nos deleitamos con el palacio porque podemos acceder a todas sus estancias y dejar volar la imaginación. Subimos a las torres, cruzamos patios, pasamos por las letrinas de antaño, por los baños turcos (en aquella época ya los tenían), por las habitaciones de las damas y descendemos por los pasadizos que conducen a sus habitaciones desde el lado masculino. Cuidado con las cabezas y mejor no mirar hacia arriba si no te molan mucho los murciélagos. Muy entretenido, preciosa y delicada decoración, además de bien conservada. A la salida se avecina ya un tropel de gente. Incluso salir del parking resulta complicado.
De ahí vamos al City Palace de Jaipur. En comparación con el anterior nos gusta mucho menos. Esa es la verdad. Aún así nos lleva su tiempo. Hay un patio interesante con cuatro puertas espectaculares en relieve y color. En todos los muros están repasando el color rosa y el blanco de las falsas ventanas. Eso está bien. Visitamos el coffe Palace donde hay fotos de Lady Di o el presidente Clinton como ilustres visitantes. Éste último también estaba fotografiado en nuestro hotel. Comenzamos a pensar, irónicamente, que también deberían poner nuestra foto. Al menos en honor a los turistas que, con menos días, más les está cundiendo.
Salimos de ahí y nos aventuramos a cruzar una plaza y una calle para llegar al Jantar-Mantar. No nos abordan demasiado y para los que se atreven nos hacemos los distraídos contemplando los monos que trotan sobre el muro del edificio. Un edificio realmente singular ya que se trata de un observatorio de los cinco que mando erigir el Maraha Sawai en el siglo XVIII. Está construido en piedra y mármol. Consta de distintos elementos gigantes (el acceso por escalera está prohibido)que les permitían estudiar la astronomía, controlar la hora, las estaciones y constelaciones de cada signo del horóscopo. Es curioso y particular. Sin embargo el edificio tiene pocos espacios de sombra y el sol aprieta ya demasiado como para perder tiempo.
Decidimos que es hora de marchar para Delhi. El conductor intenta llevarnos a un mercado textil pero tantos días de viaje no nos dejan margen para regatear dinero en telas. Queremos descansar pues nos espera un largo viaje de regreso con escala en Helsinki.
Este viaje se despide aquí pero la autora a la vuelta repasará notas y datos por lo que, seguramente todo se volverá a actualizar. Eso sí, cuando cure el dichoso catarro. Bye bye

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Templo de los monos

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Templo de los monos

Agra- Jaipur, 18 de octubre de 2012

Me levanto mal porque no descanso a causa de la tos en que me ha derivado el catarro. Poco ha funcionado el té, ni ibuprofenos ni paracetamoles. Sin embargo hay que seguir. Son las seis y media cuando bajamos a desayunar. Dado que aconsejan visitar pronto el Taj Mahal vamos bien. El desayuno no es muy bueno pero ya que no lo teníamos incluido y nos invitan poca queja por nuestra parte.
El hotel está cerca de donde se venden los tickets. Allí unos autobuses te acercan al monumento ya que los vehículos no están permitidos. Vemos unos puestos de venta de recuerdos pero te abordan en que te ven y de tan pesados que se ponen se te van las ganas de mirar y comprar. Así qué vamos directos a la entrada. Control para mujeres y para hombres en distintas filas. Yo no llevo nada y mi acompañante sólo la cámara. Hasta los móviles están en el hotel para evitar filas de custodias. No tardamos en entrar y somos de los primeros. Los hindúes entran por un lado y nosotros por otro pero al final todos nos mezclamos( como debe ser) durante la visita.
El Taj Mahal está rodeado por cuatro puertas y muralla que hace de fortaleza al monumento al amor. Del Maraha a su emperatriz. Cuando accedes por una de ellas (todas de piedra rojiza) y vislumbras su blanca y brillante silueta no puedes más que detenerte a cada paso a contemplarlo. Es bellísimo. Todos pretendemos captar con la cámara su reflejo en el agua del lago que lo antecede y la luz del sol por ahora nos lo permite. El paseo hasta allí no deja desviar la mirada más allá de los cuatro minaretes que lo encuadran. A sus pies nos descalzamos para subir por las escaleras. No es un templo sino un mausoleo en la actualidad donde descansan los amantes pero es la costumbre y hay que respetarlo así. La sensación de pasear descalza por el mármol es más que agradable, no quema sino que refresca. Me encanta.
Fotos por doquier desde todos los ángulos. Vista al río medio seco y al fuerte rojo y paseo por las capillas y habitaciones adyacentes. Entramos al minimuseo cuando lo abren a las nueve. Poco que ver. Algún retrato de la pareja, por separado eso sí. El Maraha me parece un hombre muy atractivo. Intento imaginar su historia de cuento durante unos minutos mientras las ardillas corretean entre mis pies.
Tras disfrutar de la visita decidimos el regreso para salir pronto a Jaipur. Cuando llegamos a la puerta la fila para acceder es de campeonato y nos congratulamos de nuestra madrugada. Para celebrarlo decidimos entrar a un puestecito y comprar dos elefantes minis y una réplica del Taj Mahal.
El conductor de un autobús de otro hotel nos acerca gentilmente al nuestro donde hacemos el check out y nuestro chofer ya nos espera para emprender ruta.
La carretera a Jaipur desde Agra es buena, para lo que es aquí una carretera, y nos deleita con un paisaje más verde y rico en colores.
De camino el conductor nos sugiere visitar Sikri. No tenemos idea de lo que es así que nos dejamos guiar. Debe dejar el coche en el parking y nosotros subir a un autobús que lleva a la montaña. Me aborda un vendedor y cuando ve que soy española llama a otro chico más joven. Este me cuenta que estudia español en el instituto Cervantes y que ayuda a su padre en la tienda. Le prometo pasar por su puesto cuando vuelva. Estoy segura que me estará esperando. Llevo un pañuelo naranja que además le facilita las cosas. Entre la confusión de unos turistas alemanes nos colamos en su autobús sin pagar el billete. Hay mucha afluencia de gente así que debe ser importante este sitio. Me da pena haber llegado tan desinformada pero entre el tiempo que ha pasado desde que reservamos todo, los días del viaje y que no contábamos con poder ver muchas cosas, la India me está sorprendiendo a cada paso.
Cuando llegamos arriba al bajar del bus nadie nos pide billete. Sacamos los tickets del lugar. Palacio, fortaleza y mezquita al menos. Lago incluido. Muy bonito pero el calor causa estragos. Además hay muchos vendedores ambulantes que no aceptan un no por respuesta por muy educado que lo des. Llegan a agobiar bastante. No dejo de pensar que venderían el doble o el triple si cambiaran la táctica y nos dejaran ver lo que ofrecen con tranquilidad. Pero no veo fácil explicárselo. Para el acceso a otra parte del enorme complejo hay que descalzarse. Hay tanta gente que prefiero llevar los zapatos en la mano. Antes de entrar cedo ante un niño encantador y le compro por cuatro duros un montón de bolis muy chulos. Los escondemos con rapidez o seremos presa fácil de los demás. Todo lo que vemos nos gusta pero el calor hace mella en nosotros y decidimos regresar. Cogemos otro bus fuera. Hasta allí me acompaña el niño al que le he comprado los bolis. Me esperaba para ofrecerme más souvenirs y para pedirme mi reloj. Va a ser que no. Qué majo es. Nos despide cariñoso cuando sale el bus. Coincidimos con cuatro personas de Barcelona y todos nos congratulamos de volver a oír castellano. También van por libre pero hacen el camino a la inversa. Ellos van a Agra y nosotros hacia donde ellos han estado. Nos informamos de ambas ciudades unos y otros y nos deseamos buen viaje. Al llegar abajo sí que nos piden el billete y distraídos decimos que ya se lo hemos dado a otro. No se organizan, no se enteran. Me espera el chico de antes y cumplo mi promesa. Visito su tienda. No me gusta nada. Unos posavasos de mármol demasiado caros así que nada. Me disculpo, España está en crisis.
Paramos a comer por el camino. Esta vez sí tenemos hambre. Pido otro tipo de pan, de queso. Uhmmm, me encanta el pan indio. Lo acompaño de un arroz con huevos. Y lo compartimos con un sándwich de pollo. Perfecto.
El resto del camino a Jaipur transcurre cayendo sobre mi el cansancio del catarro mal curado que no me deja dormir ni una noche. Aún así estoy orgullosa de estar disfrutando del tour. La vuelta a España será dura y prefiero no imaginarla.
Ahora en la carretera a las vacas se unen los camellos. Muy grandes y tranquilos. Y las montañas.
Nuestro chofer es de Jaipur y nos dice que antes de dejarnos en el hotel nos va a llevar a ver algo. Nos miramos curiosos.
Sorpresa al tomar lo que parece un atajo. No lo es. Subimos la montaña por un estrecho camino rodeado de vegetación, vacas, camellos y pavos reales.
Al llegar nos encontramos un conjunto de edificios abandonados entre la montaña que se estrecha y los encierra. Una vaca nos recibe en la entrada. Varios hombres juegan dentro a algo. Todos visten togas naranjas como si fueran budistas. Les damos cincuenta rupias a cambio de echar fotos del Templo de los Monos ( pronto descubriremos por qué). Todo está abandonado y nos queda claro que esta gente son okupas. Los restos de esta fortaleza o palacio nos maravillan. ¿Cómo pueden permitir esto?. El conjunto está abandonado a la naturaleza que se le apodera. Unas escaleras sortean la montaña hasta lo alto desde donde se contempla todo Jaipur. Me cuesta decidirme a subir. Hay monos por todos sitios. Paredes, tejados, ladera de montaña, árboles y fuentes.. Es su templo. Es la ciudad de los monos. Agarro con fuerza el móvil por miedo a que me lo arrebaten. Otras cuatro personas descienden de arriba. No del todo solos entonces, decidimos subir entre monos. Las madres monas cogen a los más pequeños. Pienso entonces cuántas veces les habrán sido arrebatados sus hijos y recuerdo al hombre que llevaba atado uno para ofrecerlo a los turistas. Hacen bien entonces de protegerles. Los machos más grandes pasan despacio como haciendo guardia. Uno de ellos reacciona no muy bien al alzar la voz. Intentamos ser cautos, son mayoría. Me siento como en una escena de la peli «Yo soy leyenda». Empieza a anochecer y nosotros a descender.
Llegamos todavía alucinados a Jaipur. Esta es una ciudad también caótica pero con calles más organizadas y un trazado cuadriculado. Nuestro hotel nos sorprende, sobre todo por el precio. Es el palacio más antiguo de Jaipur. Y todo lo que contiene debe ser de aquella época. Nos dan una habitación vieja pero encantadora y nos sentimos marahas. Aunque yo aún veo monos por todas partes. Ducha y a cenar. Como les lleva tiempo salimos a ver un espectáculo de marionetas indias. Lo lleva un padre y su hijo. Somos los únicos espectadores. Nos cantan y cuentan la historia, como un pequeño teatro. Esta será nuestra propina más espléndida. A los cuarenta minutos estamos cenando. Somos también los únicos. Nos preguntamos cómo mantienen el edificio, es una pena. Nos ambienta un hombre tocando, le insinuamos que no, preferimos algo de intimidad. Además me duele la cabeza. Consecuencia, se queda sin propina.
Fin de un día intenso, uno más en India.

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Desde el Fuerte Rojo

Delhi-Agra, 17 de octubre de 2012

El catarro sigue, no me deja ni a sol ni a sombra. Dejamos atrás nuestra habitación bolliwood y subimos a desayunar a la terraza del restaurante donde cenamos el día anterior. Café con leche, tortilla al gusto, tostadas, me anuncian el ginger té y me hacen un crepe de chocolate porque no me dejan coger salado picante para mi garganta. Dulce atención.
A las ocho y cuarto nos despedimos de la gente del hotel hasta el viernes y nos vamos con Anil camino del Minarete de Qutab. De allí partiremos a Agra. Nos cuesta llegar al minarete una hora de tráfico y caos. Ya no nos sorprende.
El monumento nos gusta, jardines, tumbas y la torre de ladrillo más alta del mundo según dicen. Ardillas corretean por doquier. Más pequeñas que en Londres pero igual de avispadas.
Sesión de fotos y al coche que hasta Agra hay unos doscientos kilómetros que traducidos a mala carretera, circulación desastrosa y compartir carriles con agentes extraños se traduce en unas cinco horas.
La verdad es que vamos cómodos y como todo lo que vemos es nuevo e increíble se nos pasa el tiempo volando. Las mujeres están trabajando el campo, los hombres en los mercados o sentados por las calles. Los carriles se llenan de motos, bicis, vacas y carros. Los peatones se juegan la vida sin mirar al cruzar y los niños, muy pequeños, tocan nuestras ventanillas pidiendo lo que tú desees darles. Si das mal, sino también. Abriría la puerta y me llevaría una pequeña de tantas. Mi acompañante dice que no sería igual de feliz. Yo creo que le están robando su futuro, la vida. Las vacas, en tanto, pasan sin pedir permiso a nadie mejor alimentadas que los perros que vagan esqueléticos. Algunos han formado manada y se juntan diez o más. Eso les da más autoridad a la hora de pedir turno en esta vida de azar que les ha tocado en suerte.
En los túmulos de basura acumulada se reúnen todos; vacas, perros y niños. Cuesta entender la India, cuesta entender la vida.
De camino a Agra nuestro conductor nos dice de parar veinte minutos. Es un hotel/restaurante con tienda. Nos animamos a ver alguna cosilla de recuerdo pero nos parece caro. Tampoco tenemos hambre pues el desayuno ha sido copioso. En la puerta un hombre pretende que nos hagamos una foto con un mono. Me da una pena horrible el animal. Lo ha vestido de mujer y le ha pintado hasta los labios. Mientras sus congéneres se descuelgan de árbol en árbol. Ya en el coche viene otro con una cobra en una cesta. No, gracias.
A propuesta también del conductor y ya que vamos bien de tiempo paramos en el Mausoleo de Akbar en Sikandra que nos pilla de camino. No lo tenemos previsto pero en India nos movemos improvisando que tampoco está mal. El palacio nos sorprende. Nos informan que es más antiguo que el Taj Mahal. Supongo que aquí todo se compara con esa maravilla. Reconocemos que es precioso y ha merecido la pena entrar. Aprovechamos para ir al baño. En todos te pretenden cobrar algo aunque hayas pagado la entrada. Hacemos caso omiso. Además llevamos nuestro papel. Salgo admirando la piedra roja de los muros y puertas, sus relieves y un pasado glorioso perdido.
Agra es igual de caótico que el resto. El paisaje es siempre el mismo que ya he descrito. Ninguna casa sobresale, nada destaca por encima de lo que para nosotros es pobreza o miseria. Sólo los monumentos. Pero si ves algo más allá (y si miras ves) puedes reconocer quién prospera o que niño va al colegio. Incluso he visto a dos aventureras lugareñas en moto.
Quizá todo sea posible. Hay chicas muy guapas. Me encantan sus vestidos. Parecen todos iguales pero no lo son. La textura de las telas cambian, sus bordados y los complementos, cientos de pulseras y tobilleras. No se puede mezclar colores. Si es rojo, todo rojo, verde, todo verde… Y como mucho en gamas de un mismo color. Siempre llamativos.
Entre calle y calle divisamos el Fuerte rojo a nuestra izquierda y a la derecha se ve también el Taj Mahal. Nos dirigimos al fuerte y dejamos lo principal para mañana temprano. Además tenemos el hotel al lado. El fuerte es de una dimensión apabullante. Con razón decían que si veíamos el de Agra no merecía la pena ver el de Delhi. Es una fortaleza impresionante (de piedra y ladrillo rojo como su nombre indica) que se divide en Palacios, estancias y jardines. Desde allí la vista al Taj mahal es también preciosa. A ambos les separa el río de ancho cauce pero con escaso caudal. Apenas lo cruza una barquita y las vacas aprovechan para remojarse. Desde un tejado se descuelgan varios monos. Distintos a los vistos hasta ahora, más grandes y peludos con el culo rojo al aire. Estos no pagan entrada.
Bueno, al final se ha hecho tarde y hemos aprovechado el día. Llegamos al hotel muertos. Comprobamos que está cerca de la taquillas para mañana y subimos a la azotea a darnos un baño en la piscina. El calor de hoy ha sido sofocante. Más que piscina es una bañera pero se agradece. Reservamos en el restaurante de la misma terraza para cenar una mesa con vistas al monumento pero dudamos que lo iluminen.
Tras ducha y descanso subimos a cenar. Apenas se ve. Sólo se ilumina toda la azotea con velas y para leer la carta te proveen de una linterna. Efectivamente el Taj Mahal no se ve pero a cambio tocan música India de ambiente. Pedimos pan de ajo que nos encantó la noche anterior. Yo una sopa de tomate y lasaña no vegetal. El acompañante kabah (rollitos vegetales algo picantes con salsa) y una especie de guiso de cordero. Llevamos intención de compartirlo todo. Los precios no nos hacen idea del tamaño de los platos. La sopa rica. Mi lasaña es la más grande que he visto jamás y casi se sale del plato. Dos capas de espinacas(eso que no era vegetal) y otra de pollo. Tómate y queso. Buena pero sólo puedo con media, el pan y algún kabah (muy ricos). El guiso yo ni lo toco. De postre bolas de leche para él y yo el ginger té de rigor. Todo unos veinte y un euros. Propina a los músicos y a descansar.

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Más India

Nueva Delhi, 16 de octubre de 2012

Aterrizo malísima de nuevo con la garganta. He pillado un buen resfriado. Son las doce y cuarto de la mañana aquí y hemos llegada con extrema puntualidad. Comprobado que nuestros visados están en orden pasamos a recoger la maleta grande. Hay algo de barullo con unos japoneses a los que parece se les han extraviado equipajes. Cruzamos los dedos ya que no parece haber mucho orden. Tarda pero aparece. Mientras he ido a cambiar dinero. Por doscientos euros me dan doce mil setecientas rupias. No está mal.
Salimos buscando un cartel con nuestro nombre. No tarda en aparecer. Contratamos por internet, tras leer en los foros sus buenas referencias, con Anil. Ya nos anunció que a él no le veríamos hasta llegar a Jaipur. Parece que ha prosperado y tiene varios choferes a su cargo. Por doscientos cincuenta euros nos recoge y lleva al aeropuerto, a los hoteles y a los monumentos que queramos en las tres ciudades. El rostro del conductor es amable y no nos causa mala impresión. Un Toyota con aire acondicionado nos aguarda en el parking. Es cómodo.
La hora que nos cuesta llegar al hotel recorriendo la caótica Delhi nos lleva a la convicción de que hemos acertado. Son muy pocos días para ir por libre o movernos como en Pekín. Ahora nos parece que en Pekín conducen y tienen un tráfico maravilloso. Qué cosas. Empezamos a ver lo que es India. Es lo que queremos. Hay que ir más allá del arte o las ruinas o la religión para conocer la cultura y esencia de un pueblo.
Cuando llegamos al hotel apenas puedo hablar. Nos reciben atentos fuera y bajo a pedir un plano para explicar al conductor los monumentos que queremos visitar cuando pase una hora de reposo y acomodo. Cuando entro en la recepción sin dejarme hablar dos mujeres solicitas me hacen la reverencia namaste, me pintan un punto rojo en la frente y me cuelgan una collar de flores. Hasta qué concluyen no oso pedir el mapa.
Es un hotel de tres estrellas pero encantador. Nos dan una habitación superior a la reservada y dejamos en custodia la maleta grande ya que volveremos a Delhi el viernes.
Ir al Templo Akshardham nos lleva una hora de tráfico. Al llegar las medidas de seguridad son exageradas para todos. No se pueden hacer fotos ni entrar con según que cosas. Debemos dejar los móviles (oh, preciado tesoro)en custodia y separarnos entre hombres y mujeres para entrar. Me coloco entre dos monjas pero soy el foco de todas miradas, pese a que voy discreta la melena rubia y los ojos azules cantan demasiado. Soy el bicho raro. Cuando miro a la fila de los hombres dentro de una cerca vallada me viene una imagen extraña de campo de concentración nazi. Los de seguridad se toman su tiempo en examinar mi minibolso, el boli( que creo es lo que ha pitado)la cartera, el cacao de labios y esa cosa extraña alargada que sacan y examinan. Es un tampax. Al final puedo pasar. No todos lo consiguen y muchos deben volver.
Cuando nos reunimos comentamos lo exagerado de las medidas. Además hay que tener en cuenta que es un templo moderno, precioso eso sí, pero no nada que se deba preservar así. El recinto comprende varias zonas. La entrada es gratuita salvo una exposición que no visitamos. Se puede entrar al templo y pasear por parque y lago. Dejamos los zapatos en otra custodia. Yo voy lista con unos mini calcetines para estos menesteres y no soy la única. El templo está decorado hasta el último detalle sobresaliendo los monos, los elefantes y los budas. De hecho está dedicado a la vida de uno de ellos.
No nos entretenemos mucho porque queremos ver las Tumbas de Humayun’s tomb. El conductor dice que no llegaremos porque cierra a las seis. Nosotros hemos leído que a las siete. Insistimos cabezones, de Aragón. Llegamos a las seis menos diez tras haber perdido la cuenta del tiempo entre pitidos, atascos, cruces de peatones, bicis, motos y vacas. Esto es Delhi.
Efectivamente el conductor tenía razón porque en que se pone el sol se cierra. Aún así nos dejan pasar. La entrada doscientas cincuenta rupias. Aquí sí que podemos hacer fotos. El recinto del mausoleo es precioso, tanto los edificios como los jardines. Dicen que en esta construcción se inspiró el Tal Majal. Nos deleitamos del paseo y la tranquilidad que allí se respira sin excedernos ya que han empezado los rezos.
Ahora sí pedimos ir al hotel pues estamos reventados y yo cada vez peor. Nos cuesta otra hora cruzar la ciudad. Pondré fotos aparte porque es imposible describir esa marabunta de población, tráfico, locura y sensaciones.
Me alegro de volver al hotel. Desde qué he llegado se han preocupado por mi salud. Me entrego a sus consejos y tomo el ginger té con devoción. Subimos a cenar al restaurante de la terraza. Es tan encantador como el hotel y pese a estar mala, esta es la cena más especial del viaje. La atención de todos, el espacio acogedor que parece que sea un oasis en el desierto. ¿Seguimos en Delhi? . Sí, probamos vino indio, bueno, y unos tandori muy ricos. Hasta el pan hecho ante nuestros ojos. Mis trozos de pollo con queso y yogur son lo más bueno que he probado en mucho tiempo. De postre ginger té y a la cama. Mañana queremos ver el minarete y partir hacia Agra.

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Amanezco algo mejor de la garganta pero muy débil en general. ¡Justo en la semana que se suponía de mayor descanso!. No me importa. De cualquier manera hoy no llevamos intención de movernos de nuestro particular paraíso.
Bajamos al buffet del desayuno. Hoy selecciono zumo y fruta, noodles y pollo al curry, finalizando con un buen tazón de café y repostería variada. Como puede comprobarse el catarro no me ha hecho perder el apetito. Me puede la vista.
Parece que ha llovido por la noche. En teoría iba a ser una semana de tormentas e inestabilidad pero nos iremos de aquí con un bronceado exquisito. Está nublado pero las nubes aquí van y vuelven con una rapidez pasmosa.
Bajamos a elegir unas buenas hamacas lejos de la zona infantil y vecinas a la playa. Me doy mi habitual paseo y me encuentro la playa muy sucia. Restos de madera, muchas algas, botellas y hasta algún zapato. Me pregunto si los del resort vecino tuvieron juerga anoche pero parece que la suciedad se generaliza por todas las calas que paso. Limpian a conciencia. Es más probable que la causa haya sido la tormenta de anoche.
Paseando, como siempre, los pensamientos vuelan. ¿Cuánto hace que nadie nos habla en castellano?. Apenas hemos visto españoles en nuestro viaje. Es una sensación rara eso de acabar entendiéndote con escasas palabras en inglés pero demuestra que, si todos los interlocutores se esfuerzan, no debe existir nunca problema para comunicarse.
La mañana transcurre agradable. Es el único día que hemos sentido algo de viento y hay que reconocer que alivia bastante. De todos modos yo no saco mi cabeza de la sombra salvo para remojarme, ir al baño o a por agua.
Lectura, wifi y buena compañía. No se puede pedir más. Y charruqueando un poco de todo… ¡Susto monumental!. Giro mi cabeza al notar una presencia cerca. Un lagarto de metro y medio se acerca reptando a la orilla de la piscina. Pego un bote. Tiene un tamaño considerable, casi me ha parecido un caimán. Gracias a Dios de su boca no asoman dientes sino una lengua juguetona con el agua.
En esta zona sólo estamos cuatro personas pero al ver la intención del animal de darse un baño corremos a avisar al socorrista que poco puede hacer salvo avisar a los que están dentro. Al meterse en el agua la silueta del reptil se alarga y más que un lagarto ahora parece una anaconda. Su forma de moverse en el agua me resulta majestuosa. Lo contemplo divertida pero al levantar la vista(se está cruzando toda la enorme piscina) ha cundido el pánico. Sin duda es inofensivo pero sólo de imaginarme dentro y verlo aproximarse se me pone el vello de punta. Les entiendo. Una mujer sale despavorida con su hijo en brazos.
En fin, la anécdota del día. Cuando el animal se aproxima a un punto desde el que ve más vegetación, alarga el cuello y sale sigiloso desapareciendo.
Descansamos algo en la habitación y cogemos el autobús del hotel que deja en un centro comercial con intención de dar una vuelta y comprar algo para cenar en la habitación mientras preparamos tranquilamente las maletas. El aire acondicionado del centro es helador. Llevo chaqueta y pañuelo al cuello y aún así me resultan insuficientes. Damos una vuelta tiritando, compramos cuatro cosas y volvemos.
Dejamos pagada la habitación y encargamos un taxi para las seis y media del día siguiente. Nos anuncian que dejaran listo nuestro desayuno.
Efectivamente, al día siguiente todo procede según lo esperado. Desayunos para llevar(abundante que tomaremos con un café en el aeropuerto), taxi y facturación con Air India inmediata. Control escaso en el aeropuerto de Singapur.
El avión es muy pequeño comparado con las anteriores compañías. Huele a especias y a sudor. No está ventilado y morimos de calor hasta que se pone en marcha.
Nos dan de desayunar tortilla, patatas, salchichas y café/te con croissant. Siempre que cogemos un vuelo comemos el doble. Escribo, paracetamol e intento descansar.

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Singapur, 15 de octubre de 2012 y parte del día 16(vuelo a Nueva Delhi)

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Singapur 14 de octubre tocando el cielo

Singapur, 14 de octubre de 2012

Me he despertado cada hora pero al menos he dormido mejor. Sigo sin tragar muy bien y con sensación de cansancio. Sin embargo desayuno con gana y hoy retomo mis paseos matutinos por la playa. En la calita vecina hay bastante animación. Caigo en la cuenta de que es fin de semana y por lo visto son muchos los grupos de estudiantes que se acercan en excursiones hasta esta isla. Dados sus entretenimientos no me sorprende demasiado. Ahí los encuentro preparando una competición de voleibol y minutos antes uno de los encargados del hotel echaba de nuestra zona privada a un grupo rebelde que se había apartado a fumar a escondidas. Juventud, divino tesoro.
Nos colocamos por la zona de la piscina. El hotel parece tranquilo(salvo el típico maleducado que, o pasa o no lee las normas, y se mete con sus hijos en el jacuzzi) y las hamacas son mucho más cómodas.
Aguanto bastante bajo la sombra leyendo El ángel perdido mientras el acompañante se va a ver la fórmula 1 por internet y me subo a la habitación a descansar.
Decidimos salir de nuevo por la zona de la bahía. Buscamos la parada del metro que más nos aproxime a la zona que teníamos en frente cuando cenamos en el museo de las Civilizaciones Asiáticas. Se veía bastante animada.
Justo salimos del metro por esa zona. Hay casitas bajas de colores que contrastan con los rascacielos que las rodean. También barquitos que hacen excursiones. Y sobre todo lo habitual. Comercios y restaurantes. En cualquier caso se nota que es domingo y todo se ve muy tranquilo. Tras cruzar por la zona más saturada de restaurantes, ser abordados por todos camareros y alucinar con el tamaño de los cangrejos y bueyes de mar (descomunales), nos dirigimos a las callejuelas del distrito bancario. Quiero levantar mi cabeza entre tanto cemento y acero. Lo hago, el paisaje hacia el cielo es increíble. También el hecho de que no haya nadie por las calles. Parece la escena de una peli de ciencia ficción.
Buscamos ver algunos templos no muy alejados y no resulta difícil dejar atrás los rascacielos. No son miles y pronto contrastan con la vieja ciudad. El otro Singapur alejado de las oficinas, el estrés y los bancos. Tras un paseo desangelado(seguimos solos), vamos a ver si se puede picar en algo en Lau pa satt. Lo hemos visto por los foros como aconsejable. Inmediatamente me recuerda al mercado callejero de Pekín. Aquí hay todavía más variedad, indio, chino, tapas de singapur( como lo oyen o leen), tailandés… Agobiante. De repente me surge la necesidad acuciante de una simple hamburguesa. Curioso querer fuera lo que no tomas nunca en tu ciudad.
Por mi antojo volvemos a la zona de la bahía y encontramos un Mac Donalds donde una doble cheese burguer calma mi ansiedad y reposamos.
Damos otro paseo donde contemplamos como lanzan en un tirachinas gigante a varias personas que, para mi asombro, hacen fila y pagan por jugarse la vida. La cheese burguer se me revuelve de sólo mirarlos.
¡Qué casualidad!. Un centro comercial cerca de la parada del metro donde me veo casi obligada a consumir con algún trapillo… Parece que ver tiendas me sienta bien. Bueno a descansar y conservar esas imágenes de contrastes en la retina y en la cámara. Mañana es probable que no salgamos de nuestro paraíso cercano al hotel y al día siguiente partimos a Delhi.

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Singapur, 13 de octubre de 2012

Me despierto a la una y media de la madrugada horrorizada. No puedo tragar. Literalmente. ¿Cómo es posible que el cuerpo, tan sabio, no me haya advertido siquiera?. Vaya dolor de garganta. De repente también la cabeza. Paso la noche a duras penas despertándome cada dos por tres. Por la mañana a este catarro incipiente se le unen los dolores femeninos por excelencia. Vamos, en resumen, me encuentro hecha una caca.
Con esfuerzo bajo a desayunar y no paso de la hamaca de la piscina. Éstas son más cómodas que las de la playa. Veo imposible realizar mi caminata habitual por la playa. Casi todos días me recorro media isla por la arena pero estoy sin fuerzas. A la una me subo a la habitación a ver sí puedo dormir algo y entre paracetamol e ibuprofeno recuperarme para por la tarde. No puedo dormir porque no puedo tragar ni respirar y me sugestiono.
Pese a todo, zombie, a las cinco me visto para ir a ver Little India.
Bueno, qué decir. Barrio con pequeñas casitas coloniales, viejas y con población India. Como si estuviéramos en una ciudad diferente a la de ayer. Mucha gente. Entramos a Mustafa center. Al cambio cosas más caras que en España. Salimos raudos y paseamos por las calles principales donde abundan tenderetes y restaurantes típicos indios. Además parecen más seguras. Parece que regalen los relojes. Me pregunto si funcionaran cuando bajes del avión. Compro una funda para mi iPhone por algo así como euro y medio y visitamos el templo hindú más famoso de la zona. Más que satisfecha con lo visto hoy y dado que mi cabeza va a estallar imploro sentarnos a comer algo.
Entramos al restaurante Madrass. Muy típico y con algún occidental que otro por lo que es evidente que no somos los únicos que estudian foros y blogs. Tienen una pizza (India)vegetariana. La pido porque hace días que estoy con antojo de una. El acompañante pide un plato típico. Nos sorprenden con minis tarros de arroz, patatas, legumbres, pimientos y salsas varias. Se acompaña de unas tortas. Algo así como para que te prepares tu propio burrito o fajita a la mexicana. A fin de cuentas no están las cocinas de los países tan lejos unas de otras. Diecisiete dólares del país, menos de quince euros la cena. Todo rico, llenos en busca del metro y directos al hotel. Más ración de pastillas que me aseguren dormir y levantarme mejor. Dulces sueños.

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De noche 2

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De noche

Singapur 11 y 12 de octubre de 2011

No puedo llevar el ritmo de días atrás porque llevaría a engaño. Estos días en Singapur están siendo mucho más relajados y aunque, como os diré más tarde, ya conocemos la esencia de este país, no la cambiamos por nuestro hotel junto a la playa en isla sentosa. Creo que ya puse una foto.
No se piense nadie que hay que coger un barco para llegar a nuestra isla. No, nada más lejos. Como aquí tienen(y sino copian) de todo pues decidieron que no podía ser que no tuvieran playa y plantearon crear un entorno entre natural y ganado al mar en la misma ciudad. Por tanto aquí llegas fácilmente ya sea en bus o en un tren expres o funicular y pronto con el metro. Sino los resorts aquí instalados ponen un bus al servicio de los clientes y gratuito que les lleva al centro en veinte minutos. Es por ello que compensa gratamente verte en una ciudad como Singapur pero alojados en un pequeño paraíso.
Con este lujo hemos tomado la semana de otra manera y estamos disfrutando de playa y piscina hasta las tres más o menos en que nos descansamos y allá a las seis salimos. Salir antes con este calor es un crimen. Aunque tanto calor en la calle y tanto frío en los interiores nos va a costar una pulmonía.
El día 11 simplemente nos dimos una vuelta por la isla, de punta en punta puede recorrerse en un agradable paseo y ver todas las alternativas que ofrece. Para el que tenga niños (y dinero) esto es una maravilla ya que esta planteada toda la isla como un gran parque temático. Que no tienen olas se las inventan y pueden aprender hasta a hacer surf. Ver todo tipo de pájaros y monos. Jugar a piratas con barcos reproducidos a tamaño natural. Lanzarse con tirolinas de isla en isla. Alquilar bicis y similares autos. Hasta han copiado el parque Güell de Barcelona. Con eso lo digo todo.
Ayer día del Pilar y por tanto significativo para nosotros decidimos esforzarnos y salir. Tras una jornada soleada (anunciaban tormentas pero no hemos visto una desde que llegamos)salimos hacia el centro. Había que conocer la bahía. Nada mejor que ir en metro y al salir estirar y estirar la cabeza hasta, si no vas con precaución, romperte el cuello para contemplar los rascacielos. Y esta es la esencia, bloques de cemento altísimos de dispar diseño. Esto y el consumo. Lo miramos todo bien, foto, foto y más foto. De día no me convence mucho el paisaje para ser sinceros. Además el famoso edificio de tres bloques unidos en lo alto por lo que parece un barco me parece un atentado contra la naturaleza. El acompañante observa el trazado del reciente premio de fórmula 1 de Singapur. En fin, vamos paseando entre los puentes y edificios. Cuando llegamos al Hotel Raffles al que se puede acceder en parte tenemos la sensación de cambiar de ciudad por un momento. Estilo victoriano, muy colonial donde parece que se han alojado personalidades relevantes como Charles Chaplin, rompe con la ciudad moderna manteniendo intacto su carácter. Sólo el ayuntamiento o la catedral de San Andrews parecen seguirle. Por lo demás bloques y más bloques.
Decidimos cenar, pronto(llevamos horario anglosajón en todo), en Indochina. Un restaurante situado en el museo de las civilizaciones Asiáticas. Nos cuesta bastante pero nos lo permitimos porque es el Pilar, el día anterior tuvimos fast food y las vistas a la bahía son únicas. Probamos tres platos: unos rollitos vietnamitas (ricos), un carpaccio de ternera( tan extrañamente condimentado que no notas el sabor de la carne) y unos calamares a la brasa (deliciosos). Dado el precio del vino lo acompañamos todo con unos mojitos(decentes). Los camareros encantadores.
Último paseo por la bahía que al anochecer ha adquirido una belleza propia y única. Nos quedamos con ella.

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Chinatown

Singapur 10 de octubre de 2012

Apuntar que nada más llegar a este país te reciben con bolsa de bienvenida que contiene peluche, agua y mapa. Perfecto. Llegamos casi a las doce de la noche, entre ordenar ropa, ponernos al tanto con internet, estudiar las mil prohibiciones del país y alucinar con el hotel nos dan las tantas. Lo peor es que estamos desvelados, tanto que pese a las comodidades apenas pegamos ojo.
Amanecemos a las siete de la mañana, calor pegajoso y el sol pega como sí fueran las tres de la tarde en Zaragoza.
Bajamos a desayunar, comer o cenar porque allí hay un de todo que ni me esfuerzo en describir. Antes se entrar veo un cartel que prohibe hacer el mono. Me parece muy buena indicación porque hay cada uno… Ah no, me acerco y lo que se prohibe es dar de comer a los monos. Lapsus. Miro a los árboles y no veo ninguno aunque sí un lagarto enorme.
En fin, el hotel es increíble situado en isla sentosa(perfectamente unida al centro de la ciudad). La piscina, la playa y el relax a dos pasos de la ciudad más increíble del mundo. Los extranjeros optan por la piscina y nos dejan playa para nosotros. Esta sí va a ser una semana de vacaciones. Paso a ello, ciaoooo
Hola de nuevo. En este intervalo hemos estado horas en la playa alternando sol, sombra y baños. Sobre las tres descanso en la habitación hasta las cinco y media que pillamos el bus que pone el hotel para acercar a sus clientes al centro cada veinte minutos. No pretendemos mucho. Nos acercamos a Chinatown por dar una vuelta, muchas tiendas y restaurantes. Cenamos pronto en un vietnamita(ya tuvimos bastante chino en Pekín) y no resulta mal. El precio tampoco, al cambio ganamos algo y además no cobran comisión al menos en el hotel. Paseo y de vuelta. Aburrido hoy pero para nosotros estupendo. Hasta mañana.

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Pekín-Singapur, 9 de octubre de 2012

Ocho horas de sueño, descansada. El de al lado no tanto, parece que he respirado muy fuerte. (Por lo del derby del día anterior, tomaaaaa).
Tiempo justo para ducha, un buen desayuno y organizar maleta. Ahora interesa meter la ropa de verano en la pequeña y repartir entre todas el peso de las adquisiciones. Cerrar, cierran. Hacemos el check-Out y nos espera el taxi fuera. El personal del hotel ha resultado encantador ciertamente. Una sonrisa de despedida. El trayecto al aeropuerto se nos antoja un poco más largo y cuando vemos correr el taxímetro deducimos que nos está dando un rodeo interesado. Si a la ida pagamos 68yuanes por cuarenta minutos de viaje a la vuelta serán 100. Pues no, aún pretende cobrar más y cargarnos el peaje de la autopista. Va a ser que no, le damos 100 (13 euros) y va que chuta el muy jeta. Nos da las maletas de mala gana.
Sin problema en el aeropuerto ni con el embarque. Salimos en hora.
Allá vamos Singapur.

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Pekín, 8 de octubre de 2012

Ver el derby barsa-madrid desde China con seis horas de diferencia y poniendo el despertador en la madrugada es lo que tiene. Ni duermes tú ni el/la de al lado. Me levanto a las seis y media de la mañana, escribo lo acontecido el día anterior me tomo un ibuprofeno y me acuesto de nuevo casi a las ocho pensando sólo en relajar la espalda pero me quedo frita.
Amanecemos sorprendidos a las diez y pico de la mañana, ha pasado la hora del desayuno así que ducha y en busca de la bakery de la avenida donde todos días al pasar nos hemos quedado embobados mirando los pasteles y bollos.
Nos lo tomamos con calma, hoy es un día de «free» paseo o improvisación porque, en verdad, hemos visto ya todo lo que aspirábamos ver. Decidimos ir a ver andando el Templo de Confucio mientras vamos haciendo memoria de la película que contaba su vida. Nos sorprende de camino encontrar unas calles y hutongs bastante animados e incluso podríamos decir algo orientados a lo occidental. Se nos pasan las horas de tienda en tienda picando detalles. Busco una funda para el iPhone que vi en el primer mercado pero no hay forma. Y como soy de ideas fijas pues nada, esa o nada. Se ven varios negocios dedicados al budismo pues no muy lejos se encuentra el segundo templo de Lamas más grande de China tras el del Tíbet. Llegamos al templo de Confuncio de similar diseño a los ya conocidos. Su interior nos deleita con detalles de su vida y hazañas. Me sorprende que se trate como un dios a alguien que no dejo de ser un gran filósofo y pensador en su tiempo. Pero así es. Multitud de colgantes se ofrecen ante su estatua. Hacemos bastantes fotos de las figuras que representan al maestro y sus discípulos. «No hagas a los demás aquello que no querrías para ti mismo».
Cuando salimos del templo nos aventuramos, buscando la Torre de la Campaña, en los hutongs. No tenemos hambre porque hemos desayunado tarde así que de tienda en tienda seguimos curioseando. Andamos hoy muy relajados y en cierta manera descubrimos una ciudad distinta a la de días anteriores. Ya no nos llaman la atención los sonidos de claxon, ni el tener que sortear las motos o bicis. Cruzamos las calles con la misma seguridad que ellos, comenzamos a actuar de forma similar.
A las cuatro de la tarde el estómago nos pide un bocado. Entramos a un burguer porque, tras la cena de ayer, necesitamos algo distinto. Antes echamos una foto al último negocio de moda aquí: los churros. Mi hamburguesa exquisita, la del compañero que era de pollo sigue sin saber a pollo aparte de consistir en un troceado extraño. Me pido un vino blanco valenciano y tenemos wifi. Por mi perfecto, me pongo al tanto de todo con las chicas.
A lo que salimos y llegamos a la Torre de la Campana la encontramos cerrada. Bueno, aparentemente no nos perdemos mucho.
Cogemos un taxi para ir al mercado de Yashow. Hemos cogido practica con el regateo. Mi chico arrasa con todos sus objetivos, cazadora, zapatillas deportivas, camisetas… Yo sigo buscando el bolso que vi a la chica del avión. Hay una planta entera dedicada a bolsos pero no lo veo. Cuando ya empiezo a desesperar allí está. Lo miro con disimulo como quien ve algo, de forma casual, me agrada pero que no se desprenda la idea de que es lo que quiero. Lo huelo. Todo piel, esta perfecto. Le quedan dos. La mujer del puesto parece dura. Me indica que es de muy buena calidad. Empieza pidiendo 900 yuanes. Yo le ofrezco 100. Se indigna, se escandaliza. Me ofrece por 100 todos gucci, louis vuitton.. que quiera. Pero yo no quiero marcas, quiero ese que, además es bueno. Baja a 800. Yo subo a 150(veinte euros) porque me gusta. Me dice que imposible. Le doy las gracias y me voy. Me persigue por varios puesto y baja. Hasta 300, dice que menos pierde dinero. Seguramente sea así. Es mi único capricho así que asciendo a 200 y le informo de que España está en crisis y no puedo darle más. Ambas nos lloramos. No hay acuerdo, me voy. Me persigue. Ok 200. Acuerdo final. Le fastidia bastante pero es probable que sea el único bolso que vende en toda tarde. Cuando le pago intenta sacar 20 más. No cedo. Ya es mío. Ahora a descansar al hotel y salir a cenar para estrenarlo. Me muero de ganas.
Encontramos de casualidad(ya que no era nuestra intención pasar por esa calle)un restaurante muy mono con sillas de bambú y camareros serviciales al extremo. Miramos bienes fotos de la carta para no errar. Mientras pido una botella de vino. ¡Oh!. Sorpresa, debo ser la primera cliente que pide vino. Se arma un pequeño revuelo. Me traen la botella y compruebo que se corresponde con la que he elegido. La dejan en la mesa y sigue el revuelo. Mientras ya hemos elegido. Rollitos primavera, arroz con piña y gambas picantes. Levanto la vista y veo a dos camareros jugar con un abre corchos. Entiendo el problema. No han abierto nunca una botella de vino. Son chicos jóvenes, quizá el restaurante lleva poco tiempo. Aparece un señor sin uniforme que coge el abre corchos con cierta confianza pero yo no las tengo todas conmigo. Estoy a punto de pedir que me dejen abrirla a mí, pero parece feo. Intentamos no reírnos de la situación. Llegan tres a la mesa con el abre corcho en la mano cual espada.
Les sujeto la botella(la veo en el suelo). Les indicamos como podemos. No saben quitar el plástico que no sería necesario. Nos sigue pareciendo mal solucionar el problema nosotros. Se van los tres con la botella a la barra del bar. Movimientos y gestos desde lejos y gritos de triunfo. Alzan la botella y nos la traen entusiasmados. Sonreímos con ganas. Y además los platos exquisitos. Hoy sí, un diez para el cocinero. Vuelta de paseo romántico y a preparar equipaje para mañana. Bsss

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Pekín, 7 de octubre de 2012

Amanecemos dando gracias de haber puesto la alarma porque, de lo contrario, no hubiéramos llegado a la recepción a la hora concertada. Desayunamos controlando la hora, abundante, y preparamos unos sándwich para la escapada.
A través del hotel hemos reservado un taxi (al cambio mejor opción que una excursión en bus) para ocho horas. Tiempo suficiente para salir de Pekín y ver la Gran Muralla desde Mutianyu y luego ir al Palacio de Verano.
La recepcionista se esfuerza en indicar correctamente los destinos al conductor que, por supuesto, sólo habla chino. Pero nos da buenas sensaciones y así resulta. A las diez de la mañana, tras hora y media de viaje, nos deja en el tramo concertado de la Gran Muralla, apenas hay visitantes en Mutianyu o somos de los primeros. Está la opción de subir andando hasta la torre 14, zona de acceso. Pero la descartamos porque el tiempo apremia. Tomamos el funicular. Desde allí nos maravillamos con el paisaje y comprobamos nuestro acierto. Lo que vemos ya en el ascenso nos impresiona. Es algo increíble, no artísticamente desde luego, pero sí como construcción. Nuestra vista se pierde intentando seguir la serpentina imagen de la muralla atravesando las montañas pero no tiene fin, ni a uno ni a otro lado. Hay gente pero no mucha. Andamos un tramo dejando el sol a nuestra espalda y aprovechamos para hacer fotos espectaculares. Intentamos lo mismo al otro lado de la torre 14 pero el sol de frente perjudica la idea. Este tramo es de bajada. La gente sube sudando y jadeando. ¡Imaginemos ahora como subirían los constructores o sus bestias de carga!. Disfrutamos un rato más y descendemos, sabemos que en el palacio de verano perderemos tiempo. En el descenso tras el funicular te dirigen por un estrecho pasillo a los parkings. a ambos lasos los puestos ambulantes te acosan para que compres. mi acompañante regatea hasta obtener una camiseta de la Gran Muralla, yo no tengo ánimo de regateo, me agota. En el punto indicado encontramos a nuestro conductor. Cruce de sonrisas (poco más se puede dialogar) y para el coche.
A la vuelta como a la ida, vamos contemplando el panorama de vida. Este día, sin duda, más relajado que los anteriores nos permite caer en ciertas reflexiones. ¿Qué queda de aquella cultura?. ¿En qué ha convertido el comunismo a este país?. No hacemos más que ver Palacios en dónde la naturaleza, el agua, quedan integrados con la vida y la rutina en comunión perfecta. Pero ellos han perdido todo eso. Viven o en la miseria o en moles de cemento que rompen el paisaje, verdaderos hormigueros. Han perdido la sonrisa de los dibujos. No se abren al exterior, ni les dejan, se encierran en ellos y no contestan ni a los saludos. Engrandecen un pasado que parecen han olvidado. ¿Hasta cuándo?.
Llegamos al palacio de Verano en torno a las doce. Patrimonio de la humanidad. Podríamos pasar allí el día entero pero quedamos(garabateando en un papel)que nos recogerá a las tres.
Se trata de uno de los mejores conservados Palacios imperiales(residencia de verano como su nombre indica) de toda China. A tener en cuenta que fue reconstruido tras los saqueos de las tropas francesas e inglesas en mil ochocientos y pico. ¿De ahí que Occidente es la culpa de todos sus males?. Si nos paráramos a repasar los españoles nuestra larga lista de invasiones… En fin, de todo se aprende y queda algo bueno.
El Palacio es un conjunto de edificios, parques y lagos (el agua ocupa las dos terceras partes del recinto) que impresiona por su belleza. La arquitectura, los colores, todo es original y contrasta con lo que hemos conocido hasta ahora. Transmite una idea de paz y relajación pasear por aquí que se pierde por la marabunta de turistas. Casi todos chinos, una vez más. Sólo en la gran muralla hemos encontrado más occidentales. Excursiones que iban de propio hasta allí. Varios son los caminos para elegir pero con acierto vamos por la derecha. Tras ver algunos edificios aparecemos en el corredor paralelo al lago, qué bonito es, kilómetros de corredor. Lo seguimos hasta la altura de la torre del Buda que nos desviamos y por seguir a unos chinos por un camino alternativo a las escaleras normales casi me mato( no soy yo muy hábil en la escalada). Vistas alucinantes desde allí. El Buda es la figura conocida a la que le salen tantos brazos. Decidimos comernos el sándwich en un porche bucólico bajo la torre antes de emprender el descenso. Desechamos la idea de recorrer los parques de la colina y seguimos por el corredor paralelo al lago viendo edificios y galerías y mucha naturaleza. Mientras el lago se llena de barquitos que se alquilan. Otras mayores con forma de dragón lo atraviesan en los puntos claves. Está claro que sí queremos llegar a tiempo tendremos que cogerlo en algún punto. Como digo es un recinto en el que se podría pasar uno el día entero. Llegamos hasta el barco de mármol, precioso. Allí tras el barco el lago se cubre con flores de loto. Lo visitamos y cogemos el barco para llegar a una isla central que se une con un bello puente a la parte que, más o menos, nos llevara a la puerta donde hemos quedado con el taxista. Y allí lo encontramos tras tres horas en el Palacio. Regresa a Pekín pitando( con el claxon, esto es literal, pintan sin parar ni respetar a nadie). Volvemos encantados al hotel con la jornada de hoy. Llegamos sobre las cuatro y nos da tiempo a descansar, cosa que hasta ahora no habíamos hecho.
Tras una ducha reponedora salimos sobre las siete de la tarde a recorrer nuestra vecina calle de Dongsitiao. Resulta ser una zona bastante ambientada de tiendas y restaurantes. En una tienda parece que regalen pares de zapatillas Adidas pero nadie se esfuerza o quiere que estos dos occidentales se lleven algún par. Salimos sin saber sí era un dos por uno o qué. Ahí se quedan montando sus looks imposibles. No he visto a gente con tan poco criterio a la hora de vestir como los chinos. Sacamos dinero y recorremos un poco más hasta que el hambre nos aprieta. Optamos por cenar en un garito de bambú que parece nuevo y muy cool. La especialidad son los pinchos. Los hay de todo tipo. Pedimos unos de pollo, otros de champiñones y unos fideos. Nos traen un pincho de pollo en vez de una bandeja como en la foto. Parece que no nos entendemos con el «uno» ni aún con el dedo. Al final pido nueve, son pequeños. Craso error pedir más sin probar el que había llegado. No sabe a pollo, sabe raro y no nos gusta. Los fideos llegan, son fríos y picantes. Mal vamos. El de los champiñones, uno llega, no está mal pero sabe a producto marino. No tienen vino, pido una cerveza del país sin gustarme demasiado la idea pero no está mal. Volvemos a pedir, arroz de soja y un pinchito de carne que en la foto parecen unas albóndigas. Sólo uno desde luego. Llega, lo contemplo, llamo al camarero y le digo mostrándole la foto de la carta :¿esto es esto?. Me entiende, sí es eso. Sabor indescriptible, a víscera, malo.
Y llega el arroz. Nuestra salvación. Plato abundante y buenísimo, el mejor que hemos probado hasta hoy. Calmamos las tripas. El resto del restaurante come con ansia pinchos y pinchos, también ostras. Ahí ya no hemos arriesgado. Sale todo por unos ocho euros. Como no hay postres en ningún restaurante, de ahí ese tipín que conservan, paramos en una cafetería a pedir un chocolate caliente y bollito. Nos abrasamos las lenguas y volvemos al hotel. Fin del día.

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Pekín, 6 de octubre de 2012

He dormido como una marmota nueve horas. Mi compi algo menos está envidioso. Bajamos al buffet del desayuno con poca expectativa pero nos sorprende gratamente. Hay de todo, fruta, salado y dulce. Comemos sin moderación.
A las ocho ya estamos camino de la Ciudad Prohibida. Vamos a la entrada norte que era donde ayer vimos pasar a la gente. Pero como estos chinos son tan peculiares a días cambian el sentido de la entrada y resulta que se hoy se entra por la sur. Hablamos de una distancia considerable así que para aprovechar el paseo hasta allí entramos en el parque vecino de Jingshan que tiene un palacio muy alto donde tener buenas vistas de la ciudad. En el interior hay gente bailando, haciendo taichi… Todo está lleno de chinos. Sé que me repito pero es que apenas hay occidentales. Me parece curioso.
A la salida del parque se nos ofrece un triciclo de estos turísticos a llevarnos a la plaza Tiananmen por tres yuanes. Nos parece muy bien porque podemos ver dicha plaza y entrar por la puerta sur de la Ciudad Prohibida. En vez de tomar la calle más razonable para ir a la plaza nos introduce muy simpático por las calles de un Hutong vecino e intenta vendernos algún otro tour(de los pocos que tienen nociones de ingles).Le decimos que no y sugiere que el trayecto a la plaza ahora, de repente y misteriosamente, no son tres sino trescientos. Montamos en cólera, él se hace el valiente quizá porque cree que no queremos parar en medio del Hutong. No tenemos miedo, nuestro hotel está también en uno. Nos bajamos y allí de queda. Al menos hemos avanzado mitad de trayecto.
Por fin en la ciudad perdida. Compramos entrada y antes de entrar vamos a ver la plaza. El gentío y el tráfico es desmesurado. Nada bonito que ver como imaginaba y volvemos a la Ciudad. El recinto del mundo donde más Palacios hay. Eso sí y siguiendo la impresión del día anterior, visto un palacio, vistos todos.
En cualquier caso, son bonitos, originales y rodeados de parques y lagos bien cuidados. Así qué llevamos ya unas trescientas fotos. Nos cuesta ver, más o menos todo, una hora y media. Tras la experiencia con los triciclos (moto disfrazada), esta vez cogemos un taxi con taxímetro en marcha y sin problema vamos a parar al Templo del Cielo.
Este de recinto es también enorme y nos gusta mucho más que los otros. La aglomeración de visitantes es menor, los jardines espectaculares y también el templo en sí.
Acabada la vista de templos nuestra idea es pasar a los mercados. Por cercanía vamos primero al de las perlas haciendo un paròn para descansar y comer algo.
El restaurante es muy mono. Probamos el arroz( con los palillos peor que los fideos) y una especie de sartén con pato picante. Nos gusta aunque el pato lleva excesivos huesitos.
Recuperada energía encontramos el mercado de las perlas. Resulta ser un edificio con escaleras mecánicas y todo. Parece ser que, tanto este como el de la Seda, se trasladaron hace unos años de las calles a los centros comerciales. Se vende lo mismo pero, sin duda, ha perdido encanto. Aquí sí vemos más turistas y todo muy tranquilo, nada saturado. Yo busco un bolso en particular, sin marca( pero de piel y con colores muy originales) que vi a una chica en el avión pero no lo encuentro en ningún puesto. Cuando lo hago la chica no me baja el precio tanto como me gustaría así que desisto. No lo vuelvo a ver en todo el día y paso las horas acordándome de no haberlo comprado. Decido que comprare también unas gafas de sol y una funda para el iPhone, pero no aquí, estamos sondeando. En este mercado sòlo caen tres figuritas de los guerreros de Xiam, de recuerdo. Venden de todo menos las últimas plantas dedicadas a las perlas. Pasamos, ni entendemos ni queremos.
Pillamos otro taxi, más barato y seguro, y vamos al Mercado de la Seda. Otro centro comercial quizá más centrado en ropa. No veo el bolso, sniff. Compro unas gafas, de imitación, por unos diez euros, un chaleco para mi sobri y el acompañante ropa interior, calcetines y chandal de imitación. Casi las ocho de la tarde, muertos. Nos hacemos unos masajes de pies a buen precio, lo merecemos y pillamos un taxi para el hotel. Se niega a poner el taxímetro dando una cifra desorbitada y no estamos ya para regateos así que le dejamos y cogemos otro. Este sí, hogar dulce hogar. Reservamos un coche para ocho horas que queremos aprovechar mañana para ver la Gran Muralla y el Palacio de Verano.
Por cierto, estas entradas se publicarán en el blog sobre el día 9 de octubre porque aquí en China hay páginas de internet vetadas, como el Facebook o el wordpress. Así que no os he abandonado, es sólo un sabotaje transitorio.
Besitoss

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Pekín, 5 de octubre de 2012

Aterrizamos en hora, sin problemas con el visado, sale nuestra maleta, cambiamos dinero y pillamos un taxi.
El taxista se aproxima a la zona de los hutongs pero no sabe exactamente dónde está el hotel. Nos lo imaginábamos así. Llamamos al hotel y se pone el conductor para que le indiquen. Consigue dejarnos en el callejón(no llega a calle)y avanzamos entre los hogares tercer mundistas de tanta gente. En la misma calle/callejón hay una comisaría. De igual modo no tememos por nuestra ciudad, sabíamos qué lugar habíamos elegido al hacer la reserva. A mitad del trayecto vemos el cartel rojo que señala el hotel.
Nos reciben con extrema amabilidad y se apresuran en acabar la habitación. Nos dan la suite nupcial, un detalle porque no era la que habíamos reservado. Tanto el hotel, la habitación y las zonas comunes irradian el espíritu de China. Nos parece encantador, muy original. Además tiene televisión plana, wifi y ordenador. Mezcla de realidades.
Nos duchamos, me retoco un poco y sin pausa(si paramos caemos muertos)nos vamos a dar una vuelta por la ciudad andando. Cerca del parque Beihai hacemos un alto en un restaurante. No hablan inglés ni una palabra. Tampoco el taxista. Hacemos uso de los signos y no va mal. Es extraño, parece que seamos los únicos occidentales de la ciudad. Es cierto que es la fiesta grande para ellos durante esta semana de octubre pero aún así nos sorprende.
Intentamos adaptarnos, fideos chinos y un plato con carne(no me pregunten cuál), ajos tiernos y cebolla con sus salsas. La verdad, todo exquisito y con los palillos. Un reto para mi pulso.
De ahí vamos al parque. Aquí, al contrario que Londres, las distancias son más largas que en el mapa. Lo encontramos a rebosar de gente, todo chinos. Damos una vuelta, voy al baño( bendición para meonas como yo que haya baños públicos por todas esquinas aunque la razón sea que muchas casas no los tienen)y nos acercamos a ver la Dagoba blanca. Todos los templos y jardines son bonitos, no lo niego. Pero acuso sensación de que visto uno, vistos todos. En fin, estoy cansada y no quiero tener feas impresiones de la ciudad.
Hacemos cruces de parques con idea de acabar en la plaza Tian’amen pero de nuevo el mapa y la distancia nos confunden. La zona sigue repleta de gente China comprando gorras militares. De casualidad vemos desfilar al ejército y decidimos no entrar. Mejor mañana tras la Ciudad Prohibida. Estamos muertos.
Aún así damos un rodeo en la vuelta al hotel para pasar por una calle (de las comerciales)que no resulta provechosa ya que todo es de marca. Las compras también para otro día. Sin embargo cogemos raviolis para llevar en unos puestos al aire libre en que puedes encontrar de todo, pinchos de carne, marisco, pulpo, pasta, dulces… Grillos e insectos para comer. Puahhh, yo no pruebo. Con los raviolis de equipaje a descansar del viaje en el Hutong.

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Londres-Pekín, 4 de octubre de 2012

Inevitable, sabía que no dormiría absolutamente nada en el viaje. Me maravilla la facilidad de algunas personas para caer en el sueño. En fin, resignada tras la cena he visto Prometheus, he oído música (disco entero de grandes éxitos de la fallecida Whitney entre otros), he leído la guía y he visto pasar las horas. Ahora ya amanece en Oriente, el sol entra por la ventanilla del avión y esperamos el desayuno. Ya queda menos, veremos si llega la maleta, cambiaremos dinero en el aeropuerto y cogeremos un taxi directo al hotel. Esta vez no será como en Londres. Encerrado en un Hutong hemos elegido una casa típica convertida en hotel. Veremos con qué nos encontramos. Aquí está foto del vestíbulo del hotel.

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Londres 3 de octubre y parte del día 4

Desde el avión camino de Moscú( escala de nuestro destino a Pekín), hemos partido sin problema por el momento en la compañía de Aeroflof. Serán muchas horas así que nada mejor que aprovechar para seguir con este pequeño diario.
Ayer miércoles desde nuestra parada habitual de Sloane square decidimos subir andando haciendo ruta de museos previa contemplación de todas tiendas de marcas, así como los famosos Harrods(ni entramos).
El primero fue Albert y Victoria Museum donde pillamos wifi y anduvimos despistados con las obras. Me llamaron la atención las réplicas del Pórtico de la Gloria de Santiago de Compostela, la copia de la columna de Trajano o del David de Miguel Ángel. Además podía contemplarse cómo trabajaban. Había una sección de técnicas artísticas, también otra para el vidrio o la escultura. Para qué engañarnos me dedique más a colgar fotos en el Facebook.
De ahí apenas unos metros de distancia recorridos nos encontramos con el Museo de historia natural. En el edificio previo se sitúa la sección geológica que nos enseña como surgió la tierra, lo que ha evolucionado y en qué la estamos convirtiendo pesé a que su evolución escapa a nuestro control.
Con estas reflexiones pasamos al Museo de Historia Natural propiamente dicho. Sólo por ver el interior del edificio merece la pena entrar. Tiene un encanto especial cuya calma queda rota por la cantidad de grupos escolares que lo visitan. A unos les ponen batas, a otros gorritos, con el fin de que los profesores puedan distinguirles. Los de colegios privados van muy monos con sus uniformes y es más difícil perderlos de vista. Ya en el vestíbulo nos recibe un enorme esqueleto de dinosaurio y pasamos rodeados de niños a ver la sala dedicada a estos animales que nos precedieron en el tiempo sobre la tierra. Ver sus caritas lo dice todo. Las réplicas son buenas pero el tiranosaurius rex es digno de la película Parque jurásico en tamaño, movimiento y fiereza.
De ahí vemos las otras salas, mamíferos y sus réplicas. El edificio nos sigue gustando, también lo que vemos pero los niños nos agobian tango que decidimos marcharnos.
El largo paseo y estas visitas comienzan a despertar nuestro estómago pero queremos atravesar los Kenshinton gardens (pasando del palacio) y llegar a la zona de Nothing hills a comer.
Lo logramos, foto al memorial Albert Hall, y a disfrutar del sol, las ardillas y los perros que campan a sus anchas sin problema alguno. Un parque precioso y gente más civilizada, por lo visto, que nosotros y ninguna caca de can a la vista.
Salimos del parque a una calle llena de tiendas y bares. Nos metemos en Bella Italia porque la experiencia anterior fue buena y yo tengo antojo de risotto. Esta vez el servicio y los platos dejan mucho que desear y acabamos casi discutiendo con la camarera.
Compensamos este hecho haciendo una parada a mitad de paseo por el barrio de Hugh Grant y Julia Roberts en un café Nero. Aquí sí verdadero italiano, buen café y pastel de chocolate. Comenzamos a pensar si ya estamos excediendo de peso pero, por ahora, nos caben los pantalones que traíamos. Largo y relajado paseo y de vuelta al hotel.
Hoy último día queremos de verás aprovechar el spa. Nos duele todo, piernas, espalda… Así qué genial, casi dos horas entre chorros del jacuzzi, baños de vapor y sauna. Aprovechamos esos geles, champús e hidratantes aromatizadas y subimos como nuevos a la habitación. Tiempo más que suficiente para dejar todo listo para el viaje, ver algún partido de la champions y demás…
Hoy día 4 arriba con tranquilidad pues tenemos todo preparado, desayuno en la habitación, ducha y a recoger neceser. Bajamos, todo Ok en recepción y taxi del hotel a la estación donde cogemos metro directo al aeropuerto.
Como he contado por el momento vamos bien de horario, con miedo por la escala pero bien. La gente se queja de la línea rusa pero nosotros por el momento sin intención. Además ahora nos dan de comer!diossss, los sabía. El acompañante me ha hecho comprar primero y comer después dos sandwich y unas minibrevas. Y ahora… Viene la comida. Menú hindú para mí ( tal y como lo pedí)y normal para él. Voy a reventar.
Wifi en Moscú. Os lo mando.

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Londres, 2 de octubre de 2012

Me levanto como una rosa, he dormido de tirón. Disfrutamos del desayuno en la habitación, es un lujazo ir con calma, hacía tiempo. Tenemos reserva para Sloane square a las nueve y media y nos dicen que van tarde así que nos trasladan en un Mercedes mientras vemos aterrizar un helicóptero(tenemos el helipuerto al lado). Conectamos el wifi para comprobar los correos, actualizar el blog y whatssapear un poco para dar señales de vida. Y directos a la abadía de Westminster.
Hoy sí por fin la vemos y nos encanta. Un detalle la audio guía gratuita que nos ayuda a entender la evolución histórica y las tumbas de los distintos reyes, científicos y poetas. Me fascina comprobar que Isabel I (hija de Ana Bolena y Enrique VIII)se hizo enterrar junto a su hermanastra María Tudor (hija de nuestra Catalina de Aragón). Ambas sin descendencia. Qué curioso, tras tantas vicisitudes vividas, era su hermana. Y al otro lado de la nave, a la misma altura y también con mucha pompa su archienemiga María de Escocia a la que tuvo años prisionera y ejecutó. Fue la venganza del hijo de la segunda frente a la primera, ponerla al mismo nivel.
Paseamos un rato por el claustro y los jardines, el día lo merece, cotilleamos la tienda sin comprar nada y nos dirigimos al metro camino del British Museum. Feo por fuera y bonito por dentro. Me decepciona en cierta manera, quizá esperaba más. Por ello nos centramos en Egipto, Grecia y Roma. Pero sobre todo en los asirios y en los restos de sus Palacios. Los lamassus son impresionantes, ahora entiendo porque luego los copiaron los persas. Damos gracias al ejército de Napoleón por encontrar la piedra rosseta y a Champolion por traducirla y poder acceder a la civilización egipcia y echamos un vistazo rápido al resto.
El plan es comer en Candem Town. No me lo esperaba, no lo imaginaba. Fish and chips mientras pasa una nube, descarga y a patearlo. Tiendas y más tiendas. Comida de todos los países a tu disposición en pocos minutos. Asientos en forma de vespa, figuras extravagantes entre las calles y tiendas y más tiendas para todos los gustos; punkies, góticos, bohemios… Las antiguas caballerizas y establos desde 1850 y pico adaptadas a un genial mercado. Es inevitable no sentir ganas de llenar la panza de comida asiática, marroquí.. Y comprar y comprar. Nos contenemos porque queremos aguantar a China pero cogemos un mini bus de recuerdo y vamos de nuevo al metro porque quiero ver el Madame Tussod y hacerme una foto con el muñeco de cera de Michael Jackson.
El acompañante cede a cambio de pasar a hacer una foto al anden de Harry Potter en King Cross. Decepción tremenda, no es un anden sino una simple pared. Ridículo sin más.
Y aparecemos en el museo. Muy colorido y caro pero tenemos dos por uno. Ante nosotros las réplicas de famosos artistas de todos los tiempos, deportistas y demás personajes influyentes. Muchas logradas de verdad, otras menos. El acompañante contento tras foto con Messi y zas: llego a Michael y aparece rodeado de gente con un panel rojo y una luz que no favorece nada la foto. La razón es simple. Hay un fotógrafo profesional al que le queda mucho mejor la foto y luego la puedes comprar por diez libras. Me niego rabiosa. Compensan mi enfado con un espectáculo de figuras históricas que ves a través de un trenecito, un recorrido del terror, sustos incluidos y un cortometraje en 4D de superhéroes. Bueno, un sitio distinto que me ha entretenido bastante.
Derrotados un día más compramos unas fajitas para cenar en el hotel y una vez allí bajamos al spa una hora tras descubrir que lo tenemos incluido. Volvemos como nuevos a la habitación a concluir la jornada.

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Londres. Lunes 1 de octubre 2012

Me he despertado cien veces, pero esta es la buena. Desayuno en la habitación, nesspreso, muffins y digestives con chocolate, energía. Parece que llueve y hacemos uso del gentil y gigante paraguas que nos ofrecen en el hotel. Bien, es negro y pega con todo. Salimos del hotel con la sensación de que ya controlamos la city. Llueve más de lo que pensamos pero no tanto como el día en que nos casamos. Ahí quedará por siempre en el recuerdo. Directos en metro hasta la abadía de Westminster y toma, por listos, la primera en la frente: lunes horario extraño. Es la segunda vez que dejamos la visita para otro momento.
No queda otra y vuelta al metro, destino Tower Brigde. Pero a la salida el compañero se empeña que es el London Bridge. En definitiva, que vamos a la derecha en vez de a la izquierda y desde el London Bridge el compañero comprueba que se equivocaba de puente. En cualquier caso desde éste hacemos una foto estupenda del objetivo y paseamos por la otra ribera hasta èl. Cada vez llueve más. El error nos permite acceder a un barrio más alternativo de Londres entré viejo(no antiguo)y bohemio y disfrutar de una galería de piedra y cristal que accede al Támesis. El río parece a punto de desbordar con los muelles casi cubiertos y al ras de muchas ventanas de los edificios que lo flanquean. Finalmente llegamos al Tower Bridge, bonito y especial. Desde él hasta la Torre. ¡Veinte libras la entrada!. Qué barbaridad, comenzamos a amortizar la travel Card y nos cuesta la mitad. No resulta muy agradable la visita pues ahora diluvia. Sí, ahora sí como el día que nos casamos. Aún así tratamos de situarnos, olvidarnos del resto de los turistas e imaginar a la pobre Ana Bolena atravesar el puente de los traidores. Merece la pena, pero ya me encuentro cansada. ¡Qué duro es el turismo!. Y cuando me encuentro cansada y me empieza a entrar hambre me pongo muy impertinente. Estoy llegando a ese punto y para remediarlo propongo comer cerca de San Paul. Comenzamos a danzar por la zona, hay muchas alternativas y no nos decidimos. Mi acompañante se pone también impertinente. Para qué no llegue la sangre al río optamos por un pub de la tierra y sorpresa: resulta ser todo un acierto. Nos atiende una camarera encantadora, todo amabilidad e incluso nos ofrece una carta con fotos de los platos para que nos oriente mejor. Guiso de la zona con pure de patata y burguer negra y azul. Todo muy bueno. Sólo nos falta saber pedir el agua del grifo para que dejen de clavarnos con la bebida. Por lo demás, nos vamos encantados a ver san Paul. También no sale por la mitad de precio y nos gusta la catedral. Como ocurría en San Martín el día anterior la cripta está reconvertida a cafetería. No me convence no dejar descansar en paz a Lord Wellington o al pintor Willian Turner. La sensación de invadir su reposo en el más allá me perturba. No está bien la última moda inglesa.
Salgo protestando con ecos de la coral que actúa en el presbiterio y nos dirigimos a la pasarela peatonal que conduce a la Tate Modern con la seguridad de que veré cosas extrañas. Lo presiento. Y no me equivoco. Nada más entrar, gratis (no la exposición de Munch), personas inmovilizadas juegan a contemplarse y moverse simultáneamente. No deduzco el objetivo a conseguir. La gente mira el Miró, mira el Picasso y mira el Dalí, yo miro a Matisse y poco más. El arte es relativo, es subjetivo y lo que yo no veo tú sí lo ves o viceversa. Pero miro una figura de aparatos fluorescentes y no veo, ni entiendo…(ejemplo de despropósito).
Perdemos bastante tiempo, muchos pósters de El grito pero no se expone. Bajando las escaleras mecánicas ya decidimos volver al hotel para descansar algo y volver a cenar por el Soho. A lo tonto las seis de la tarde, dos horas de descanso y danzando de nuevo.
Nos encontramos el barrio muerto y con mínima actividad, de lunes. Buscamos un coreano o vietnamita pero acabamos cenando en un japonés nuddels y tartare de salmón regado con vino blanco de Sudáfrica. Esta vez sí tap water. Al ir al baño antes de marcharnos oímos jaleo, subimos curiosos unas escaleras y nos encontramos con una especie de guateque privado muy fashion donde sirven coctails y canta en directo una chica. Algo del ambiente que buscábamos del soho. Y con los cantos de coral de la catedral y el pop nocturno mi cabeza busca el sueño y descanso hasta el martes.

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Londres 30 septiembre 2012

Amanecemos tras dormir cinco horas que sumamos a las dos que hemos dormido el día anterior. Un total de 7horas en dos días. Aún así nos levantamos con energía y bajamos decididos a desayunar. El camarero se encarga de recordarnos que no tenemos contratado el servicio de desayuno. El estrés de los últimos días ha hecho que olvidemos los pequeños detalles de un viaje que reservamos en marzo. Pese a ello el hotel merece la pena, cinco estrellas junto al Támesis, algo alejado pero con bus gratuito que te acerca a Plaza Sloane en 15 minutos. Paradójicamente desayunamos en una brasserie francesa un delicioso croissant y un reconstituyente café. Camino de la estación de Victoria decidimos comprar la travel Card para economizar y pronto comprobamos que es una idea acertada. Aún así y dado que el clima acompaña vamos paseando hasta Buckingham Palace con tan buena fortuna que coincidimos con el cambio de guardia y comprobamos que todos los turistas de la ciudad se han concentrado en el mismo lugar. El gentío resta encanto al desfile y vamos bajando al st. James Park… Las osadas ardillas, los cisnes, patos, flamencos, los colores adelantados del otoño y los curiosos bancos nos acompañan en un paseo inolvidable. Pero pronto volvemos a la locura de las calles principales y aparece el Big Ben y el parlamento ante nosotros. Según Víctor la torre es pequeña, le decepciona pero le gusta el conjunto. Dejamos la abadía de Westminster para otro momento y hacemos las fotos de rigor cruzando el puente hacia la noria para tener mejor perspectiva. Casi la una y ya muertos. El cansancio del último mes, nervios, trabajo, mudanza…nos esta pasando factura pero los planes son los planes y visto el obelisco robado a los egipcios en forma de monumento a Cleopatra vamos a comer. Antojo de plato gigante de pasta. Hemos entrado en los trajes y ya no queremos privarnos de nada. Exquisito todo en la Bella Italia. Sin posibilidad de siesta vemos la Iglesia de san Martín, su cripta transformada en restaurante (sí, comes sobre las lápidas rogando no lleguen los zombies)y la Galería Nacional.
Un placer disfrutar de tanta obra de arte. Sorprendida de ver que tienen nuestra «Venus del espejo» de Velázquez y otros tantos de Zurbaran, Murillo… Los impresionantes Van Gohg, Holbein, Vermeer, los flamencos y mi delicioso Canaletto…entre tantas maravillas. Perdemos tiempo porque lo requiere y viajamos en el tiempo para poder aprender. En la salida soy atropellada en mi pie izquierdo por una silla de ruedas a toda velocidad y de ahí a la vulgar Picadilly circus. Sí, me refiero a esa plaza tan fea llena de paneles publicitarios, donde conviene agarrar el bolso y recordar al cruzar que en este país conducen al revés. Pero la verdad que a todos nos gusta. Intercambio de fotos con otra pareja ante la estatua de Eros mientras escuchamos la conversación de un joven español discutiendo con su abuela. Parece que la mujer es la que le provee de money y algo le disgusta. El chaval la pone a caldo. Mi compañero de viaje me anuncia que mi cara ha pasado del cansancio extremo a una actividad inusual de ojos y análisis. Tiendas, tiendas, consumo… Top shop! Tengo que entrar, ver las novedades, cuánta pijada. Al final contenida en el gasto, queda mucho viaje. Venga, vuelta por el soho (decidimos cenar otro día por allí) y planeando noche en hotel. De cabeza al metro para regresar. Antes compra en supermercado… Muffins para desayunar con el nesspreso que nos pone el hotel en la habitación(cafetera incluida), un pequeño lujo que contrasta con la no disponibilidad de wifi gratuito. No veo la hora de llegar( serán las ocho) y llenar la bañera de agua caliente hasta los topes. Anécdota: la bañera tiene tele y puedo ver las noticias deTVE internacional mientras aparto la espuma.Toca relax y algo más… De cine, lo necesitábamos. Fútbol y serie mientras cenamos en la cama ensaladita y sushi. Campeonato sobre quien cerrara antes los párpados, escribo con prisas en el iPhone, no es cómodo. Otro día más y mejor.

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Listos para el viaje

                Que si los exámenes, que si el trabajo, que si la boda, que si me estreso, que si… Ah, qué descuidados os tengo. Debería remediarlo sí. Por ello he decidido que haré un diario de viaje, sí, de mi viaje. Londres, Pekin, Singapur, Delhi, Agra, Jaipur…. Serán muchos días, pero también muchas experiencias, anécdotas y vivencias en otros países, con otras gentes y con otras culturas. Sin duda, todos aprenderemos algo, yo la primera. ¿De qué vale viajar sino?. Si no es para aprender o en definitiva para vivir.

                Salir de nuestro encierro, de nuestras escasas miras. Abrir la mente a otros horizontes. Lloverá, ya lo anuncio. Habrá que apartar esa cortina de agua para ver mejor pero también servirá para desconectar de la realidad. Tomar distancia a veces es conveniente para regresar con más fuerza y ver la vida desde otros puntos de vista. Así que os animaré a viajar a mi lado con la fantasía. Sí, la fantasía. Esa cualidad que tanta gente, sobre todo al llegar a edad adulta, ha relegado a lo más profundo de su cerebro.

                Craso error olvidar que la fantasía existe. Fantasía puede ser un mundo, como lo era en la Historia Interminable, pero lo mejor es que es TU MUNDO. Y sólo tú lo diseñas a tu gusto y medida. Y en él todo es posible, todo. ¿Por qué entonces renegar de él?. ¿No eres capaz de volar con la fantasía?. ¿Ya no sueñas?. O peor…¿ya no lo recuerdas?. Entonces, sólo te puedo decir dos palabras: qué pena. Qué limitada es tu vida. Que, de por sí, ya es breve esta existencia y tú aún la acotas más y más. ¿Ya no recuerdas lo que te diferencia del resto de los seres vivos del planeta?. ¿De las plantas?. ¿De los animales?. Sí, eso es… tu mente. En ella está TU MUNDO. Si quieres viajar yo lo haré contigo. Nos vemos allí, en el puerto donde arranca la escapada de tu vida. Si, por ahora es la primera, no será la única y nadie dice que vaya a ser fácil.

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QUEDAN 5 DÍAS

Capítulo décimo cuarto de las escenas de Modigliani (El Archivo)

                                          París, 15 de enero de 1.920

–          Tu recogido es perfecto.

–          Lo sé.

   Lunia contesta con su habitual seguridad. Con un recogido así sobran los pendientes. Se abre la camisa blanca sin mirar a Amedeo, se conocen tan bien que sobran las indicaciones. Ella sabe lo que le gusta y cómo le gusta. Hubo incluso un tiempo que sabía seducirlo y provocarlo, un día sí y otro también. Pero él se cansó de ella como de las otras. Fue un tremendo error por su parte pensar que con ella sería distinto. Aún así no puede evitar adorarle. Es un niño grande, infravalorado por el resto de esa estúpida comunidad que se consideran a sí mismos artistas. Y hoy ese niño parece un anciano. Los días caen sobre su amigo como quinquenios. Oírle toser le encoge el ánimo, pero jamás volverá a aconsejarle que vaya al médico. Lunia no acostumbra a malgastar las palabras. Malgasta su tiempo, pero no las palabras. Y menos con Modi así vomite todos los litros de sangre que tiene su cuerpo ante ella.

–          ¿No tenías un lienzo más pequeño?. Me he puesto una nueva camisa y ese cuadro podría entrar en mi bolso.

–          Eso será si te lo llevas. – no puede pintar con más rabia el fondo pero no quedará del todo oscuro, ha acabado con el color. – Me encanta el pelo, ni se te ocurra girarte.

–          No pensaba, te tengo muy visto. Pienso llevármelo por supuesto.

–          Lunia no creo, hacía tiempo que no me quedaba tan satisfecho, me lo quedo yo.

   Un ejemplo más de cómo malgastaba su tiempo con Modi. No las palabras, no replicaría. Evidentemente, se iría sin el cuadro. Él era un hombre de caprichos… y si su carne ya no constituía ese capricho al menos le llenaba saber que su reflejo en la tela si lo era.

–          ¿Y por qué si tan satisfecho te sientes con esa minúscula pintura vas a ocultarla?. ¿Vas a dejarla también amontonada con la colección que acumula polvo en ese departamento al que llamáis casa?. No he conocido a nadie con más ganas de éxito que tú, sin embargo te contradices amigo mío, lo haces en muchas ocasiones.

–          Considero que me han de conocer poco a poco. Así me lo han hecho saber durante los años que llevo en París. Cuando el público y la crítica haya asimilado las características de mi obra, sólo entonces, podrán pasar a contemplarlas en su expresión más pura. Pero a veces, como ha pasado hoy, la pureza y la inspiración van unidas de la misma mano, del mismo pincel y brotan solas.

–          Amedeo, déjate de tonterías, has vendido en Londres, se te empieza a tener muy en cuenta manteniéndote como lo has hecho, tan individual. Jeanne y tú no estáis como para escatimar obras que pudierais vender en este momento.

–          Lo considero una inversión, para ella y los niños. La vida es un regalo: de unos pocos a otros muchos, de aquellos que tienen a aquellos que no tienen.

   A Lunia le sonó a confesión y a testamento, si hubiera sido párroco le hubiera dado la extremaunción.

–          ¿Podrías dejar de fumar?. – le preguntó para no entrar a profundizar sobre las razones que llevaban a Amedeo a pensamientos tan definitivos, pues en el fondo sabía que era consciente que el mal le acechaba.

–          La verdad, no.

–          Pues dame uno.

   La petición de Lunia sonaba a súplica.

–          No puedes mientras posas.

–          ¿Y tú sí mientras pintas?. Eres despreciable.

–          No lo dudes.

¿Azar?

  

    Contemplaba desde la cubierta de la segunda planta la extraña forma que los motores del ferry daban a las olas. Nuestro barco cortaba el mar Egeo como una sierra corta la madera. Esa marca se impregnaba con enorme fiereza y sin embargo, al poco tiempo, desaparecía y el mar recuperaba su oleaje sereno. Interrumpíamos su calma como mis pensamientos eran perturbados por el recuerdo de aquellas palabras. Las mismas se repetían una y otra vez en mi cerebro como repiqueteo constante. En tanto las olas rotas querían asemejar ese ritmo neuronal.

   El ferry iba a rebosar de gente ya que era temporada alta. El sol en aquel mes de agosto abrasaba ya desde primeras horas de la mañana. Por ello, aunque habíamos salido pronto de Atenas, apenas las siete de la mañana, todos los pasajeros nos amontonábamos en un mismo lado del barco para protegernos de los rayos solares. Hablo, por supuesto, de todas aquellas personas que, como era mi caso, habíamos comprado el billete económico y no teníamos la suerte de contar con una butaca acolchada en el interior ni con un potente aire acondicionado que calmase el sofoco matutino con que nos obsequiaba el clima griego.

   Pareciera, por otro lado, que esos billetes económicos se vendieran a discreción sin contar con la verdadera capacidad del transporte. Por esa razón no había sillas bastantes para todos y muchos acababan sentados por el suelo o por las escaleras. Yo, ilusamente confiado en los primeros momentos, había abandonado la silla que casualmente poseía, por asomarme por la borda y ahora permanecía como perfecto idiota en el mismo punto mirando el horizonte y pensando donde podría descansar mis pesadas piernas durante aquel viaje de largas cinco horas. Debería haber sido más hábil, pero (y esto es una constante en mi vida), las oportunidades volaban ante mis ojos tan rápido como aquellas gaviotas sacaban los peces del agua.

   Mis pensamientos, en cambio, no volaban. Iban y venían, iban y venían. Siempre desde y al mismo punto. Es decir, sin evolución ni progreso alguno. Esta lentitud de reflejos iba pareja siempre al vuelo de las oportunidades y circunstancias de mi vida. Al mismo tiempo, jugaba con la fea figura entre mis dedos. Era horrorosa, aunque esa debía ser mi única y particular opinión, ya que se vendían por miles.

A mí ni siquiera me parecía que tuviera forma humana. No podía explicarme cómo personas de hace miles de años habían llegado a tan rara conclusión estética de las personas. Por más que la miraba no dejaba de ver una inspiración para un capítulo cualquiera de aquella serie de Expediente X.

Es que era fea, muy fea. De hecho, por la mañana al seguir la luz que entraba por la ventana con los primeros rayos de sol, mi vista se había encontrado con la figura que había dejado sobre la cómoda la tarde anterior. Ese juego de luces y sombras sobre ella me dio miedo. Podía haber comprado el típico burro de Santorini o la miniatura del Partenón, pero no; revolví aquella gigante cesta de anea hasta que mis dedos sacaron la figura. Una igual e idéntica a las que vendían por doquier en todas las tiendas para turistas de Grecia. Fue un acto casi impulsivo. No la quería realmente tener, pero su imagen tan extraña y provocadora me perseguía desde que me detuve frente a ella (la original) en el Museo Arqueológico. Me fascinaba tanto como me repelía. Se suponía que daba suerte y fortuna al que la poseía. Si no era así es que no tenías la original. Evidentemente ninguna era original. Ese tipo de figuritas se encontraban por cientos y de cualquier tamaño en toda excavación que se preciara de ser importante, pero de ahí a comercializarlas, sin duda, se trataba de un bulo.

Sin embargo, nada más descender del ferry algo cambió.

RELAX

   Son días de un ritmo incesante. Tantas cosas en la cabeza y todo lo quieres hacer bien. Cosas buenas y cosas malas. Tantas otras debes dejar previstas. Sin fallos que te cuesten tu calidad de vida.

   Alquien que se nos va…alguien que seguro llegará. Y a veces, poco que decir. Sólo mirar, esperar que te devuelvan la mirada e intentar entender. Y ese trabajo, a la orden del día, mostrándote las miserias humanas. Mostrándote cómo las personas se olvidan de todo. Se olvidan los unos de los otros, olvidan lo que les unió, olvidan los momentos que gozaron y se atacan. Y me pregunto por qué. En qué instante borró de su cabeza lo bueno que le daba esa persona. Del amor al odio hay verdaderamente un paso. Y tú no puedes hacer nada, escapa a tu control, a tus consejos…y te duele ser tan incapaz. Y llega otra cosa que te aturde pero la haces. Y lo haces bien. Y ves que eres buena aunque no te guste. Y otra, y otra… Y rezas para no volverte como ellos, para no olvidar ni una sola etapa de tu vida ni lo que te dió cada una de ellas. Lo que debes y lo que te deben. Lo que aprendiste se puede olvidar con facilidad. Y eso da miedo. Sin ver la hora de hacer la maleta e irte y volar…………volar. Sabiendo que volverás a todo de nuevo, pero más fuerte y con la psiquis recuperada porque apretar tanto los dientes no debe ser bueno.

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Aviso

En blanco hasta el 4 de septiembre, os compensaré….;)…

Teodora

           

        La diadema, el collar, todas las joyas que la engalanan nos muestran a Teodora en su máximo esplendor. Vestida con una túnica púrpura bordada en su parte inferior con las figuras de los Reyes Magos sostiene un cáliz de oro mientras se hace acompañar por los cortesanos y un cortejo de damas ricamente ataviadas. Ella y su marido Justiniano, en otro mosaico, se retratan con corona y halos de santidad, ataviados con sus atributos de realeza pero representándose también como las cabezas de la iglesia. En ellos se unen los poderes temporales y espirituales, una vez rotos los lazos con la iglesia católica de Roma. Es el cesaropapismo. Ellos son ahora los que evocan los suspiros del antiguo Imperio Romano.

                No sabemos si la emperatriz sale de palacio o se encuentra en un interior eclesiástico ya que las referencias  al interior donde se desarrolla la escena son escasas. Un dosel que se abre y una pequeña fuente de la que mana agua. Los pliegues de las túnicas y las figuras alargadas nos dan una sensación  de grandeza y lejanía. Pese a la reiteración de las posturas y la falta de realismo apreciamos un intento de individualizar los personajes. Pero lo que interesa al artista es la abstracción. Bajo un fondo dorado multitud de teselas de colores nos alegran la vista y esa riqueza cromática que transmite fulgor y brillo evidencian que el mosaico es el símbolo más poderoso a través del cual el emperador manifiesta su poder. Esta práctica artística heredada del Imperio Romano llega a sus cotas más altas de maestría con el arte bizantino.

        Y ¿qué veo yo?. La veo a ella, a Teodora. En el papel de su vida, la mujer más importante del imperio secundando a su esposo en la labor de gobierno. Gloria y esplendor de una época en la que se hundía occidente ante las invasiones godas mientras ellos contruían un imperio, a veces menospreciado por la historia, que sobrevivió siglos hasta su caída en 1.453 por los turcos. Pero ella se sigue alzando solemne y majestuosa ante nosotros.

      Su padre era entrenador de osos y su madre bailarina y actriz de la época. Dicen que ella trabajó en un burdel además de actriz. En su representación de Leda y el Cisne cuentan que se desnudó más de lo que la ley permitía. Cuando abandonó esa vida entró como hilandera en el palacio de Constantinopla hasta que su carácter, alegría, ingenio y belleza llamaron la atención de Justiano que tuvo que esperar que cambiara la ley para poder contraer matrimonio con ella. Fue una valiosa y apta gobernante, tanto en sus discursos como en sus disposiciones. Controló rebeliones. Expandió los derechos de las mujeres en general y para los casos de divorcio. Prohibió el asesinato de las mujeres que cometían adulterio, creo conventos y prohibió la prostutición forzosa. Sin ella, seguramente, la historia de este imperio y la nuestra hubiera sido otra. Y ahora… vuelve a mirarla.